Vergüenza ajena (III)
En la edición de papel de El Mundo, no en la digital, al tratar el juicio del asesino de la baraja mencionan que éste ha declarado cubierto con una gorra, y que se ha negado a quitársela aunque se lo ha pedido el juez.
Estaba claro que lo del asesino de Sandra Palo iba a sentar precedente: a partir de ahora, cualquiera puede asistir a un juicio vestido de lagarterana y con unas gafas a lo Groucho Marx en la cara. Especialmente, si es el acusado.
Como siempre, los jueces están más que dispuestos a reconocer todos los derechos de los asesinos, hasta el derecho inexistente a ocultar su rostro en el juicio.
El estado provee psicólogos, asistentes sociales, profesionales sanitario y todos los medios necesarios para asegurarse de que los canallas que mataron a Sandra vivan lo mejor posible. Pero no tiene medios para ocuparse de los padres de la víctima.
Si un animal mata a un hombre delante de su hijo de dos años y medio, y el niño tiene que recibir asistencia psicológica, pues es problema del niño. Eso sí, garanticemos que el animal que ha hecho una barbaridad semejante no pasa por el trauma de tener que mostrar su rostro en el juicio. Y si tiene que ir a la cárcel, procuremos que no sea traumático, que pueda trabajar, ver la tele, estudiar, recibir visitas, que tenga comida caliente controlada por un dietista y, sobre todo, que pueda salir lo antes posible convertido en un ciudadano completamente reinsertado.
Vivimos en el mundo al revés. Pero algún día, alguien cometerá una locura, y se asegurará de que el asesino de un ser querido paga con su vida lo que hizo. Y entonces nos lamentaremos, y nos preguntaremos cómo ha podido pasar.
Temas: Justicia, Sandra Palo
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