Diarios de las Estrellas

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Papel moneda

Vía TechDirt, descubro otro caso en el que el dinero de los contribuyentes se dilapida por culpa de subvenciones estúpidas. En este caso es el dinero de los norteamericanos, pero no deja de ser escanadaloso.

Resulta que en pleno frenesí por evitar el uso de combustibles pecaminosos, Bush aprobó en 2005 una partida de 244.000 millones de dólares para promover el uso de combustibles verdes. Incluye subvenciones para usar etanol o biodiesel, pero también había una subvención de 50 céntimos por galón para mezclas de diesel o gasolina con “combustibles alternativos”.

¿Quién puede beneficiarse de una subvención así? ¿Tal vez un avispado emprendedor que desarrolle motores que consuman una mezcla de gasolina y vino barato?

Pues no: el principal beneficiario ha sido la industria papelera. En el proceso de crear la pasta para fabricar el papel se separa la pulpa del resto de la madera. Ese resto, que se conoce como “licor negro”, contiene lignina, y es un combustible muy eficaz. Tanto que hasta ahora más del 70% de la energía consumida por las plantas de fabricación del papel provenía de ese subproducto.

Pero algún papelero perspicaz se dio cuenta de que si añadía diesel al licor negro, se convertía en candidato a las subvenciones. Y así, las diez papeleras más grandes se van a levantar 8.000 millones de dólares al año. Tanto que International Paper, la principal papelera de Estados Unidos, ha subido un 12% en bolsa cuando se ha conocido la noticia.

De modo que este es el resultado de la multimillonaria subvención: una industria que tendrá beneficios extraordinarios sin atender mejor a sus clientes y mayor consumo de combustibles fósiles, que es precisamente lo que se pretendía evitar.

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Combatir la pobreza

La única manera eficaz de eliminar la pobreza es crear riqueza. Y eso solo lo pueden hacer los emprendedores.

Si quieres ayudar a un emprendedor del tercer mundo a crear un negocio o ampliar el que ya tiene, puedes hacerlo en Kiva. Kiva te facilita el prestar dinero, desde 25$, a un emprendedor concreto. Es un préstamo, no una donación, así que cuando el emprendedor devuelve su dinero (6 meses – 1 año) tú recuperas tu inversión.

Lo importante es que no estás dando dinero a una organización que no sabes cómo lo va a manejar. No se trata de tranquilizar conciencias. Se trata de facilitar a emprendedores que lo tienen todo en contra que puedan conseguir el dinero que necesitan para poner en marcha un proyecto, o para hacer crecer su empresa.

He creado un equipo, Emprendedores Desencadenado.com, al que puedes unirte si te das de alta en Kiva. El dinero que prestes es tuyo, y puedes ayudar a quien quieras, pero si al hacer un préstamo eliges este equipo, de alguna manera sumaremos el esfuerzo de todos. De momento, aquí podéis ver a donde he destinado los 100 dólares que he prestado hoy.

Si alguna vez leer algo en este blog te ha resultado interesante y quieres compensarme por las horas que le dedico, por favor date de alta en Kiva y el el equipo y presta algo de dinero a un emprendedor que lo necesita.

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El New York Times anunciaba la crisis hace 9 años

Vía Techcrunch llego a una noticia del New York Times en la que habla de cómo Fannie Mae iba a facilitar los préstamos a minorías con problemas. Comenta Mike Arrington que cada vez que nos encontramos en una crisis podemos señalar a una estupidez del gobierno que hizo el desastre inevitable.

Y este es el caso. En el artículo del New York Times explican como la Administración Clintón presionó a finales de los 90 a instituciones como Fannie Mae, que proporcionaban el crédito a los bancos que hacían las hipotecas, para que relajaran las condiciones para acceder a una. Esto decía el NYT en septiembre de 1999:

En Julio, el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (DVDU) propuso que para el año 2001, el 50% del portfolio de Fannie Mae y Freddie Mac estuviera compuesto de préstamos a personas de ingresos bajos y moderados. El último año, el 44% de los préstamos que Fannie Mae compró era de estos grupos.

El cambio de política llega al mismo tiempo que el DVDU investiga alegaciones de discriminación racial en los sistemas automatizados de aprobación que Fannie Mae y Freddie Mac usan para determinar si a un candidato se le puede conceder un crédito.

Es decir: el gobierno decide que las minorías raciales no obtienen el porcentaje de crédito que deberían tener, y decide actuar. Como suele ser habitual, utiliza todo el poder de coacción que tiene, acusando de discriminación racial, para conseguir que las empresas se plieguen a sus deseos. La semilla del desastre está sembrada.

Hasta ese momento, Fannie Mae y Freddie Mac prestaban según criterios racionales, a gente que podía devolver el préstamo. La gente que no podía acceder a uno de esos créditos vivía de alquiler, o pagaba intereses más altos a prestamistas que asumían más riesgo (y compensaban su mayor número de impagos con esos intereses elevados).

El gobierno interviene, los negros e hispanos pueden comprarse casas baratas, y todos felices. Clinton se va, gana Bush, y no se le ocurre levantar la presión sobre las entidades de crédito para volver a la racionalidad. Sería un suicidio político quitar las casas a los pobres. Lo que le faltaba es que le acusaran de racista.

Y es que las medidas demagógicas son muy fáciles de tomar, pero muy difíciles de rectificar. Es el mismo tipo de mecanismo perverso que funcionó con el PER cuando el PP gobernaba: ¿cómo iba a quitar el pan de la mesa a los pobres parados andaluces?

Así que Bush miró para otro lado, y las empresas de crédito siguieron actuando irracionalmente. Al fin y al cabo, si el gobierno las había metido en esto, el gobierno las sacaría del problema cuando llegara…

Poco a poco, todo el sistema financiero se corrompe. Se empieza a ver como seguro lo que antes era arriesgado. Entre los incentivos de todos los agentes, desde oficinistas de una sucursal de banco a altos ejecutivos, los préstamos a insolventes se convierten en un criterio más para alcanzar la parte variable de su sueldo, así que siguen alimentando la máquina. Los precios de las casas suben, empujados por la entrada masiva de minorías al mercado, así que el efecto perverso se contagia a personas de clase media que compran viviendas por mucho más dinero de lo que valían pocos años antes.

Hasta que, como era inevitable, llega un momento en el que todo se derrumba.

Y entonces se habla de fallos de mercado, de falta de control, de que el gobierno tiene que intervenir más y controlar más…

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Los intermediarios nos roban

Es uno de los temas recurrentes de la izquierda: el meme de que los intermediarios nos roban (a nosotros y a los agricultores), porque la fruta en la tienda es mucho más cara que en el campo. Para muestra, la viñeta de “El Roto” en El País que reza así:

En origen costaban diez, en destino ciento quince, entremedias nadie los tocó: milagro económico.

Y lo sería, si no fuera mentira. Las comparaciones entre el precio del kilo de fruta en el campo y en la tienda parten de la base de que son lo mismo. Para nada:

  • Primero, el kilo de fruta original está en el campo. El Roto podría comprarlo a diez si se tomara la molestia de ir a Lérida a comprar sus melocotones, a Huelva a comprar sus fresas y a Valencia a comprar sus naranjas. Pero aún suponiendo que El Roto tuviera tiempo entre dibujo y dibujo, probablemente el gasto en transporte superaría la diferencia de precio entre origen y destino.
  • Segundo, al agricultor no le compran kilos sueltos, sino decenas, cientos o miles de ellos. Si El Roto prueba a decir en su tienda que la semana que viene va a comprar doscientos kilos de melocotones, ya verá como no se los cobran a ciento quince.
  • Tercero, los melocotones que compra El Roto no solo están en su ciudad, sino en la tienda que a él le resulta más cómoda. Si El Roto quiere comprar su fruta a ochenta o noventa, en lugar de a ciento quince, no tiene más que levantarse a las cinco de la madrugada, ir a Mercamadrid (o equivalente) y comprarse allí su caja de fruta. Nadie se lo impide.
  • Ya en Mercamadrid, puede elegir además el precio de su caja de fruta. Los compradores lo hacen: a primera hora llegan El Corte Inglés y las fruterías “selectas”, se llevan lo mejor y lo pagan caro, porque lo venderán más caro. Poco a poco el precio y la calidad van bajando, y a última hora llegan las monjas a comprar para sus albergues y los gitanos a comprar para sus mercadillos. El Roto puede decidir si quiere fruta perfecta a ciento treinta, fruta normalita a ciento quince o fruta pequeña y un poco picada a noventa.
  • Además de los que transportan la fruta hasta la ciudad, los que la venden en mercados centrales y los que las llevan a las tiendas, también la “tocan” los fruteros. Esos que pagan un puesto en el mercado (o construyen un gran centro comercial), y pagan la luz, y el agua, y el sueldo de las personas que trabajan para ellos, y hasta los impuestos. Poner un kilo de fruta en un mostrador para que El Roto la compre también le cuesta lo suyo al frutero, aunque El Roto no sea capaz de verlo.
  • Por último: los fruteros también hacen una selección final, tiran las frutas que están dañadas e incluso a veces las empaquetan en cómodas bandejas ya pesadas y etiquetadas. Una bandeja con un kilo de melocotones no es lo mismo que un kilo de melocotones recién salido del árbol, entre otras cosas porque hace falta más de un kilo de melocotones “de árbol” para producir un kilo de melocotones “de bandeja”.

Por otro lado, si en realidad El Roto cree que hay alguien que “gana ciento cinco” por no hacer nada, él puede competir ofreciendo lo mismo por noventa y cinco. Seguro que tiene éxito, y todavía tiene un amplio margen para forrarse. Y si El Roto no quiere mancharse las manos haciendo el juego al maldito sistema capitalista, al menos debería plantearse por qué no hay algún empresario explotador y codicioso que se aproveche de ese margen abusivo para vender un poco más barato y hacerse con el mercado.

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La forma de ganar en la bolsa

Hace unos meses escribió Juan Ramón Rallo una reseña del libro de Joel Greenblatt “El pequeño libro que bate al mercado”. En él explica cómo invertir en bolsa obteniendo rentabilidades del 30%, y sin ser un experto. Lo leí, y parece que lo que dice tiene sentido. El único problema es elegir los valores adecuados. Greenblatt tiene una página que te ayuda a hacerlo, pero solo para el mercado estadounidense.

Así que he decidido hacer un experimento. He creado una web en la que cada mes iré poniendo los 10 valores de la bolsa de Madrid que según la fórmula de Greenblatt son los más interesantes. O mejor dicho, los diez valores que según mi interpretación de la fórmula de Greenblatt son los más interesantes, que no es lo mismo.

Por supuesto, no me hago responsable de nada. Si inviertes haciendo caso a lo que pone un tipo cualquiera en una página web y pierdes los ahorros de toda la vida, solo tú tienes la culpa.

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He parido

Por fin he dado a luz uno de los proyectos que me están robando el tiempo que dedicaba a bloguear por aquí.

Es este:

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Liberlabor.com tiene como objetivo reducir los costes de fricción en las transacciones entre trabajadores libres (freelancers, autónomos, autoempleados o como lo queráis llamar) y sus clientes.

Cada vez estoy más convencido de que la única alternativa laboral segura, para los que no sois funcionarios, es el autoempleo. Poner todos los huevos en la misma cesta, y confiar secundariamente en el seguro de desempleo en cuanto no seas necesario para la empresa, es una apuesta arriesgada. E incluso aunque optes por la comodidad de la nómina a fin de mes, tener una fuente secundaria de ingresos puede ser una opción atractiva.

Nuestro querido estado impone muchas trabas al que pretende ganar algún dinero de más, y contra eso poco podemos hacer. La mentalidad generalizada de buscar un trabajo que te garantice que en tu mesa tienes garbanzos “duros pero seguros” tampoco ayuda. Pero al menos, podemos facilitar un poco la vida a los que se deciden a dedicar algo o todo su tiempo a progresar.

Ese es el objetivo de Liberlabor. Todavía está en fase de pruebas, así que aparecerán textos sin traducir y tal vez algún error. Y espero ir añadiendo funcionalidad poco a poco. Pero si os dedicáis a trabajar por vuestra cuenta, o necesitáis los servicios de alguien que lo haga, os animo a entrar, participar y aportar ideas y sugerencias. Y por supuesto, si conocéis a alguien a quien le pueda interesar, animadle a participar. No os cuesta nada, ni a vosotros ni al que se registra, así que solo podéis ganar.

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Mileuristas estafados

El principal motivo por el que el Estado nos quita nuestro dinero en forma de impuestos es poder devolvernos después una parte de él en forma de dádiva. El político se asegura así el agradecimiento del súbdito desinformado.

La realidad es muy otra. Podemos hacer, como ejemplo, el cálculo del dinero que ingresaría un mileurista si no pagara impuestos:

Los impuestos

En la actualidad, el sueldo bruto de un mileurista es de 17.000 euros. De ahí paga 1.088 euros a la Seguridad Social y 2.044 a Hacienda. Así le quedan 990 euros netos para vivir al mes.

En realidad, el mileurista no es consciente de que su empresa paga a la seguridad social otros 5.440 euros. Si la empresa, en lugar de dar el dinero a la SS se lo diera a él, nuestro mileurista ganaría 22.440 euros. Y si no pagara impuestos, esto significaría que cada mes se embolsaría 1.602 euros. ¿Algo más que esos 990, no?

Pero aún hay más. El mileurista no ha terminado de pagar cuando recibe sus 990 euros. Aún tiene que pagar el IVA y otros impuestos. Dependiendo de a qué dedique ese dinero pagará más o menos: si fuma, bebe y tiene coche será mucho más, si solo compra alimentos mucho menos. Supongamos que una buena aproximación es que paga un 15% de impuestos. Esto quiere decir que en realidad tiene 842 euros disponibles cada mes. Es decir, poco más de la mitad de lo que ingresaría si no pagara impuestos. Repetimos: nuestro pobre mileurista, perceptor de un sueldo que muchos consideran ínfimo, entrega al Estado casi la mitad de sus ingresos.

Al menos el Estado, siempre atento a sus necesidades y dispuesto a proteger a los débiles, le da a cambio de ese dinero protección contra el desempleo, asistencia sanitaria, una pensión de jubilación, seguridad, justicia, infraestructuras… Realmente es una suerte que los ricos y las empresas paguen más impuestos, para que él, aun con su mísero sueldo, pueda disfrutar de tantas ayudas. ¿O no es así?

Seguros privados

Vamos por partes. Supongamos que nuestro mileurista es una mileurista, ya que las mujeres pagan algo más caros los seguros sanitarios. ¿Qué podría conseguir por sí misma con esos 1.602 euros?

Sanidad: en Adeslas podría contratar, por 60 euros al mes, una póliza que le cubra todos sus gastos médicos. Si fuera hipocondríaca, podría contratar seguros más caros. Y si, dado que es joven y con salud, quisiera un seguro con una franquicia de 200 euros/año, pagaría menos de 25 euros.

Seguro de desempleo. En España no existe, ya que el Estado impide que surja una oferta privada, pero en Inglaterra puedes contratar, por 40 euros al mes, un seguro que te cubra el 60% de tus ingresos durante un año. Es decir, nuestra mileurista, pagando 40 euros al mes, recibiría 1.122 euros durante un año. Para comparar, su prestación por desempleo actual sería de 800 euros durante seis meses.

Jubilación. Una mileurista de 25 años, si invierte 150 euros al mes durante 40 años y obtiene un 7% anual por ellos, se encontraría a los 65 años con 393.700 euros. Si a partir de ese momento retirara cada año un 7%, tendría una renta mensual de 2.296 euros. Una cifra claramente superior a los 750 euros de media de las pensiones actuales. Y tendría además un capitalito que dejar a sus herederos.

Descontando estos costes, nuestra amiga tendría cada mes 1.352 euros, frente a los 842 que le deja ahora el Estado. 500 euros más al mes.

Otros servicios

El Estado da otros servicios, dirán algunos. Seguridad, justicia, infraestructuras, solidaridad… La pregunta, algo más difícil de responder que en el caso de los seguros, es cuánto costarían estos servicios si pudiéramos contratarlos a empresas privadas.

La seguridad, incluyendo alarmas y vigilancia presencial y en vehículos, no supondría más de 50 euros al mes, basándonos en lo que sucede en las urbanizaciones privadas que cuentan con este tipo de servicios de seguridad.

Las infraestructuras, en su mayor parte, serían sufragadas por empresas o grupos de empresas que o bien obtendrían beneficios de su explotación, o bien tendrían interés en pagarlas porque su uso les resultaría rentable. Pensad, por ejemplo, que las infraestructuras de telecomunicaciones no las despliega el Estado, sino las operadoras, que cobran por ellas a sus usuarios.

¿La justicia? Legalitas cobra menos de 8 euros al mes por tener asesoría jurídica (un servicio que ahora no presta el Estado) y los jueces podrían ser profesionales independientes (como los médicos o los arquitectos), elegidos (y pagados) por las partes para resolver un conflicto puntual. Sería sin duda más eficaz que la lentísima justicia actual, y sólo la pagarían los que hicieran uso de ella.

¿La defensa de nuestros derechos como consumidores frente a las empresas? A la hora de la verdad, poco garantiza el Estado. Una Asociación de Usuarios y Consumidores tiene un coste anual de entre 25 y 50 euros, y es mucho más eficaz identificando, denunciando y evitando malas prácticas que el Estado.

¿La solidaridad? Nuestra mileurista puede pagar la cantidad que desee a cualquier ONG que atienda a las personas necesitadas que ella considera más merecedoras de su ayuda.

¿Cultura? No faltarían particulares o empresas dispuestas a sufragar los gastos de un museo. sobre todo si ellos tampoco tienen que pagar impuestos. Ahora ya hay numerosas instituciones privadas que mantienen bibliotecas. Tal vez nuestros artistas tuvieran alguna dificultad para seguir haciendo cine español, pero no creo que esto fuera malo en ningún sentido.

Conclusión

Podemos hacer otros cálculos con otro tipo de perfiles (el matrimonio con hijos que tendría que pagar la educación privada, por ejemplo). Prácticamente siempre que el ciudadano en cuestión tenga un trabajo y no dependa en exclusiva del Estado resultaría beneficiado por la desaparición de los impuestos.

De todas maneras, no pretendo ser radical. Admito que puede haber funciones que obliguen a la existencia de un Estado (diplomacia, defensa), y que éste requiera cobrar algún impuesto para su sostenimiento. Pero allí donde el Estado se dedica a procurar nuestro bienestar, siempre acabamos pagando una factura más cara para obtener peores servicios.

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El economista camuflado

Terminé hace poco de leer El economista camuflado, de Tim Harford, y me gustaría hacer algunos comentarios sobre él.

Antes que nada, debo aclararos que el libro me lo regaló la editorial Temas de Hoy. Han contratado a Ideup para, según me dijeron, “tratar de mejorar su relación con la blogosfera y que algunos bloggers tengan acceso a sus publicaciones”. Fueron educados, no me pidieron que hablara del libro, y me lo enviaron a pesar de que les advertí que lo comentaríaolo “si el libro resulta interesante (para bien o para mal)”,

Otra aclaración, que probablemente no sea necesaria para los que me conocéis, es que ni soy crítico de libros ni soy economista, así que no esperéis que lo que sigue se parezca en nada a lo que pueda decir el crítico de libros de cualquier periódico salmón.

De entrada, creo que el subtítulo “La economía de las pequeñas cosas” está muy mal elegido. El último capítulo, por ejemplo, habla del cambio económico en China. Y no creo que nadie considere a China “una pequeña cosa”. En mi opinión, el libro trata más bien de la economía del sentido común.

Harford es un tipo despierto, que observa cosas interesantes, llega a conclusiones interesantes y las expone con gracia y agilidad. Lástima que la traducción española no le haga justicia. Está escrita en un español correcto, pero se nota que el traductor ha sufrido al tropezarse con la alegría con la que Harford usa el inglés, y ha optado por intentar ser fiel a las palabras y no al espíritu de lo que dice.

Pero yendo al grano, creo que es un libro recomendable. Explica muy clarito, por ejemplo, por qué un café en Starbucks es más caro, cual es el precio justo para un café de comercio justo, o por qué África no sale del subdesarrollo y China lo está haciendo. Dedica un capítulo a las subastas para la concesión de licencias UMTS que es apasionante.

Y habla, por ejemplo, de David Ricardo, unos de los pioneros de la economía liberal, de tal manera que cualquiera puede entender conceptos como la ventaja comparativa o la Ley de rendimientos decrecientes.

Tiene, cómo no, ciertos fallos. Patina, como casi todo el mundo, al dar por hecho el calentamiento global. Y muestra cierta vena socialdemócrata que es además inconsecuente con observaciones que ha hecho previamente.

Pero, como os digo, es fácil de leer para cualquiera que no sea economista o no tenga ni una mínima formación en estos temas, y puede abrirle los ojos a ese familiar o ese amigo progre pero bienintencionado que sigue creyendo sinceramente en el comercio justo, el 0,7% para el Tercer Mundo, el abuso de las multinacionales y mitos de ese pelaje.

[ACTUALIZACIÓN] Me avisa Carlos de Maza que Manchego habló del libro hace tiempo. Aquí podéis leer su crítica. Sinceramente, creo que Manchego, como en otros casos, ve la vida en blanco y negro. Harford no es comunista sino, como he dicho antes inconsecuentemente socialdemócrata a ratos. Pero el conjunto del libro supone una buena dosis de sentido común administrable a personas sin conocimientos previos de economía. Lo que no es poco, en mi modesta opinión.

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Agua y libertad

Al parecer, en China andan escandalizados porque los vinos baratos tienen más de agua que de vino. El precio de estos “vinos” baratos ronda los 10-20 céntimos de euro, cuando un vino medio cuesta un euro.

A mí esto me recuerda a una historia que me contaba mi madre. Mi abuela, después de la guerra civil, vendía leche para poder ingresar algo de dinero (mi abuelo perdió su negocio y estuvo a punto de perder la vida por ser socialista). El caso es que, como buena capitalista, para maximizar el beneficio le añadía agua a la leche.

Ella nunca tuvo mala conciencia. Decía: “muchas clientas quieren leche, y no hay. Así les vendo a todas, y gano más. Todas ganamos”.

Y lo cierto es que tenía razón. Por supuesto que sus clientas sabían que la leche que compraban no era como la del pueblo, pero también el café era achicoria, y el pan tenía otros ingredientes además de trigo. El caso es que, en ese momento de necesidad, la calidad pasaba a un segundo plano. Si alguien pretendiera vender hoy leche rebajada con agua, probablemente se quedaría sin clientes en muy poco tiempo.

Con los vinos chinos pasa algo parecido. Hay demanda de vinos baratos, y comerciantes que dan algo que se parece al vino, con un precio que sus clientes pueden pagar. Cuando esos clientes tengan más dinero y más educación, no aceptarán agua coloreada, del mismo modo que en España ya no queremos el vino peleón que tomaban nuestros padres.

Esos empresarios, los chinos y mi abuela, prestan un servicio a sus clientes, que pagan voluntariamente un precio que consideran justo por el producto que reciben a cambio. Cuando nadie quiere pagar barato por tener un producto de mala calidad, éste deja de fabricarse.
Entonces ¿para qué necesitamos a un Estado con una inspección de consumo que limite la libertad de los empresarios para vender productos de mala calidad y la de los cientes de comprarlos?

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Pobre chica

… la que tiene que servir. Si la señora Alex May conociera la zarzuela, seguro que estaría de acuerdo. Porque la tal señora, que escribe en un medio australiano de estos que nos indican el “lifestyle” que debemos seguir, está en contra de contratar asistentas. Esto es lo que opina Alex:

La misma noción de servicio doméstico implica que el sirviente gana menos dinero que quien le contrata; o, al menos, que el tiempo de los sirvientes es de alguna manera menos valioso que el de quienes les contratan.

Como bien dice Addison, toda nuestra sociedad está basada en la división del trabajo. Y en la asignación de un precio a cada hora de trabajo. Y, mal que les pese a muchos progres, es perfectamente justo que un arquitecto de prestigio gane 500 euros por hora y la señora que limpia su casa gane 10. Entre otras cosas, porque si no fuera así no tendríamos arquitectos.

Hace muchos años, mi padre me contó que cuando se creó la cooperativa Mondragón establecieron un intervalo de sueldos entre los obreros y los directivos muy estrecho, como correspondía a la teoría solidaria. Al cabo de poco tiempo, se encontraron con un problema serio: nadie estaba dispuesto a ser directivo. A pesar de los mitos sobre los directivos que no trabajan, lo cierto es que en general es preferible tener un trabajo con ocho horas fijas y sin mayor responsabilidad que apretar las tuercas correctas. Así que, ante la perspectiva de quedarse sin directivos, tuvieron que subirles el sueldo, para compensarles la responsabilidad.

Pero para una mente simple, es mucho más sencillo proclamar la injusticia de los sueldos astronómicos de los directivos de las empresas, y denunciar la explotación de las criadas domésticas. Eso te hace sentirte muuuucho mejor contigo mismo, y reafirmar tu fe en los valores de justicia universal y solidaridad.

Y lo sé bien, porque yo pensaba así cuando tenía veintipocos años. Mientras estudiaba en la universidad (con mis gastos pagados por mi papá capitalista y directivo de un banco, y mi habitación limpiada por la asistenta que pagaba él) proclamaba mi compromiso radical con los más pobres y mi voluntad de vivir con austeridad. Por supuesto, tener servicio doméstico era impensable: sólo los capitalistas explotadores podían pagar para obligar a otro a limpiar tu mierda.

Hasta que un día, un jesuita de los que nos animaba a ser solidarios y comprometidos nos contó que en su comunidad (los jesuitas viven habitualmente en pisos compartidos por varios de ellos) tenían una señora que iba a hacerles las tareas domésticas. ¿La explicación? Que ellos tenían actividades importantes, y que su tiempo estaba mejor empleado en estas actividades importantes que en limpiar su casa.

Fue uno de esos momentos de revelación en los que descubres que a lo mejor todo el sistema de valores y creencias que te están predicando tiene alguna incoherencia.

Al final, el resultado de todo esto es que soy un cerdo capitalista que procuro ganar cuanto más dinero mejor para así explotar a una inmigrante, porque prefiero dedicar mi tiempo a escribir tontadas en Internet antes que a fregar los suelos de mi casa.

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