El problema de la inmigración africana
Quedó pendiente de mi post sobre la pobreza en África tratar sobre el problema de la inmigración, así que allá vamos.
Lo primero es constatar que el problema tiene dos caras: por un lado está el punto de vista de los países exportadores de mano de obra, y por otro el nuestro como “acogedores” de estas personas. Evidentemente, lo que sea bueno para unos no tiene por qué serlo para otros.
Para los países que exportan jóvenes, la emigración es un problema. Aunque tenga beneficios económicos a corto plazo, por la entrada de las divisas que envían los emigrados, el hecho es que los que se van son los que tienen más capacidad de iniciativa. Alguien que es capaz de jugarse la vida y de arriesgar todo para alcanzar una vida mejor sería mucho más útil creando empresas en su país de origen. Pero, por lo que explicamos el otro día, mientras en el país no se den las condiciones para prosperar los mejores jóvenes continuarán marchándose.
Para nosotros, la inmigración es un bien a corto plazo, pero también puede ser un problema a futuro. De entrada, tenemos mano de obra más o menos formada, que han criado otros a su coste, y que está directamente disponible para trabajar. Todo lo cual está muy bien en un contexto como el actual, de casi pleno empleo. Pero el problema será cuando aparezcan problemas de paro, y tengamos miles de personas con escasa capacidad de competir en el mercado de trabajo y además con problemas de integración.
Y habrá problemas de integración. Con los inmigrantes hispanoamericanos tenemos la ventaja del idioma y unas ciertas bases culturales comunes, entre ellas la religión, que como modeladora de patrones de comportamiento y criterios morales no es poca cosa. Pero con los inmigrantes africanos habrá necesariamente problemas, porque sus patrones culturales y éticos son muy diferentes a los nuestros. Algo de esto está pasando ya en los países europeos con más porcentaje de inmigrantes.
Conclusión: para todos, es mejor evitar en lo posible la inmigración desde África. Y esto significa no dar esperanzas de legalización a los que vienen sin papeles (porque el “efecto llamada” existe) y devolver a los países de origen, o a otros con los que haya establecido acuerdos, a los inmigrantes que sean interceptados.
El consenso, sin embargo, parece ser que lo mejor que podemos hacer con los inmigrantes es acoger a tantos como vengan, y aún facilitarles el viaje desde Canarias a la península.
Es posible que yo esté equivocado, y que tengan razón los que legalizan inmigrantes a tutiplén y les traen en avión a Madrid. Lo malo es que no hay forma de experimentar con esto en un laboratorio, y los resultados de las políticas de inmigración de este gobierno (y del anterior, que no eran muy diferentes) los sufrirán (o disfrutarán) los que anden por aquí dentro de quince o veinte años.
Temas: África, capitalismo, inmigrantes, Tercer Mundo
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1 comentario


Adam, gracias por ocuparte de nuevo de África, aunque sólo sea en su vertiente de amenaza para nuestro bienestar. En tu opinión,
“para todos, es mejor evitar en lo posible la inmigración desde África”.
En ese para todos, también incluyes a los países africanos por la emigración de personas jóvenes que consideras emprendedoras y con capacidad de contribuir al desarrollo económico de su país. Pero, las consecuencias negativas para España son las que más destacas.
Soy de la opinión que cuando uno, por sus estudios, lecturas y experiencia ha llegado a una convicción liberal, debe ser consecuente y considerar los problemas sociales desde esa óptica siempre. Recortar libertades individuales por motivos religiosos, por nacionalismos egoístas (una tautología) o por dictadores con ideologías antiliberales, ha sido es y será la madre de todos los desastres terribles de la historia. Hacerlo por previsibles daños sociales futuros es igualmente equivocado, aun que lo haga un gobierno democrático. La libertad individual en todos los campos de la actividad humana es la base del desarrollo humano y económico. Y en el caso que nos ocupa, no se puede defender la libertad de los mercados internacionales para los bienes y servicios y recortarla para las personas.
Reflexionar con conceptos generales como “inmigrantes africanos” o “inmigrantes hispanoamericanos” es muy peligroso porque puede conducir a resultados nada consistentes y, con frecuencia, equivocados. Entre los inmigrantes africanos hay cristianos, y católicos en concreto, y los hay musulmanes, mucho menos fanáticos por tradición cultural que los árabes. Los hay con formación universitaria, de grado medio, y con formación profesional aunque sean, muchas veces, deficientes comparadas con las de España. Y hay otros muchos sin formación, pero con unos deseos enormes de salir adelante y progresar. Y lo mismo sucede con los inmigrantes de otras regiones, aunque puede ser que, si se realizara una estadística, aparecerían los africanos como los menos formados profesionalmente por razón del nivel económico de sus países.
Y si nos detenemos en lo que llamas “patrones culturales y éticos” creo que los inmigrantes del África Negra a quienes quieres frenar su entrada en España “dentro de lo posible” no se han destacado en las estadísticas de criminalidad ni por crear bandas mafiosas y criminales como algunos sudamericanos y personas del Este de Europa. Ni coartan de forma pública y manifiesta la libertad de sus mujeres como los musulmanes árabes, ni consideran a quienes les acogen infieles que merecen la muerte por sus “pecados” históricos y presentes, como algunos de estos musulmanes hacen.
En mi opinión, el Estado debe regular la inmigración sólo para evitar que se infiltren elementos criminales en el país, dentro de lo posible claro, y establecer una exigencia decidida y concreta de respeto de la Declaración de los Derechos Humanos con pena de expulsión del país para quienes de forma clara y convencida la violan. Negar los derechos humanos y civiles de las mujeres, la ablación del clítoris, propagación del terrorismo, etc. sí deben constituir prohibición de entrada o expulsión del país. Pero, de los individuos que atenten contra estas normas. El Estado no debe tomar medidas contra ningún colectivo por razón de su origen geográfico o de su religión.
A los países africanos, Adam, no sólo les iban a venir bien las divisas. También son muchos los que retornan, como en el tiempo de la emigración española a Europa. Y, los que vuelven, lo hacen con cierto capital y una experiencia muy valiosa para desarrollar pequeñas empresas familiares y contribuir al crecimiento económico del país. Así fue en la España de finales de los 60 y en los 70 del siglo pasado. Por no hablar de los “indianos” anteriores.
Perdón, veo que me he pasado un “pelín” en la extensión de este comentario. Pero, Adam, es que me has provocado un poco al olvidar, según creo, tu convicción liberal.
Un abrazo