Diarios de las Estrellas

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Ya no podemos confiar ni en los bonobos

Los bonobos son los animales favoritos de los progres: no tienen guerras tribales como los chimpancés, son vegetarianos, están dirigidos por las féminas y se pasan el día practicando el amor libre. Son la muestra viviente del paraíso en que se convertiría nuestra sociedad si hiciéramos caso a feministas, ecologistas, vegetarianos, pacifistas…

La única pega es que ni siquiera los bonobos son esos pacíficos folladores que creíamos. Resulta que prácticamente todo lo que sabemos de los bonobos se debe a la observación de unos 200 individuos en cautividad. Y claro, en cautividad, con la comida asegurada, sin motivos para pelearte con otros bonobos y sin tele para entretenerte, lo único que puedes hacer para divertirte es andar todo el día revolcándote por ahí con la primera mona que se pone a tiro. Y si te pasas el día así, luego ya no tienes ganas de nada, ni de hacer guerritas con los vecinos, ni de intentar que las monas te obedezcan, ni nada.

Pero ahora resulta que un primatólogo alemán se ha ido al Congo a ver qué hacen los bonobos en libertad, y ha descubierto que no solo cazan y comen carne, sino que incluso comen otros monos.

Y claro, esto no puede ser. Si ya ni siquiera los bonobos son vegetarianos pacifistas y feministas ¿qué nos queda?

Yo, por mi parte, propongo montar una reserva con lo más selecto de nuestra gente de la cultura, donde tengan barra libre de tofu y verduras, donde la jefa de la tribu sea una mujer y puedan dedicarse a no hacer nada más que follar entre ellos. Si los bonobos no están dispuestos a servir de ejemplo, que sean nuestros artistas e intelectuales los que marquen el camino.

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Es un contaminante el CO2

¿Es un contaminante el CO2?

En 1.998 la administración norteamericana decidió que el CO2 era un contaminante, pero en 2003 revocó esta decisión. Sin embargo, en Junio de 2007 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha decidido que el CO2 sí es un contaminante. Para los estadounidenses, esto tiene enormes implicaciones económicas, porque la emisión de sustancias contaminantes está regulada por Ley, y obliga a modificaciones en los sistemas que los producen.

Si los jueces del Tribunal Supremo y los partidarios de considerar al CO2 un gas contaminante fueran coherentes, deberían suicidarse inmediatamente. Cada uno de esos jueces emite cada día algo menos de un Kg de CO2 a la atmósfera, simplemente por el hecho de respirar. Como son 9 los jueces, esto supone que cada año emiten tres toneladas de CO2 entre todos. Y eso siendo conservadores, porque si alguno de ellos hace deporte, acelera el intercambio de gases y produce más contaminación.

Aunque suicidarse también tiene problemas a corto plazo: tanto la descomposición de los cadáveres como su cremación emiten CO2. Y es que estamos hechos fundamentalmente de agua y Carbono (la C en el CO2).

Considerar agente contaminante a algo que emitimos simplemente por estar vivos ya es un problema, pero hay más. Resulta que el CO2 es una de las sustancias esenciales para que las plantas elaboren su alimento. Y los seres vivos que no somos capaces de utilizar el CO2 directamente para construir nuestras moléculas, nos vemos obligados a alimentarnos directa o indirectamente de los que sí tienen un metabolismo capaz de hacerlo.

Dicho de otro modo: casi todos los seres vivos (y de ellos todos los seres vivos que puedes ver) estamos hechos de CO2. Considerar contaminante a una sustancia esencial para todos los seres vivos solo es posible si eres un juez sin una mínima formación científica o un ecologista fanático.

[ACTUALIZACIÓN] He corregido el dato del número de jueces del Tribunal Supremo, gracias a Daniel. 17 son los presidentes que ha tenido (debería haber visto que en la última columna del documento que he consultado aparece la fecha en que dejaron el servicio, y el primero lo hizo en 1795).

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Es el CO2 un veneno

¿Es el CO2 un veneno?

Cualquier sustancia puede ser un veneno en la dosis adecuada. El oxígeno, por ejemplo, empieza a ser peligroso a partir de una concentración del 50% a la presión del nivel del mar. En la actualidad la concentración de oxígeno en el aire que respiramos es del 21%.

El CO2 compite con el oxígeno para asociarse a la hemoglobina, por lo que respirar concentraciones elevadas de CO2 puede provocar asfixia. Se ha dado el caso de personas que han fallecido por respirar aire con elevadas concentraciones de CO2 producido por actividad volcánica.

A partir de un 10% de concentración pueden empezar a notarse los efectos perjudiciales, que pueden producir daños físicos si esa situación se prolonga. Para vuestra tranquilidad, la concentración normal en los alvéolos pulmonares es del 6,5%, y el aire que expulsamos tiene una concentración de entre el 3% y el 4%. El aire que respiramos tiene una concentración de CO2 algo inferior al 0,04%.

Pero tan peligroso como respirar demasiado CO2 es respirar demasiado poco: si hiperventilamos, es decir, si respiramos muy rápido aumentamos la concentración de oxígeno en la sangre y disminuimos la de CO2, lo que puede producir asma.

Resumiendo: el CO2 no es un veneno en condiciones normales. Es una sustancia fundamental en nuestro metabolismo, y lo producimos de manera natural al respirar. Para que la concentración de CO2 en al atmósfera fuera directamente perjudicial para nuestra salud, tendría que aumentar en tres órdenes de magnitud.

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Scott Adams se supera

El blog de Dilbert es una de mis lecturas diarias (entre otras cosas, porque Scott Adams es como un reloj y solo deja de escribir su post por causas de fueza mayor). El de hoy es uno de los más divertidos que he leído en mucho tiempo, así que lo traduzco aquí, para vuestro disfrute durante el fin de semana (puente, si sois madrileños).

Soy una persona de mañanas

El otro día la alarma de mi BlackBerry sonó a las 5AM, como de costumbre. Por algún motivo estaba extrañamente cansado, así que permanecí en la cama otra hora. A las 6 AM salté de la cama, crucé la calle hasta mi oficina y me puse a trabajar. Después de una hora de trabajo feliz, noté que el sol no había salido a su hora. Podía pensar en dos explicaciones posibles:

1. La Tierra había dejado de rotar y yo no vivía en el lado afortunado del planeta.

2. Había olvidado resetear la hora en mi BlackBerry después de mi viaje a la Costa Este.

Naturalmente decidí comprobar primero el efecto de la rotación en la Tierra.
Así que vacié una cisterna para ver si había algún cambio en el efecto de Coriolis. Desgraciadamente, no tenía un váter de control en una planeta que supiera que estaba rotando, así que el experimento no fue concluyente.

Pasé al plan B y comprobé la hora. Esto fue más fácil. Todo lo que requirió fue mirar en la esquina inferior derecha de la pantalla de mi ordenador.

Vaya. Había ido a trabajar a las 3 AM.

Afortunadamente, soy una persona de mañanas. Así que simplemente seguí trabajando. No fue un problema. Pero ese no es el tema. Lo que quiero decir es esto: si has pensado que mi broma sobre el efecto Coriolis era divertida, predigo que nadie ha querido tener sexo contigo en la última semana, Y la seman que viene tampoco se presenta bien para tí.

Y si has leído este post y has pensado para tí mismo, “Seguro que no tenía instrumentos con la sensibilidad suficiente como para medir el efecto de Coriolis”, predigo que no has tenido sexo al menos en un mes. Y el próximo mes tampoco se presenta bien para tí.

¿Es cierta mi predicción?

Saludos a todos los frikis aludidos.

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Nadie es tan listo como todos

El otro día mi hija pequeña me estaba pidiendo algo insistentemente (ya sabéis: “papá, papá, papá, papá”) y, en broma, le dije: “yo no soy papá”. Ella respondió rápida “sí eres”, pero yo repliqué “¿y cómo lo sabes?”. Se quedó pensando un poco y me dijo muy seria: “tienes que ser, porque todos lo dicen.”

Me he acordado de esta anécdota, que demuestra que mi hija no tiene un pelo de tonta, leyendo este post de Carlos López. Su tesis es que las masas se equivocan, y que aceptar acríticamente lo que dice la mayoría es propio de perezosos intelectuales.

Efectivamente, como dice Carlos, si salimos a la calle y preguntamos a la primera persona con la que nos crucemos su opinión sobre el cambio climático, probablemente nos dirá que es un peligro real y que debemos actuar para evitarlo. Lo cual, en mi opinión, está terriblemente equivocado. Y se justifica solo porque es complicado tener una cultura suficiente con respecto a la ciencia.

Para aprender lo mínimo que necesitas saber sobre pintura antes de ir al Museo del Prado basta con encerrarse un par de tardes con algunos libros. Uno descubre quiénes fueron Goya y Velázquez, aprende por qué pintaban lo que pintaban y por qué lo pintaban como lo pintaban, y puede disfrutar de una tarde muy agradable entre cuadros. Por supuesto, si tienes algo más de cultura, disfrutas mucho más. Recuerdo que una vez le estaba explicando a mi hijo mayor, delante de un cuadro, que las tres “brujas” que Goya había pintado eran las parcas que él había visto en la película Hercules de Walt Disney. Un señor argentino me oyó, se acercó y estuvimos hablando un ratillo de las parcas, de Serrat y de mitología griega. Pero, por supuesto, puedes ver el cuadro sin saber lo que hacían esas tres señoras con los hilos de las vidas de los griegos.

Con el tema de la ciencia ya es más complicado. Hace ya casi tres años, escribí que no se puede entender el mundo en el que vivimos sin conocer al menos algunos conceptos básicos en ciencia y las matemáticas mínimas para manejarlos. Desgraciadamente, eso implica un esfuerzo mayor, y mucha gente, incluso muchos que se consideran a sí mismos personas cultas, no están dispuestos a realizarlo. Con lo cual, si yo fuera el director de investigación de una multinacional no preguntaría en una encuesta si debo dedicar más recursos a la nanotecnología, por ejemplo.

Pero ¿y las decisiones que tienen que ver con el sentido común? ¿qué pasaría si sometiéramos a votación pública y abierta cuestiones como la ampliación de una carretera, o la construcción de más escuelas o más hospitales, o la presión fiscal, o las medidas para reducir el consumo de tabaco?

Dicho de otra forma ¿quién tomaría mejores decisiones en estos campos: el político asesorado por expertos (que es quien las toma ahora) o la gente común?

Pues, aunque parezca sorprendente, lo cierto es que probablemente en cada uno de esos casos la solución propuesta por “la masa” sería mejor que la elegida por el político.

La explicación está en un fenómeno que ya observó Francis Galton en el siglo XIX: la sabiduría de los grupos. Contrariamente a lo que cree Carlos, las respuestas del público en “¿Quiere ser millonario?” son mejores que las de los expertos. Lo explica James Surowiecki en su libro The Wisdom of Crowds.

¿Por qué se produce esto? Pues no he visto ninguna explicación, así que propongo la mía: la realidad es compleja, y cada uno de nosotros está entrenado para analizar unas pocas señales de todas las que nos llegan cada segundo de dentro y fuera de nuestro cuerpo. En general, esto se nos da bien (más que nada porque los que no aprenden a hacerlo tienden a morir jóvenes), pero inevitablemente despreciamos mucha información interesante que percibimos pero que no llegamos a procesar.

Sin embargo, no todos despreciamos la misma información, ni tenemos el mismo marco referencial (o la misma cultura) para interpretar un nuevo dato. Así que, en conjunto, somos capaces de interpretar más datos relevantes, y de referenciarlos a más información pertinente, que lo que puede hacer un solo individuo, por muy perspicaz y culto que sea.

A esto hay que sumarle que la práctica totalidad de los fenómenos que nos interesan son fenómenos complejos y dinámicos, es decir, caóticos. Y por tanto difíciles o imposibles de predecir con exactitud.

Por tanto, reformulando la pregunta ¿quién puede tomar una decisión mejor: un político que tiene información parcial (y además sesgada) sobre un tema en el que desconoce las consecuencias futuras de su decisión, o una multitud con informaciones también parciales pero complementarias entre sí, y con más experiencia colectiva acerca del resultado de decisiones similares?

A los socialistas les gusta pensar que es el primero. Los liberales sabemos que son los segundos.

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Terror Gore y clima

Es innegable: el terror por el cambio climático ya está aquí. Y es más terrible aún de lo anunciado. O actuamos pronto y de manera contundente, o ya no tendrá remedio.

Es decir, lo que es innegable es que la campaña para denunciar el apocalipsis está lanzada a todo gas. En El Mundo, por ejemplo, tienen prácticamente una sección diaria dedicada a alarmarnos. Desde los intentos de censura en Weather.com hasta los actos de voluntarismo ingenuo de hoy, pasando por la ponderación y mesura habitual en nuestro Presidente, no hay día sin al menos una noticia dedicada a esta terrible amenaza.

Aunque por un lado creo que entrar en estos temas es como intentar razonar con un astrólogo, es cierto que puede haber personas sin formación científica que crean lo que leen en los periódicos y ven en la televisión. Así que, vamos a intentar poner un poco de perspectiva en todo esto.

Lo primero de todo es valorar el pretendido “consenso científico”. Para muchos, es el argumento definitivo: si todos los científicos están de acuerdo, tiene que ser verdad.

Pues no es así. La ciencia, al menos desde Galileo, no funciona por consenso, sino mediante el método científico. Es decir: observar, analizar, proponer explicaciones falsables (esto es, tales que se pueden realizar pruebas que confirmen la explicación o que demuestren que es incorrecta), probar las explicaciones y confirmarlas, rechazarlas o completarlas según el resultado de la prueba.

El consenso científico, por definición, está siempre cuestionado. Se basa, en el mejor de los casos, en datos de los que se dispone en un momento dado, junto a las herramientas de las que se dispone para analizarlos. La teoría de la relatividad, por ejemplo, no pudo ser probada experimentalmente hasta muchos años después de ser propuesta por Einstein.

Hay innumerables ejemplos de consenso científico que con el tiempo se han demostrado equivocados. Por ejemplo, la teoría de la deriva continental de Wegener fue ridiculizada prácticamente por todos los científicos de la época, hasta que treinta años después, ya fallecido Wegener, se confirmó que era esencialmente correcta (es lo que se conoce ahora como Tectónica de Placas).

Es decir, el consenso de los expertos vale para los críticos de arte o los juristas, pero no puede satisfacer a ninguna persona con una mínima formación científica. El problema, desgraciadamente, es que en nuestra sociedad está prohibido ignorar quién fue Velázquez, pero se puede considerar culta a una persona que no sabe nada acerca de Francis Crick. Para evitar el esfuerzo de pensar por sí mismos, y ante la falta de conocimientos de base con respecto a los cuales situar una idea o hipótesis científica, muchos prefieren fiarse de los “expertos”.

Únase a esto la desconfianza en las empresas y la hiperlegitimidad de las ONGs. Un estudio pagado por EXXON es automáticamente descartado por la inmensa mayoría de los ciudadanos, mientras que otro pagado por Greenpeace conseguirá titulares a toda página en los medios. Esto, sin necesidad de que nadie lea uno y otro informe, analice su contenido, sus métodos de trabajo y sus conclusiones.

Por último, muchas veces los supuestos expertos que apoyan el cambio climático no son tales. Como ejemplo, no sólo Al Gore, sino su profeta en España, a quien El Mundo dedicó una entrevista a página completa el 25de Enero. Juan Negrillo es “el único español que por ahora ha conseguido el aval para repetir las palabras de Gore con la misma presentación que se puede ver en Una verdad incómoda”. “EXPERTO EN CALENTAMIENTO GLOBAL”, proclama el antetítulo de la entrevista. Un científico comprometido e insobornable, de esos que sólo abandonan el laboratorio para alertarnos ante un peligro que ya está aquí, pensarán los lectores.

Pues no. Vean el perfil que publica el periódico al final de la entrevista:

Origen. Málaga, 1972. Ha vivido casi siempre en Valencia. Currículo. Ha organizado durante siete años la Campus Party y muchos otros eventos universitarios. Ha participado en proyectos sociales de inserción sociolaboral. Los próximos días 7 y 8 de febrero dirige la organización del primer Encuentro sobre Energía, Municipio y Calentamiento Global, que se celebrará en Ifema e inaugurará Al Gore. Más información en la página web www.emcg2007.com Aficiones. «Viajar, el cine, los idiomas…». Debilidades. «Me gusta el silencio. Un buen silencio». Virtudes y defectos. «Mi mayor virtud es también mi peor defecto, y es que me interesa todo».

Vaya. Se les ha olvidado poner la titulación, porque un experto en cambio climático seguro que tiene por lo menos un doctorado en física, pensarán los más inocentes. No. No hay doctorado en física. Ni en ninguna otra cosa. Busquen sus publicaciones sobre climatología, a ver si tienen más suerte que yo, porque no he encontrado ni un artículo en la gaceta local del barrio.

Pero, entonces, ¿cómo es que nada menos que Al Gore le ha elegido como única persona autorizada para repetir su presentación? Veamos qué cuenta el mismo Negrillo en la entrevista:

R.- Hace unos años le invitamos a dar una conferencia. Empezamos a relacionarnos, nos contó un día su presentación hace cuatro años con su portátil y al cabo de una hora estábamos temblando.

Temblar ante Al Gore podría ser todo lo que necesita una persona para tener autorización para divulgar su mensaje. Pero resulta que no es así. Y es que hay cosas que Negrillo no nos cuenta en la entrevista, así que lo haré yo.

Unas pistas: campus party, conferencia, “empezamos a relacionarnos”. En realidad, aquí falta una tercera persona: Paco Ragageles, el creador de la Campus Party valenciana. Negrillo, como apunta en su breve nota biográfica, es un empleado de Futura Interactiva, la empresa que creó Ragageles para gestionar la Campus Party. Y es en la Campus Party de 2001, en la que invitaron a Al Gore, cuando le conocieron. Pero no es exacto lo que cuenta Negrillo.

Lo cierto es que, en 2001, Gore todavía no hablaba del cambio climático. Se dedicaba a lloriquear por las elecciones “robadas”, y a presumir de haber inventado Internet. Durante un tiempo, su principal proyecto era crear una televisión participativa (dentro de poco dirá que inventó YouTube). Y en 2004 creó un fondo de inversión en empresas “sostenibles”, junto a David Blood, un conocido inversor londinense).

Aviso: no se les ocurra llamar a David Blood “especulador” ni “tiburón de las finanzas”. Y no se les ocurra relacionar los millones de dólares invertidos en negocios “ecológicos” con el interés de Gore por denunciar el cambio climático.

El caso es que Ragageles y Gore se cayeron bien, y un tiempo después Gore se asoció con Ragageles para crear una empresa de consultoría de alto nivel dedicada al desarrollo de la Sociedad de la Información. Durante un tiempo tuvieron como cliente a la Generalitat de Valencia, y estaban en negociaciones con algún ayuntamiento italiano. Ignoro si llegaron a hacer algo allí, y supongo que algún valenciano les podrá contar cómo les fue por aquí.

El caso es que, ahora, quien tiene la autorización de difundir el evangelio del cambio climático según Al Gore, no es Negrillo “el experto en cambio climático”, sino Negrillo “el empleado de Futura Interactiva”. No es un experto en cambio climático, sino un experto en montar macroeventos tecnológicos. Actividad muy respetable, pero que difícilmente le faculta para impartir doctrina sobre climatología.

Y es que lo de explicar las terribles verdades que revela Al Gore en su película es un negocio más. Gore no ha autorizado a una sola persona en España a utilizar sus medios porque sea la única persona cualificada desde el punto de vista de conocimiento, sino porque es empleado de su socio. Aquí el rigor científico importa entre poco y nada. Lo que importa es el dinero que Al Gore y Futura Networks ganen asustando a la gente.

Lo cual tampoco es ilícito en sí mismo. Bela Lugosi se hizo un nombre asustando a la gente con una capa negra y un par de colmillos. Se hizo enterrar disfrazado de Drácula, y hay quien afirma que llegó a creerse su papel. Lo cual es más de lo que podemos decir de Al Gore, Negrillo, y tantos otros “expertos en cambio climático”.

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Sobre el cambio climatico en Barrapunto

A raíz del último informe de la ONU sobre el cambio climático, que afirma entre otras cosas que sus efectos perdurarán durante mil años, Yonderboy ha escrito una entrada muy recomendable en Barrapunto. Además de escribir con corrección está llena de sentido común y de enlaces interesantes.

La verdad es que Barrapunto se está haciendo otra vez más interesante desde la aparición de Menéame. Hubo un tiempo en el que era imposible visitar Barrapunto sin encontrar decenas de comentarios escritos por auténticos australopitecos. Al parecer, estos individuos han migrado a Menéame, y ahora, como en los viejos tiempos, si quieres leer noticias sobre ciencia y tecnología puedes acudir a Barrapunto sin tener que llenarte de fango para encontrar algo de valor.

Si queréis comparar, mirad los comentarios sobre la polémica de la alcaldesa demagoga de Ciempozuelos en Barrapunto y en Menéame.

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Norman Borlaug

No sé si muchos de mis lectores saben quién es Norman Borlaug. Premio Nobel de la Paz en 1970, es probablemente la persona que más vidas humanas ha salvado en toda la historia de la humanidad. Con toda probabilidad, es responsable de haber salvado la vida de más de mil millones de seres humanos.

Borlaug se crió en una granja de Iowa, y al final de la Segunda Guerra Mundial marchó a México, donde trabajó en la selección y mejora de variantes de trigo. Borlaug consiguió variantes de alto rendimiento y resistentes a las enfermedades. Como resultado, México se convirtió en exportador de trigo en 1963, y sus variantes se introdujeron en Pakistán e India, y después en otros países de Asia y África. Sus métodos fueron utilizados para mejorar otros cereales, creándose así lo que se ha llamado la “Revolución Verde“, que ha evitado que centenares de millones de personas en todo el mundo hayan muerto de hambre.

Borlaug es profesor en la universidad A&M de Texas. Ahora está luchando contra un cáncer, y hay un movimiento para concederle la medalla de oro del Congreso, el mayor reconocimiento civil en Estados Unidos.

Cito una frase de Borlaug:

“algunos de los ecologistas de las naciones occidentales son la sal de la tierra, pero muchos son elitistas. Nunca han experimentado la sensación física del hambre. Actúan desde cómodas oficinas en Washington o Bruselas. Si vivieran sólo un mes entre la miseria de los países en desarrollo, como lo he hecho yo durante cincuenta años, gritarían pidiendo tractores y fertilizantes y canales de irrigación y se indignarían con los elitistas que desde sus casas intentaran negarles estas cosas.”

En los años sesenta los ecologistas liderados por Paul Ehrlich profetizaban la muerte de millones de personas por inanición. Su respuesta era reducir la natalidad:

“Debemos tener control de natalidad en casa, esperemos que mediante un sistema de incentivos y castigos, pero también por obligación si los métodos voluntarios fallan”.

Después jugueteó con la idea de poner esterilizantes en el suministro de agua y racionar el antídoto para producir la población óptima. Descartó la idea, observando que todavía no era técnicamente posible.

Hoy, muchos ecologistas son absolutamente ignorantes de todo lo concerniente a la Biología en general y a la Ecología en particular, pero defienden creencias en virtud de las cuales todos los demás tenemos que cambiar nuestro modo de vida o seremos culpables de catástrofes indescriptibles. Mientras, científicos desconocidos para el gran público como Borlaug investigan, descubren cómo funcionan las cosas y desarrollan tecnologías que salvan cada día la vida de millones de personas en todo el mundo.

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Complejidad y liberalismo

Una de las claves del éxito de las sociedades que aplican el principio liberal de minimizar la intervención del Estado, es la naturaleza caótica (en el sentido científico del término) inherente a la complejidad de las sociedades humanas.

Desde los últimos treinta años, sabemos que el comportamiento de un sistema complejo es imposible de predecir. Un sistema complejo es el clima, por ejemplo, y por eso no seremos nunca capaces de saber la temperatura o las precipitaciones del mes siguiente con exactitud. Pero también son complejos sistemas aparentemente simples como el goteo de un grifo o los latidos del corazón.

Las sociedades humanas son extraordinariamente más complejas que los sistemas más complejos que los científicos son capaces de modelizar. Incluso si nos limitamos a las interacciones económicas, la multitud de actores con intereses propios y la variedad de decisiones que pueden tomar, que influyen además en cadena en las reacciones de terceros hace imposible un conocimiento preciso de estos sistemas.

Por este motivo, a lo más que pueden llegar los economistas es a observar los sistemas, y describir su comportamiento a posteriori. De ahí la frase de “un economista es alguien capaz de explicar por qué no ha sucedido lo que él mismo había dicho que sucedería”.

Esta reflexión repele a muchos, porque estamos entrenados para identificar causas y efectos y para actuar en función de modelos hipersimplificados de la realidad. Y así la mayor parte de los políticos cree que su misión es recopilar datos y, aplicando su ideología a esos datos, decretar la aplicación de medidas que mejoren la situación.

El último ejemplo es el candidato a alcalde de Madrid, Miguel Sebastián, que dijo ayer que en España caben 200.000 inmigrantes más cada año. ¿Por qué 200.000 y no 150.000 o 250.000? Pues porque el señor Sebastián cree que tiene la información y los modelos y se cree capaz de conocer de antemano el impacto de esos 200.000, 0 250.000, o 150.000 inmigrantes.

La realidad es que nadie predijo hace 10 años la tasa de inmigración que iba a tener España, y nadie es capaz de pronosticar qué ocurrirá dentro de 10 años. Ante esta realidad, prácticamente todas las políticas intervencionistas son malas. Si dejamos a los ciudadanos que actúen libremente, cada uno buscando su propio beneficio, la situación resultante será la menos mala para cada uno de ellos, y por tanto para el conjunto. Si aplicamos medidas que favorezcan a un colectivo necesariamente debemos perjudicar a otras personas, y con un resultado imposible de pronosticar.

Un ejemplo significativo es la gestión del parque Yellowstone. Michael Crichton la explica en esta charla, en la que habla también de sistemas complejos y explica la génesis de “Estado de miedo”.

Si en la gestión de algo relativamente simple como un parque natural suceden desastres como los que describe Crichton, ¿qué pasa cuando tratamos con personas en lugar de alces y osos?. Pues que las ineficacias son también inevitables. Siempre aparecen actores que “aprovechan” la situación y obtienen recursos no por su contribución a la sociedad, sino por su capacidad de influir en el gobierno. Recursos que son arrebatados a otras personas, lo que provoca otros conflictos.

Y por supuesto la situación que originó la primera intervención sigue sin resolverse, lo que anima al político a pensar que sus medidas no se han aplicado con la diligencia suficiente, y que debe “destinar más recursos” a resolver el problema. Pero ahora han surgido nuevos problemas, con lo que también hay que dedicar más recursos a resolver estos nuevos problemas.

Es una situación ideal para el político, que tiene más recursos que gestionar, más poder y más capacidad de intervención en la sociedad, pero poco recomendable para el administrado, cuya capacidad de iniciativa y de gestión de sus propios recursos se ve mermada por decisiones arbitrarias que no puede predecir ni controlar.

Por este motivo intervenir poco siempre es mejor que intervenir demasiado. Y por eso las sociedades más liberales (menos intervencionistas) tienen más éxito que las sociedades dirigidas con mano de hierro.

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De la evolución

Publicó Juan Manuel de Prada un artículo en el que afirmaba que es imprescindible introducir “el misterio” para explicar el paso del mono al hombre. No voy a rebatirlo, porque aquí lo hacen bastante bien.

Prefiero aprovechar el tema para criticar el último libro que he leído de Juan Luis Arsuaga: El enigma de la esfinge. Aquí tenéis una reseña muy completa y fiel al contenido. Básicamente, Arsuaga hace una historia de las teorías evolutivas, incluyendo las variantes del darwinismo moderno, para aplicarlas a la evolución humana y concluir que no está claro que el neodarwinismo explique todo lo que sabemos a partir de los fósiles.

El problema es lo que Arsuaga (y otros muchos paleontólogos) entienden por Neodarwinismo, es decir, la síntesis entre la evolución por selección natural de Darwin y la genética mendeliana. Arsuaga construye un hombre de paja, afirmando que el neodarwinismo postula “cambios graduales que van modificando lentamente el acervo genético de una especie hasta transformarla en otra”. Frente a esto, hay teorías que defienden que para que se produzca la especiación (la creación de una nueva especie) es necesario el aislamiento reproductor de una población con respecto al resto de miembros de su especie. Y plantea que la evolución “a saltos” o por “deriva genética” son incompatibles con el neodarwinismo.

Aviso: es posible que yo tenga una deformación de partida por haber estudiado genética evolutiva, genética cuantitativa y genética de poblaciones, por sólo un año de zoología y otro de antropología, y que todo lo que escriba a partir de aquí esté viciado por esto, pero creo que Arsuaga confunde la historia de la evolución de las especies con el mecanismo de evolución de las especies.

En realidad, el mecanismo de la evolución se explica en estas ecuaciones. Básicamente, lo que vienen a expresar es que, para un carácter, existe un conjunto de genes que expresan varios fenotipos (variantes de ese carácter). Si conocemos la tasa de mutación para ese gen, las frecuencias iniciales de cada alelo (variante) del gen, la fitness o ventaja adaptativa que aporta cada variante y las tasas de migración, podemos calcular la proporción de alelos en la siguiente generación.

Por supuesto que si consideramos poblaciones pequeñas, y tenemos en cuenta el azar, podemos obtener deriva genética, esto es, que por puro azar predominen genes con menor valor adaptativo que otros. Y cabe también que el gen que estemos tratando no sea algo simple como el color de la piel, sino un gen regulador del desarrollo embrionario cuya variante produzca un adulto radicalmente diferente (el “monstruo esperanzado”).

Es decir, tanto la deriva genética como el equilibrio puntuado caben en la teoría sintética, porque la teoría sintética, en su formulación de genética de poblaciones, no establece la selección natural como mecanismo único de cambio de frecuencias genéticas. Y no otra cosa es la evolución: cambio de frecuencias genéticas en poblaciones. El que estos cambios, con el tiempo, acaben produciendo tipos completamente nuevos de seres vivos es una cuestión histórica y limitada a lo que ha sucedido en nuestro planeta.

Pero la teoría sintética, como no podría ser de otra manera, es universal. Esto es, aplicable en cualquier lugar del universo en el que existan seres con información “genética” y sujetos a presión evolutiva. Por eso funcionan los algoritmos genéticos, que se han demostrado muy eficaces para resolver problemas de gran complejidad: porque la selección natural funciona también aplicada a poblaciones de “soluciones a problemas”.

En resumen: que Arsuaga está observando los efectos de la evolución, e intentando deducir a partir de los mismos, cuando tiene a su disposición la herramienta matemática para explicar el mecanismo fundamental de la evolución.

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