De la evolución
Publicó Juan Manuel de Prada un artículo en el que afirmaba que es imprescindible introducir “el misterio” para explicar el paso del mono al hombre. No voy a rebatirlo, porque aquí lo hacen bastante bien.
Prefiero aprovechar el tema para criticar el último libro que he leído de Juan Luis Arsuaga: El enigma de la esfinge. Aquí tenéis una reseña muy completa y fiel al contenido. Básicamente, Arsuaga hace una historia de las teorías evolutivas, incluyendo las variantes del darwinismo moderno, para aplicarlas a la evolución humana y concluir que no está claro que el neodarwinismo explique todo lo que sabemos a partir de los fósiles.
El problema es lo que Arsuaga (y otros muchos paleontólogos) entienden por Neodarwinismo, es decir, la síntesis entre la evolución por selección natural de Darwin y la genética mendeliana. Arsuaga construye un hombre de paja, afirmando que el neodarwinismo postula “cambios graduales que van modificando lentamente el acervo genético de una especie hasta transformarla en otra”. Frente a esto, hay teorías que defienden que para que se produzca la especiación (la creación de una nueva especie) es necesario el aislamiento reproductor de una población con respecto al resto de miembros de su especie. Y plantea que la evolución “a saltos” o por “deriva genética” son incompatibles con el neodarwinismo.
Aviso: es posible que yo tenga una deformación de partida por haber estudiado genética evolutiva, genética cuantitativa y genética de poblaciones, por sólo un año de zoología y otro de antropología, y que todo lo que escriba a partir de aquí esté viciado por esto, pero creo que Arsuaga confunde la historia de la evolución de las especies con el mecanismo de evolución de las especies.
En realidad, el mecanismo de la evolución se explica en estas ecuaciones. Básicamente, lo que vienen a expresar es que, para un carácter, existe un conjunto de genes que expresan varios fenotipos (variantes de ese carácter). Si conocemos la tasa de mutación para ese gen, las frecuencias iniciales de cada alelo (variante) del gen, la fitness o ventaja adaptativa que aporta cada variante y las tasas de migración, podemos calcular la proporción de alelos en la siguiente generación.
Por supuesto que si consideramos poblaciones pequeñas, y tenemos en cuenta el azar, podemos obtener deriva genética, esto es, que por puro azar predominen genes con menor valor adaptativo que otros. Y cabe también que el gen que estemos tratando no sea algo simple como el color de la piel, sino un gen regulador del desarrollo embrionario cuya variante produzca un adulto radicalmente diferente (el “monstruo esperanzado”).
Es decir, tanto la deriva genética como el equilibrio puntuado caben en la teoría sintética, porque la teoría sintética, en su formulación de genética de poblaciones, no establece la selección natural como mecanismo único de cambio de frecuencias genéticas. Y no otra cosa es la evolución: cambio de frecuencias genéticas en poblaciones. El que estos cambios, con el tiempo, acaben produciendo tipos completamente nuevos de seres vivos es una cuestión histórica y limitada a lo que ha sucedido en nuestro planeta.
Pero la teoría sintética, como no podría ser de otra manera, es universal. Esto es, aplicable en cualquier lugar del universo en el que existan seres con información “genética” y sujetos a presión evolutiva. Por eso funcionan los algoritmos genéticos, que se han demostrado muy eficaces para resolver problemas de gran complejidad: porque la selección natural funciona también aplicada a poblaciones de “soluciones a problemas”.
En resumen: que Arsuaga está observando los efectos de la evolución, e intentando deducir a partir de los mismos, cuando tiene a su disposición la herramienta matemática para explicar el mecanismo fundamental de la evolución.
Temas: arsuaga, Ciencia, evolución, juan manuel de prada
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3 Comentarios


Es igual, no hallará usted una explicación lógica a la existencia de José Blanco. No se engañe.
Muy interesante. Como físico, me agrada ver ecuaciones que expliquen las cosas.
A mí no. No siempre. La vida no es pura matemática. No es algo mensurable en su totalidad exclusivamente a través de conclusiones científicas.
La comunidad científica, o buena parte de ella, ha logrado que cada vez sea un poquito menos escéptico ante el hecho religioso y crea un poquito más en Dios.
Leyéndolos, hablando con ellos, constatando su prepotencia (soy súper-materialista, qué chulo soy, qué inteligente, qué racional, creyendo que no hay en mí ninguna esencia espiritual que me distinga en realidad de una cucaracha o un lagarto), cada vez estoy más convencido de que esa evolución ciega y amoral que tantos defienden a capa y espada como si fuera la verdad incontrastable y definitiva no puede ser la única explicación posible, ni a la aparición del hombre, ni al mero hecho de la vida y la existencia.
Luego se quejan de los que interpretan literalmente la Biblia o el Corán. ¿Quizá Darwin no puede ser cuestionado o matizado? ¿Es palabra revelada directamente de labios de la diosa Adaptación?
No sé si alguna vez se darán cuenta los fundamentalistas científicos de que, llegado uno a determinados interrogantes, no es posible ir más allá. Que existe el misterio, en efecto (sea cual sea la explicación metafísica que cada uno le de, incluso el vacío si se quiere). Y que no reconocerlo es de necios muy sobrados de orgullo y muy faltos de humildad, en el fondo tan ansiosos de una verdad totalizadora e indebatible como cualquier otro integrista. Tachan a todo el que busca respuestas trascendentes más allá de los procesos y realidades empíricas de integristas religiosos… como si la ciencia no tuviera su propia legión de seguidores integristas.
Tan estúpido es ignorar los descubrimientos de la ciencia como pensar que todo en esta vida puede explicarse sencillamente a través de una ecuación científica.
De hecho, la Iglesia ya ha reconocido el hecho de la evolución mediante la teoría del diseño inteligente. Me indigna mucho, en este sentido, que todo el que discrepe del evolucionismo materialista al uso sea tachado de “creacionista” sin más, identificándolo automáticamente con el creacionismo clásico. En realidad casi nadie en Europa defiende ya el creacionismo tradicional. Ahora bien, son muchos los que, a la vez, empiezan a cuestionar las verdades biologistas, supuestamente irrefutables, del darwinismo. Y yo que me alegro.
Supongo que a alguien que le importa un pepino la condición humana y su singular misterio (”podríamos haber sido lagartos”, o machos elefantes marinos que cuando llega la época de celo son irrefrenablemente conducidos por el instinto a matarse entre sí, o lemmings suicidándonos en masa, o… pero somos criaturas dotadas como ninguna otra de raciocinio y dilemas morales, mira tú por donde) todo ello no le inspirará ninguna inquietud intelectual o existencial. No. Somos meros animales. Punto. Pues qué bien.
¿Y ahora qué? ¿Nos cazamos los unos a los otros? ¿Matamos a nuestras crías no aptas? ¿Nos enfrentamos a otros grupos humanos por el territorio y lo justificamos por el “instinto”?