Archivo para 07/2008
La libertad de expresión incluye mentir e insultar
Argumentan los defensores de las sentencias contra Federico Jiménez Losantos que la libertad de expresión no debe usarse para mentir o insultar. No es lo mismo una cosa que otra, pero si queremos tener libertad de expresión debemos admitir ambas.
La libertad de expresión debe amparar la mentira
Verdad o mentira no son absolutos. Lo que hoy es algo comúnmente aceptado mañana puede ser unánimemente rechazado. ¿Qué pasaría si dentro de cinco o diez años se prueba que el calentamiento global no se está produciendo, o no se debe al CO2? ¿Deberían todos los medios que lo defienden hoy ser multados? ¿Debe ser multado hoy un medio que hace veinte años publicara un artículo defendiendo la necesidad de pactar con la URSS porque el comunismo era imposible de derrotar?
Habrá quien sostenga que los medios que publican según la creencia general no mienten, aunque se equivoquen. Pero eso supone que solo es sospechoso el que discrepa. Si seguir la corriente de pensamiento dominante sale gratis, ¿quién se va a atrever a la heterodoxia?
¿Y el que miente impúdicamente, consciente de hacerlo, por su propio interés? ¿el que niega el Holocausto, por ejemplo? Pues debe permitírsele hacerlo. Otra cuestión será el crédito moral que merezca tal persona. Y será tarea de los honestos explicar la verdad, para evitar que la propaganda tenga éxito.
Ese es el juego de la libertad de expresión.
La libertad de expresión debe amparar los insultos
El concepto de insulto también es resbaladizo. ¿Es “bobo solemne” un insulto? ¿Lo es “tahúr del Mississippi”? ¿Podemos decir que tal político es lerdo pero no decir que es tonto del culo? ¿Se puede decir que un periodista es lenguaraz pero no se le puede llamar hijoputa? ¿Es lícito decir que esa actriz es fea pero no lo es decir que es una zorra?
Salvo que la RAE, o el CGPJ elaboren una lista de epítetos admisibles, lo lógico es admitir cualquier cosa. Los más duchos en el arte del insulto serán capaces de irritar a sus contrarios, y los más torpes se tendrán que conformar con las palabras gruesas que por genéricas no hacen tanto daño.
La peor manera de herir a una persona con la palabra no es insultándola, sino acusándola de delitos o actos moralmente reprobables. Para estos casos debería quedar reservado el “derecho al honor”, no para impedir que alguien llame a otro lameculos o mamporrero.
Porque es imposible para un juez decidir objetivamente sobre algo tan subjetivo como la capacidad lesiva para el honor de epítetos como “carcalejos”, “facha” o “talibán de sacristía”, de modo que en esa tesitura otra vez acaba perdiendo el más débil, el que va contra corriente, el que más necesita la protección de la libertad de expresión.
10 comentariosLa Educación para la Ciudadanía es intrínsecamente perversa
Escribe esto José García Palacios en El rincón de la libertad:
EpC me parece una barbaridad. Pero no por el título, ni por el concepto, sino por el contenido. Perfecto que haya una asignatura que se dedique a educar a los ciudadanos en los valores de la democracia, la tolerancia, la libertad, etc.
No. No es perfecto, ni siquiera aceptable, que exista esta asignatura, aun si el formato que propone JGP fuera posible.
El estado no debe educar
Primero, porque no debería ser función del Estado educar. Educar o no a los niños, y en qué materias hacerlo, es asunto de los padres y de nadie más. Las materias que se enseñan son absolutamente arbitrarias, y las deciden unos expertos pedagogos que no sufren ninguna consecuencia negativa en caso de tomar decisiones incorrectas. Por el contrario, los padres sí tienen interés directo en que sus hijos tengan una buena formación, y si se les dejara elegir elegirían los que considerasen mejor para sus hijos.
Probablemente, muchos padres delegarían la decisión sobre asignaturas o temarios al centro de estudios que eligieran, pero cabría la posibilidad de crear colegios en los que se diera gran importancia a las ciencias, o a las artes, o a la formación profesional.
¿Qué pasa con los padres irresponsables, que no escolarizarían a sus hijos si no se les obligara a ello? Pues nada grave. Los niños seguirían siendo unos zotes, como lo son ahora. Con la diferencia de que en lugar de pasar años molestando a profesores y compañeros para acabar siendo analfabetos funcionales, tal vez aprenderían el oficio del padre, como se hacía antes, y podrían llegar a ser hombres de provecho.
El Estado no debe educar en valores
Creer que el Estado puede ser neutral a la hora de decidir qué valores se transmiten a los niños es una ingenuidad. El Estado tiene sus propios intereses, entre los cuales está el convencer a sus súbditos de que es imprescindible. La asignatura de Educación para la Ciudadanía solo puede ser socialdemócrata, porque ningún Estado va a admitir que se enseñe a los niños que pagar impuestos es malo o que la libertad es más importante que la falsa seguridad que proporciona el estado del bienestar.
Y esto suponiendo que el Gobierno no crea que tiene la misión de cambiar la sociedad, como le ocurre al actual. Porque entonces será inevitable que utilice la asignatura como herramienta de adoctrinamiento temprano, de manera que los niños se acostumbren a ver como naturales, buenos y autoevidentes sus postulados sociales.
Es imposible controlar a los profesores
No solo el Estado, sino los centros educativos o los profesores pueden tener agendas propias, diferentes a los de los padres. Y una asignatura “blanda” como la EPC es perfecta para que cualquier iluminado caiga en la tentación de adoctrinar a los niños según sus creencias.
Supongamos que el temario incluye hablar de libertad y democracia, como sugiere JGP. ¿Algo le impide a un profesor explicar a los niños que Cuba es una democracia perfecta? ¿Es responsabilidad de los padres comprobar cada día con sus hijos qué se les ha explicado y cómo?
Como en tantos otros casos, ceder al Estado nuestra libertad para educar a nuestros hijos como mejor nos parezca, conduce inevitablemente a que sea el Estado quien los eduque como mejor le convenga. La Educación para la Ciudadanía es consecuencia inexorable de la educación pública.
2 comentariosLibertad Económica y Social
En Cine y Política recopila Santiago frases lúcidas, entre ellas esta con la que no estoy de acuerdo:
No se puede abrir la economía y no abrir la sociedad
Matizo: a largo plazo, la apertura económica termina por imponer la apertura social. Pero a corto no tiene por qué ser así. Tres ejemplos:
- España en los años 60. La prosperidad que crearon los tecnócratas sin duda tuvo mucho que ver con las ansias de democracia de los años 70, pero tuvo que pasar una década (y el cadáver de un dictador) para que la libertad social alcanzara a la económica.
- El Chile de Pinochet. Los Chicago Boys enderezaron una economía destrozada por el socialismo de Allende, pero lo hicieron en medio de una dictadura que no escondía su crueldad. Quince años pasaron desde que se inició el camino de la libertad económica hasta que se alcanzó la libertad social.
- La China de hoy. Hablaba hace unos meses con un chino que me decía que su vía para alcanzar el capitalismo era mucho mejor que la rusa. China ha liberado la economía, pero sigue siendo una dictadura paternalista, parecida a la franquista hasta en la mojigatería respeto a lo sexual. Alcanzar la libertad social en China llevará más tiempo, porque costará mucho más que se desarrolle una clase media suficientemente numerosa, pero antes o después será inevitable. De momento, los chinos en general siguen como los españoles de los 60, encantados de no morirse de hambre, de tener televisión en casa y de que no haya follones (algún tibetano va a la carcél de vez en cuando, como iban los de Comisiones, pero en general la gente vive sin problemas políticos).
De modo que si la historia nos enseña algo, es precisamente que debe abrirse la economía primero para que un país pueda alcanzar la apertura social sin grandes convulsiones.
Por el contrario Rusia, que pasó de la noche a la mañana de la atroz dictadura comunista a una democracia formal pero sin llegar a implantar un sistema de garantías para la actividad económica, cayó de inmediato en el capitalismo salvaje. El de verdad, ese que consiste en ganar dinero no compitiendo en el mercado, sino mediante métodos mafiosos, corrupción y favores del gobierno.
1 comentarioCarne o pescado
Supongamos que quedas a cenar con tres amigos. Cuando os sentáis, Jose Luis coge la carta, mientras Marta y Javier charlan alegremente de lo divino y de lo humano. “¿Pedimos algo de picar y luego un segundo cada uno?” dices, siempre original. Todos de acuerdo. Javier sugiere unos huevos rotos con patatas y jamón, y tú propones los chopitos. Se te va haciendo la boca agua pensando en el chuletón con patatas que pedirás de segundo. Javier se inclina por el cochinillo y Marta, que es de menos comer, se conforma con unas chuletitas de cordero.
Cuando llega el camarero, Jose Luis le pide una ensalada de espinacas para compartir, y merluza con guarnición de verduras de segundo. Para todos. Marta y Javier, que siguen charlando, no se han enterado muy bien, pero tú intentas pedir tu chuletón, los chopitos y los huevos.
“¿Estás loco?”, dice Jose Luis. “Los huevos tienen colesterol, y los chopitos están fritos con grasas que se fijarán a tus arterias para siempre. Y no me hagas hablar del chuletón con patatas, o del cochinillo y el cordero. El pescado y la verdura son mucho mejores para vosotros.”
Así que al final se cena pescado y verdura, y para colmo cuando llega la cuenta, que por causa de la merluza es más elevada de lo habitual, Jose Luis os pide que le paguéis la cena entre los tres, porque él no tiene dinero.
¿Resulta inverosímil que alguien se comporte así?
Pues no es muy diferente lo que hace el Estado. No solo nos dice lo que podemos y no podemos hacer, porque él sabe lo que es mejor para nosotros, sino que además nos quita nuestro dinero para pagar la cuenta.
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