Entropía, monos, Shakespeare y liberalismo
El post de Curioso pero Inútil sobre el millón de monos que escriben las obras de Shakespeare, y que se ha comentado por aquí, tiene su interés aunque esté equivocado en su planteamiento matemático, en el que no tiene en cuenta el factor tiempo.
En esta entrada de Wikipedia (magnífica) tenéis toda la información sobre el teorema de los monos infinitos, en el que se basa la cita que ha motivado el post de CPI. Como veis, el problema en sí tiene su miga.
Recuerdo haberlo visto utilizado para criticar la posibilidad de la evolución por selección natural. No puedo deciros dónde, porque esto debió ser en el año 95, cuando yo empezaba a moverme por Internet. Básicamente, el argumento es que la posibilidad de que la evolución haya creado por simple azar una secuencia de nucleótidos tan compleja como nuestro código genético es tan remota como la posibilidad de que un mono (inmortal) tecleando letras al azar creara en tres mil millones de años las obras completas de Shakespeare.
Un comentario al post de Diego González plantea que la entropía hace inviable que los monos lleguen alguna vez a escribir Hamlet. No es cierto, y la prueba es el mismo autor del comentario.
Me explico. Es cierto que según la segunda ley de la termodinámica la entropía siempre crece en un sistema aislado. De manera gruesa podemos decir que la entropía es equivalente al “desorden”, lo que corresponde con nuestra observación del entorno.
La única manera de mantener un subsistema en estado de orden es proporcionándole energía adicional. Es por eso que tenemos que hacer un esfuerzo para mantener los papeles de nuestra mesa de trabajo ordenados, y es por eso que si se rompe el vaso que la contiene se derrama la leche.
Y es por eso que necesitamos comer para vivir. Los seres vivos somos una enorme anomalía según la segunda ley de la termodinámica, porque continuamente nos autoordenamos, y ordenamos nuestro entorno. En una primera aproximación, esto parece contradecir la segunda ley de la termodinámica, en el sentido de que somos sistemas en los que la entropía decrece. En realidad, nuestro “orden” lo conseguimos haciendo que todo el entorno esté más “desordenado”. Y es así porque el único sistema aislado que conocemos es el propio Universo, que sí queda más desordenado en su conjunto por la actividad de estos subsistemas peculiares que somos los seres vivos.
De modo que sí, los ecologistas tienen razón: simplemente por estar vivos nos estamos cargando no sólo el mundo sino todo el universo. Claro que hasta que terminemos con él a base de aumentar la entropía quedan unos cuantos miles de billones de años, y por otro lado la única alternativa es suicidarnos, exterminando además a todos los animales y plantas.
En resumen, que de momento la segunda ley de la termodinámica no es problema: mientras el universo pueda aportarles más energía que la que consumen, nuestros monos mecanógrafos pueden seguir tecleando sin violar la ley, y nuestros organismos pueden seguir auto-organizándose.
Si después de llegar hasta aquí seguís con fuerza, vamos entonces con la cuestión de los monos, el azar y la creación. ¿Es equivalente el mono que teclea al azar hasta escribir Hamlet con los mecanismos evolutivos que partiendo de una ameba producen a William Shakespeare?
Si fuera así, tendríamos que tener en cuenta que ni el pool de genes sobre el que actúa la evolución es infinito (aunque sea numerosísimo) ni el tiempo que ha tenido la evolución para producir a Shakespeare ha sido infinito (sólo 3.000 millones de añitos).
Es decir, para que el teorema de los monos infinitos sea aplicable debe ser infinito el número de monos o el tiempo que dedican a escribir. Como en la evolución ninguno de los dos parámetros es infinito, cabe cuestionarse si ambos han sido suficientemente amplios como para que la diversidad de seres vivos actuales pueda deberse únicamente a mecanismos evolutivos, o se ha necesitado “una ayudita” de un ser superior.
Por supuesto, los creacionistas, incluidos los partidarios del “diseño inteligente”, sostienen esto último. La formulación es en términos fenotípicos, que son más fáciles de entender por el común de los mortales: “¿cómo se puede haber creado algo tan complejo como el ojo de un águila sólo por azar?. Una estructura tan complicada requiere un ingeniero que la diseñe.”
En realidad, lo que ocurre es que la evolución “tiene truco”. La evolución no actúa simplemente combinando al azar nucleótidos hasta obtener el genoma de William Shakespeare, como el mono combina caracteres hasta obtener Hamlet. Si fuera así, ni siquiera creo que hubiera sido capaz de producir la más simple de las bacterias.
La evolución construye a partir de materiales existentes. Lo que la hace eficaz para obtener nuevos seres más complejos, no son los procesos de mutación (los que producen variabilidad) sino la reproducción, que en un entorno con recursos finitos es necesariamente selectiva.
De hecho, la mutación (esto es, el cambio aleatorio y espontáneo en un gen) es un fenómeno relativamente raro, e incluso los seres vivos tienen mecanismos para protegerse de él, ya que la inmensa mayoría de las mutaciones son perjudiciales.
Pero gracias a la selección natural, un cambio que se traduce en una mejor capacidad del individuo para reproducirse con éxito necesariamente acaba extendiéndose. Y esos organismos “mejorados” son los que utiliza la evolución para producir nuevos organismos con nuevas “mejoras”.
Para muchos, esta idea es contraintuitiva. Siempre será más eficaz lo que planifique un ingeniero que el resultado de multitud de ensayos en los que se despilfarran millones de prototipos, piensan.
Pues resulta que no es así. De hecho, hay un procedimiento de resolución de problemas que se conoce como “algoritmo genético”, y que consiste en utilizar una “población de soluciones” a la que se aplican los procesos de mutación, recombinación y selección (según su aproximación al resultado que se quiere obtener). Estos algoritmos son extraordinariamente eficaces para encontrar soluciones a problemas complejos.
Así que, señores creacionistas, me temo que la propia diversidad de la vida sobre la Tierra demuestra que la evolución por selección natural es un mecanismo suficientemente potente, y que la comparación con el puro azar es un truco para justificar la necesidad del “Gran Ingeniero”.
Y por cierto, es por todo esto que soy liberal. La ciencia de los últimos cincuenta años nos ha enseñado que los procesos de autoorganización espontánea son más poderosos y tienen más capacidad de creación y de producción de soluciones exitosas que cualquier proceso planificado.
Pretender que un comité de sabios, o de políticos, o de técnicos es capaz de conocer los problemas de la sociedad y qué soluciones deben darles es simplemente absurdo. Cualquier gobierno que pretenda dirigir a la sociedad sólo conseguirá dificultar los procesos naturales de autoorganización que son los que acaban encontrando soluciones a cualquier problema.
Temas: Ciencia, creacionismo, entropía, evolución, liberalismo
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