Diarios de las Estrellas

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Archivo para 02/2009

Los ecologistas son responsables de la muerte de este niño

Bakouma

Ayer el post de Iowahawk no fue divertido, como acostumbra. Su familia apadrinaba a Bakouma desde que tenía 9 años, y cada año recibía por navidad una carta con una foto (una de ellas, la de arriba). Pero este año no fue así: Bakouma murió en diciembre de malaria. Tenía 14 años.

El método más eficaz y barato para luchar contra la malaria es rocíar las paredes de las viviendas con DDT. Pero a los ecologistas no les gusta el DDT, porque un estudio realizado hace 50 años sugería que podía dañar los huevos de rapaces. Así que muchos países han prohibido el uso de DDT.

En sudáfrica, se prohibió el DDT en 1996, por la presión de los grupos ecologistas. La epidemia de malaria que se provocó como resultado de esta prohibición superó los 60.000 casos en el año 2000. Cuando en 2001 se volvió a autorizar el rociado de paredes con DDT, las infecciones descendieron un 80% solo en un año. Togo, el país de Bakouma, es uno de los que mantienen la prohibición sobre el DDT.

Los ecologistas saben perfectamente todo esto. Saben que han muerto casi 100.000 (equivocado: son 100 millones) personas, la mayoría de ellas pobres, por la prohibición de usar el DDT. Y se empeñan en mantenerla, porque reconocer que todo obedece a una maniobra de manipulación de la opinión pública puede llevar a mucha gente a cuestionarse qué otras causas ecologistas son falsas.

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La hipocresía del funcionario liberal

Por alusiones.

Albert Esplugas plantea en su blog la siguiente pregunta:

¿Qué diferencia hay entre un comunista rico y un funcionario liberal?

Ésta es la pregunta de la semana y las posibles respuestas:

  1. Ninguna
  2. El comunista rico es más hipócrita
  3. El funcionario liberal es más hipócrita

Yo, que soy funcionario y liberal, respondo. Primero, decir que además de ser funcionario, vivo en una casa de protección oficial. Y aprovecho las subvenciones para libros de texto a las que tengo derecho. Y cualquier otra cosa del “estado de bienestar” que me beneficie.

Y no tengo ningún remordimiento de conciencia. ¿Por qué? Porque no puedo hacer otra cosa. No puedo elegir si pago o no impuestos, ni puedo evitar que una gran parte de ellos no vaya destinada a corregir supuestos fallos de mercado o ayudar a los más desfavorecidos, sino que se dediquen al juego de “a ver quién pilla más”.

A ese juego, al que me obligan a jugar, no quiero perder. Otros están encantados de pagar impuestos y vivir en un “estado de bienestar”. A esos, pues, no les importará pagar mi sueldo. El día que una mayoría decida que ya está bien y que vamos a reducir el tamaño del monstruo estatal, estaré encantado de dejar de jugar al juego (aunque sea uno de los ganadores).

Porque si a eso vamos, al juego de beneficiarnos del Estado jugamos todos ¿Es menos hipócrita el liberal que acude a ser atendido por la sanidad pública? ¿el que lleva a sus hijos a un colegio público, o estudia en una universidad pública? ¿el que cobra el subsidio de desempleo? La única diferencia entre el liberal funcionario y el liberal que usa los servicios proporcionados por el Estado es de grado. Pero insisto: si me obligan a jugar, no tengo por qué perder a propósito, cuando puedo ganar.

¿Cuál es la diferencia con el comunista rico? Que a él nadie le obliga a acumular riqueza. Puede repartirla con los parias de la tierra sin que nadie le afee la conducta, le multe o le meta en la cárcel, como me sucedería a mi si dejo de pagar impuestos o decido que no voy a cumplir las normas que atentan contra mi libertad como la obligatoriedad de ponerme el cinturón de seguridad cuando voy en el coche.

El comunista rico podría dejar de serlo y mejorar la vida de unos cuantos de sus semejantes, que tanto le preocupan, pero prefiere esperar a que llegue la revolución del proletariado para que todos estén obligados a hacer lo que él cree que es correcto.

Yo, como funcionario liberal, no quiero imponer a nadie nada. Me parece estupendo que haya mucha gente que crea en el estado de bienestar y quiera aportar  casi el 50% de sus ingresos para recibir los beneficios que el estado aporta. No quiero obligarles a que hagan otra cosa. Me bastaría con que me dejaran “desapuntarme” a mí: que pudiera no ser funcionario, no tener vivienda de protección oficial, ni subvenciones, ni sanidad pública ni nada.

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