Diarios de las Estrellas

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Archivo para 07/2007

8 secretos

Me pasa Coase un encargo, cuando ya pensaba que me había librado…

En fin, estos son mis ocho secretos confesables:

1. Soy del Betis. Con ocho años yo vivía en Sevilla, me preguntaron, me gustaba más el color verde y ya no cambié. Creo que el hecho de que no me guste el fútbol ha ayudado a que no me haya planteado cambiar de equipo.

2. Hablo un poco el catalán, que aprendí en el patio del colegio y leyendo libros. Sí, en el franquismo (al menos en los últimos años) se editaban libros en catalán y se hablaba en la calle, a pesar de todas las historias de represión que cuentan ahora.

3. Con doce o trece años me pillaron sin billete en el tren. Iba al colegio en cercanías, de San Cugat del Vallés a Rubí, y me quedaba el dinero que me daban mis padres para el tren. Aunque la cosa no tuvo consecuencias, aprendí que es mejor para la paz de espíritu cumplir con tus obligaciones.

4. Repetí primero de EGB. Yo cumplo años en noviembre, y hace 35 años eso de la escolarización era más flexible que ahora. Para conseguir que entrara en los jesuitas mis padres tuvieron que hacer un “apaño” que tuvo como resultado hacerme repetidor incipiente.

5. Participé en manifestaciones contra la base aérea de Zaragoza, a favor de la revolución sandinista y contra la visita de Reagan, entre otras.

6. Mi verdadera vocación es ser un rentista millonario. Mi modelo en esto es Charles Darwin, que pudo viajar en el Beagle, escribir el Origen de las Especies y una monografía sobre los percebes que le llevó ocho años, porque nunca tuvo que preocuparse de trabajar para ganar dinero. En realidad soy un vago frustrado, reducido a la condición de trabajador por culpa de la sociedad en la que vivimos.

7. Soy un desastre para las cosas prácticas. Ya cuando era niño olvidaba entregar las notas firmadas, o pedirles a mis padres que las firmaran, y eso que estaban plagadas de sobresalientes. Ahora la cosa no ha mejorado con respecto a multas, impuestos, seguros… afortunadamente mi mujer es todo lo contrario. De no ser así estaría en la cárcel o en la ruina.

8. Soy heterosexual, monógamo, estoy enamorado de mi mujer, quiero a mis hijos pero no pretendo ser su amigo y procuro educarles con cariño pero marcando límites. Como podéis ver, un caso perdido de moralidad caduca y decimonónica.

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Principes apareandose

¿Han visto ya la imagen de los príncipes holgando?. Debo advertir, para quien todavía no la haya visto, que es una caricatura. Nadie, ni siquiera el juez del Olmo, podría confundir la viñeta con una imagen robada a los príncipes con un teleobjetivo.

Lo cual tiene su importancia. Una fotografía de los príncipes habiendo ayuntamiento es una reprobable invasión a su intimidad (siempre que no se haya tomado en un lugar público). Una caricatura, por grosera que sea, es indistinguible a estos efectos del editorial del periódico más respetable.

Cuando se casaron el príncipe Carlos y Lady Di, hubo una campaña de antimonárquicos en la que representaban a dos osos panda copulando con el lema “See Cha-Cha and Di-Di breeding freely at the zoo”. O sea, “Vean a Cha-Cha y Di-Di apareándose libremente en el zoo”. ¿Era esto una intromisión en el honor de los príncipes de Gales o una acertada denuncia de la frivolidad y el exhibicionismo de una boda real? ¿Es la caricatura de El Jueves una profunda crítica a los privilegios medievales de la monarquía o una burda grosería?

En cualquier caso, sea lo que sea, yo preferiría vivir en un país en el que El Jueves puede publicar caricaturas de los príncipes copulando, igual que publican otras de obispos rijosos, políticos corruptos (si son de derechas) o militares fascistas. Nunca he comprado la revista en cuestión, ya que me ha bastado ojearla un par de veces para saber que no tengo interés en hacerlo. Pero si tiene público, a mí me parece estupendo que publiquen lo que puedan vender.

Sucede lo mismo con los programas del corazón. Yo no los veo, pero si hay gente dispuesta a pasar horas delante del televisor viendo cómo exhiben el comportamiento sexual o las adicciones de individuos más o menos famosos, es normal que haya quien dé satisfacción a ese deseo.

Es más, creo que debe permitirse que se cocine un cristo en televisión, o que se utilicen imágenes religiosas para promocionar un equipo de fútbol. Igual que debe estar permitido hacer caricaturas de Mahoma, por supuesto. Y debe estar permitido, en contrapartida, atacar (verbalmente) a quien hace estas cosas, o hacer contracampañas invitando, por ejemplo, a boicotear al club de fútbol que se anuncia con imágenes que a alguien resultan ofensivas.

El único límite a la libertad de expresión debe ser la seguridad o la intimidad de los demás. Cualquier otra cosa nos lleva a una dinámica en la que la libertad de expresión, al final, está determinada por el poder de presión de grupos determinados. Un día los católicos cerrarán una revista que ofende al Papa, y al día siguiente las feministas prohibirán un videojuego en el que el héroe machote conquista jovencitas voluptuosas. El lobby gay censurará los chistes de mariquitas y los agricultores impedirán que se emita un anuncio que ridiculiza la vida en el campo.

No me gustaría vivir en un país así.

Un momento. Tal vez ya viva en un país así.

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Humor en la adversidad

Dan Becker cuenta la historia de Dan Miller, quien tuvo la desgracia de contraer la polio y quedar paralítico unas semanas antes de que la vacuna estuviera disponible.

Dan se casó, tiene hijos y nietos, toca la guitarra y tiene un handicap de 13 jugando desde una silla de ruedas y con una sola mano. Desde hace tiempo se dedica a dar conferencias. Su secreto para sobreponerse a la desgracia fue el humor.

Su mensaje:

El dolor es inevitable.
El sufrimiento es opcional.
Disfrutar es una elección.

Hala, ya tenéis algo para reflexionar este fin de semana, o estas vacaciones incluso.

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Derechos y deberes

Uno de los logros que destacó Zapatero en el debate sobre el Estado de la Nación es que “se han ampliado los derechos”. Lo cual es sintomático de toda una manera de pensar: el Gobierno es quien concede los derechos.

Pero si realmente creemos esto, dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en súbditos. Es evidente: si el Gobierno puede conceder derechos, también puede denegarlos. Luego dependemos de la benevolencia o la magnanimidad del Gobierno para que nos conceda más o menos derechos en función de sus criterios. “¡Votadnos!”, pueden así proclamar, “¡nuestro partido os concederá más derechos que el otro!”.

No crean que en el partido con pulsiones liberales tienen un punto de vista muy diferente: “¡Nosotros os concederemos el derecho a recibir 3.000 euros! ¡Más que ellos!”, es su mensaje. “¡Negaremos el derecho al matrimonio homosexual!”, dicen. En el fondo, sólo difieren en el “catálogo de derechos” que tienen previsto conceder, pero no en el principio de que sean ellos, los gobernantes, los que nos concedan los derechos.

El asunto tiene más miga: ¿qué es un “derecho”? ¿el matrimonio para los homosexuales? ¿recibir 2.500 euros por copular productivamente? ¿ser educado conforme a los “valores ciudadanos y democráticos”?

En puridad, sólo existen dos derechos: el derecho a la vida y el derecho a la libertad. Todos los demás no son sino dejaciones de deberes. No existe el derecho a la educación: existe el deber de educar a los hijos. No existe el derecho a la sanidad: existe el deber de cuidar a los enfermos. No existe el derecho a una vivienda, o al subsidio de desempleo: existe el deber de ser caritativo con los que sufren.

Lo que sucede es que el Estado nos dice: “no te preocupes. No tienes por qué cargar con ese viejo que fue tu padre. No tienes por qué dedicar innumerables horas a que tu hijo aprenda. No tienes que ser generoso con ese mendigo maloliente. Déjamelos a mí. Yo me encargaré de ellos. Mira, les quitaré el dinero a los ricos para hacerlo. Tú pagarás mucho menos de lo que te voy a dar.”

Y así, felices de haber encontrado el Estado del Bienestar, abandonamos nuestras obligaciones con las manos llenas de nuevos derechos.

Pobres ingenuos, que en verdad hemos cedido uno de los dos únicos derechos que había sido genuinamente nuestro: la Libertad.

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