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El New York Times anunciaba la crisis hace 9 años

Vía Techcrunch llego a una noticia del New York Times en la que habla de cómo Fannie Mae iba a facilitar los préstamos a minorías con problemas. Comenta Mike Arrington que cada vez que nos encontramos en una crisis podemos señalar a una estupidez del gobierno que hizo el desastre inevitable.

Y este es el caso. En el artículo del New York Times explican como la Administración Clintón presionó a finales de los 90 a instituciones como Fannie Mae, que proporcionaban el crédito a los bancos que hacían las hipotecas, para que relajaran las condiciones para acceder a una. Esto decía el NYT en septiembre de 1999:

En Julio, el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (DVDU) propuso que para el año 2001, el 50% del portfolio de Fannie Mae y Freddie Mac estuviera compuesto de préstamos a personas de ingresos bajos y moderados. El último año, el 44% de los préstamos que Fannie Mae compró era de estos grupos.

El cambio de política llega al mismo tiempo que el DVDU investiga alegaciones de discriminación racial en los sistemas automatizados de aprobación que Fannie Mae y Freddie Mac usan para determinar si a un candidato se le puede conceder un crédito.

Es decir: el gobierno decide que las minorías raciales no obtienen el porcentaje de crédito que deberían tener, y decide actuar. Como suele ser habitual, utiliza todo el poder de coacción que tiene, acusando de discriminación racial, para conseguir que las empresas se plieguen a sus deseos. La semilla del desastre está sembrada.

Hasta ese momento, Fannie Mae y Freddie Mac prestaban según criterios racionales, a gente que podía devolver el préstamo. La gente que no podía acceder a uno de esos créditos vivía de alquiler, o pagaba intereses más altos a prestamistas que asumían más riesgo (y compensaban su mayor número de impagos con esos intereses elevados).

El gobierno interviene, los negros e hispanos pueden comprarse casas baratas, y todos felices. Clinton se va, gana Bush, y no se le ocurre levantar la presión sobre las entidades de crédito para volver a la racionalidad. Sería un suicidio político quitar las casas a los pobres. Lo que le faltaba es que le acusaran de racista.

Y es que las medidas demagógicas son muy fáciles de tomar, pero muy difíciles de rectificar. Es el mismo tipo de mecanismo perverso que funcionó con el PER cuando el PP gobernaba: ¿cómo iba a quitar el pan de la mesa a los pobres parados andaluces?

Así que Bush miró para otro lado, y las empresas de crédito siguieron actuando irracionalmente. Al fin y al cabo, si el gobierno las había metido en esto, el gobierno las sacaría del problema cuando llegara…

Poco a poco, todo el sistema financiero se corrompe. Se empieza a ver como seguro lo que antes era arriesgado. Entre los incentivos de todos los agentes, desde oficinistas de una sucursal de banco a altos ejecutivos, los préstamos a insolventes se convierten en un criterio más para alcanzar la parte variable de su sueldo, así que siguen alimentando la máquina. Los precios de las casas suben, empujados por la entrada masiva de minorías al mercado, así que el efecto perverso se contagia a personas de clase media que compran viviendas por mucho más dinero de lo que valían pocos años antes.

Hasta que, como era inevitable, llega un momento en el que todo se derrumba.

Y entonces se habla de fallos de mercado, de falta de control, de que el gobierno tiene que intervenir más y controlar más…

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Qué puede hacer el gobierno para acabar con la crisis

En Desencadenado:
10 Medidas para ayudar a las PYMES a resolver la crisis

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Libertad Económica y Social

En Cine y Política recopila Santiago frases lúcidas, entre ellas esta con la que no estoy de acuerdo:

No se puede abrir la economía y no abrir la sociedad

Matizo: a largo plazo, la apertura económica termina por imponer la apertura social. Pero a corto no tiene por qué ser así. Tres ejemplos:

- España en los años 60. La prosperidad que crearon los tecnócratas sin duda tuvo mucho que ver con las ansias de democracia de los años 70, pero tuvo que pasar una década (y el cadáver de un dictador) para que la libertad social alcanzara a la económica.

- El Chile de Pinochet. Los Chicago Boys enderezaron una economía destrozada por el socialismo de Allende, pero lo hicieron en medio de una dictadura que no escondía su crueldad. Quince años pasaron desde que se inició el camino de la libertad económica hasta que se alcanzó la libertad social.

- La China de hoy. Hablaba hace unos meses con un chino que me decía que su vía para alcanzar el capitalismo era mucho mejor que la rusa. China ha liberado la economía, pero sigue siendo una dictadura paternalista, parecida a la franquista hasta en la mojigatería respeto a lo sexual. Alcanzar la libertad social en China llevará más tiempo, porque costará mucho más que se desarrolle una clase media suficientemente numerosa, pero antes o después será inevitable. De momento, los chinos en general siguen como los españoles de los 60, encantados de no morirse de hambre, de tener televisión en casa y de que no haya follones (algún tibetano va a la carcél de vez en cuando, como iban los de Comisiones, pero en general la gente vive sin problemas políticos).

De modo que si la historia nos enseña algo, es precisamente que debe abrirse la economía primero para que un país pueda alcanzar la apertura social sin grandes convulsiones.

Por el contrario Rusia, que pasó de la noche a la mañana de la atroz dictadura comunista a una democracia formal pero sin llegar a implantar un sistema de garantías para la actividad económica, cayó de inmediato en el capitalismo salvaje. El de verdad, ese que consiste en ganar dinero no compitiendo en el mercado, sino mediante métodos mafiosos, corrupción y favores del gobierno.

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Los intermediarios nos roban

Es uno de los temas recurrentes de la izquierda: el meme de que los intermediarios nos roban (a nosotros y a los agricultores), porque la fruta en la tienda es mucho más cara que en el campo. Para muestra, la viñeta de “El Roto” en El País que reza así:

En origen costaban diez, en destino ciento quince, entremedias nadie los tocó: milagro económico.

Y lo sería, si no fuera mentira. Las comparaciones entre el precio del kilo de fruta en el campo y en la tienda parten de la base de que son lo mismo. Para nada:

  • Primero, el kilo de fruta original está en el campo. El Roto podría comprarlo a diez si se tomara la molestia de ir a Lérida a comprar sus melocotones, a Huelva a comprar sus fresas y a Valencia a comprar sus naranjas. Pero aún suponiendo que El Roto tuviera tiempo entre dibujo y dibujo, probablemente el gasto en transporte superaría la diferencia de precio entre origen y destino.
  • Segundo, al agricultor no le compran kilos sueltos, sino decenas, cientos o miles de ellos. Si El Roto prueba a decir en su tienda que la semana que viene va a comprar doscientos kilos de melocotones, ya verá como no se los cobran a ciento quince.
  • Tercero, los melocotones que compra El Roto no solo están en su ciudad, sino en la tienda que a él le resulta más cómoda. Si El Roto quiere comprar su fruta a ochenta o noventa, en lugar de a ciento quince, no tiene más que levantarse a las cinco de la madrugada, ir a Mercamadrid (o equivalente) y comprarse allí su caja de fruta. Nadie se lo impide.
  • Ya en Mercamadrid, puede elegir además el precio de su caja de fruta. Los compradores lo hacen: a primera hora llegan El Corte Inglés y las fruterías “selectas”, se llevan lo mejor y lo pagan caro, porque lo venderán más caro. Poco a poco el precio y la calidad van bajando, y a última hora llegan las monjas a comprar para sus albergues y los gitanos a comprar para sus mercadillos. El Roto puede decidir si quiere fruta perfecta a ciento treinta, fruta normalita a ciento quince o fruta pequeña y un poco picada a noventa.
  • Además de los que transportan la fruta hasta la ciudad, los que la venden en mercados centrales y los que las llevan a las tiendas, también la “tocan” los fruteros. Esos que pagan un puesto en el mercado (o construyen un gran centro comercial), y pagan la luz, y el agua, y el sueldo de las personas que trabajan para ellos, y hasta los impuestos. Poner un kilo de fruta en un mostrador para que El Roto la compre también le cuesta lo suyo al frutero, aunque El Roto no sea capaz de verlo.
  • Por último: los fruteros también hacen una selección final, tiran las frutas que están dañadas e incluso a veces las empaquetan en cómodas bandejas ya pesadas y etiquetadas. Una bandeja con un kilo de melocotones no es lo mismo que un kilo de melocotones recién salido del árbol, entre otras cosas porque hace falta más de un kilo de melocotones “de árbol” para producir un kilo de melocotones “de bandeja”.

Por otro lado, si en realidad El Roto cree que hay alguien que “gana ciento cinco” por no hacer nada, él puede competir ofreciendo lo mismo por noventa y cinco. Seguro que tiene éxito, y todavía tiene un amplio margen para forrarse. Y si El Roto no quiere mancharse las manos haciendo el juego al maldito sistema capitalista, al menos debería plantearse por qué no hay algún empresario explotador y codicioso que se aproveche de ese margen abusivo para vender un poco más barato y hacerse con el mercado.

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Mileuristas estafados

El principal motivo por el que el Estado nos quita nuestro dinero en forma de impuestos es poder devolvernos después una parte de él en forma de dádiva. El político se asegura así el agradecimiento del súbdito desinformado.

La realidad es muy otra. Podemos hacer, como ejemplo, el cálculo del dinero que ingresaría un mileurista si no pagara impuestos:

Los impuestos

En la actualidad, el sueldo bruto de un mileurista es de 17.000 euros. De ahí paga 1.088 euros a la Seguridad Social y 2.044 a Hacienda. Así le quedan 990 euros netos para vivir al mes.

En realidad, el mileurista no es consciente de que su empresa paga a la seguridad social otros 5.440 euros. Si la empresa, en lugar de dar el dinero a la SS se lo diera a él, nuestro mileurista ganaría 22.440 euros. Y si no pagara impuestos, esto significaría que cada mes se embolsaría 1.602 euros. ¿Algo más que esos 990, no?

Pero aún hay más. El mileurista no ha terminado de pagar cuando recibe sus 990 euros. Aún tiene que pagar el IVA y otros impuestos. Dependiendo de a qué dedique ese dinero pagará más o menos: si fuma, bebe y tiene coche será mucho más, si solo compra alimentos mucho menos. Supongamos que una buena aproximación es que paga un 15% de impuestos. Esto quiere decir que en realidad tiene 842 euros disponibles cada mes. Es decir, poco más de la mitad de lo que ingresaría si no pagara impuestos. Repetimos: nuestro pobre mileurista, perceptor de un sueldo que muchos consideran ínfimo, entrega al Estado casi la mitad de sus ingresos.

Al menos el Estado, siempre atento a sus necesidades y dispuesto a proteger a los débiles, le da a cambio de ese dinero protección contra el desempleo, asistencia sanitaria, una pensión de jubilación, seguridad, justicia, infraestructuras… Realmente es una suerte que los ricos y las empresas paguen más impuestos, para que él, aun con su mísero sueldo, pueda disfrutar de tantas ayudas. ¿O no es así?

Seguros privados

Vamos por partes. Supongamos que nuestro mileurista es una mileurista, ya que las mujeres pagan algo más caros los seguros sanitarios. ¿Qué podría conseguir por sí misma con esos 1.602 euros?

Sanidad: en Adeslas podría contratar, por 60 euros al mes, una póliza que le cubra todos sus gastos médicos. Si fuera hipocondríaca, podría contratar seguros más caros. Y si, dado que es joven y con salud, quisiera un seguro con una franquicia de 200 euros/año, pagaría menos de 25 euros.

Seguro de desempleo. En España no existe, ya que el Estado impide que surja una oferta privada, pero en Inglaterra puedes contratar, por 40 euros al mes, un seguro que te cubra el 60% de tus ingresos durante un año. Es decir, nuestra mileurista, pagando 40 euros al mes, recibiría 1.122 euros durante un año. Para comparar, su prestación por desempleo actual sería de 800 euros durante seis meses.

Jubilación. Una mileurista de 25 años, si invierte 150 euros al mes durante 40 años y obtiene un 7% anual por ellos, se encontraría a los 65 años con 393.700 euros. Si a partir de ese momento retirara cada año un 7%, tendría una renta mensual de 2.296 euros. Una cifra claramente superior a los 750 euros de media de las pensiones actuales. Y tendría además un capitalito que dejar a sus herederos.

Descontando estos costes, nuestra amiga tendría cada mes 1.352 euros, frente a los 842 que le deja ahora el Estado. 500 euros más al mes.

Otros servicios

El Estado da otros servicios, dirán algunos. Seguridad, justicia, infraestructuras, solidaridad… La pregunta, algo más difícil de responder que en el caso de los seguros, es cuánto costarían estos servicios si pudiéramos contratarlos a empresas privadas.

La seguridad, incluyendo alarmas y vigilancia presencial y en vehículos, no supondría más de 50 euros al mes, basándonos en lo que sucede en las urbanizaciones privadas que cuentan con este tipo de servicios de seguridad.

Las infraestructuras, en su mayor parte, serían sufragadas por empresas o grupos de empresas que o bien obtendrían beneficios de su explotación, o bien tendrían interés en pagarlas porque su uso les resultaría rentable. Pensad, por ejemplo, que las infraestructuras de telecomunicaciones no las despliega el Estado, sino las operadoras, que cobran por ellas a sus usuarios.

¿La justicia? Legalitas cobra menos de 8 euros al mes por tener asesoría jurídica (un servicio que ahora no presta el Estado) y los jueces podrían ser profesionales independientes (como los médicos o los arquitectos), elegidos (y pagados) por las partes para resolver un conflicto puntual. Sería sin duda más eficaz que la lentísima justicia actual, y sólo la pagarían los que hicieran uso de ella.

¿La defensa de nuestros derechos como consumidores frente a las empresas? A la hora de la verdad, poco garantiza el Estado. Una Asociación de Usuarios y Consumidores tiene un coste anual de entre 25 y 50 euros, y es mucho más eficaz identificando, denunciando y evitando malas prácticas que el Estado.

¿La solidaridad? Nuestra mileurista puede pagar la cantidad que desee a cualquier ONG que atienda a las personas necesitadas que ella considera más merecedoras de su ayuda.

¿Cultura? No faltarían particulares o empresas dispuestas a sufragar los gastos de un museo. sobre todo si ellos tampoco tienen que pagar impuestos. Ahora ya hay numerosas instituciones privadas que mantienen bibliotecas. Tal vez nuestros artistas tuvieran alguna dificultad para seguir haciendo cine español, pero no creo que esto fuera malo en ningún sentido.

Conclusión

Podemos hacer otros cálculos con otro tipo de perfiles (el matrimonio con hijos que tendría que pagar la educación privada, por ejemplo). Prácticamente siempre que el ciudadano en cuestión tenga un trabajo y no dependa en exclusiva del Estado resultaría beneficiado por la desaparición de los impuestos.

De todas maneras, no pretendo ser radical. Admito que puede haber funciones que obliguen a la existencia de un Estado (diplomacia, defensa), y que éste requiera cobrar algún impuesto para su sostenimiento. Pero allí donde el Estado se dedica a procurar nuestro bienestar, siempre acabamos pagando una factura más cara para obtener peores servicios.

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El economista camuflado

Terminé hace poco de leer El economista camuflado, de Tim Harford, y me gustaría hacer algunos comentarios sobre él.

Antes que nada, debo aclararos que el libro me lo regaló la editorial Temas de Hoy. Han contratado a Ideup para, según me dijeron, “tratar de mejorar su relación con la blogosfera y que algunos bloggers tengan acceso a sus publicaciones”. Fueron educados, no me pidieron que hablara del libro, y me lo enviaron a pesar de que les advertí que lo comentaríaolo “si el libro resulta interesante (para bien o para mal)”,

Otra aclaración, que probablemente no sea necesaria para los que me conocéis, es que ni soy crítico de libros ni soy economista, así que no esperéis que lo que sigue se parezca en nada a lo que pueda decir el crítico de libros de cualquier periódico salmón.

De entrada, creo que el subtítulo “La economía de las pequeñas cosas” está muy mal elegido. El último capítulo, por ejemplo, habla del cambio económico en China. Y no creo que nadie considere a China “una pequeña cosa”. En mi opinión, el libro trata más bien de la economía del sentido común.

Harford es un tipo despierto, que observa cosas interesantes, llega a conclusiones interesantes y las expone con gracia y agilidad. Lástima que la traducción española no le haga justicia. Está escrita en un español correcto, pero se nota que el traductor ha sufrido al tropezarse con la alegría con la que Harford usa el inglés, y ha optado por intentar ser fiel a las palabras y no al espíritu de lo que dice.

Pero yendo al grano, creo que es un libro recomendable. Explica muy clarito, por ejemplo, por qué un café en Starbucks es más caro, cual es el precio justo para un café de comercio justo, o por qué África no sale del subdesarrollo y China lo está haciendo. Dedica un capítulo a las subastas para la concesión de licencias UMTS que es apasionante.

Y habla, por ejemplo, de David Ricardo, unos de los pioneros de la economía liberal, de tal manera que cualquiera puede entender conceptos como la ventaja comparativa o la Ley de rendimientos decrecientes.

Tiene, cómo no, ciertos fallos. Patina, como casi todo el mundo, al dar por hecho el calentamiento global. Y muestra cierta vena socialdemócrata que es además inconsecuente con observaciones que ha hecho previamente.

Pero, como os digo, es fácil de leer para cualquiera que no sea economista o no tenga ni una mínima formación en estos temas, y puede abrirle los ojos a ese familiar o ese amigo progre pero bienintencionado que sigue creyendo sinceramente en el comercio justo, el 0,7% para el Tercer Mundo, el abuso de las multinacionales y mitos de ese pelaje.

[ACTUALIZACIÓN] Me avisa Carlos de Maza que Manchego habló del libro hace tiempo. Aquí podéis leer su crítica. Sinceramente, creo que Manchego, como en otros casos, ve la vida en blanco y negro. Harford no es comunista sino, como he dicho antes inconsecuentemente socialdemócrata a ratos. Pero el conjunto del libro supone una buena dosis de sentido común administrable a personas sin conocimientos previos de economía. Lo que no es poco, en mi modesta opinión.

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Capitalismo salvaje

No se puede calificar de otra manera lo sucedido con Endesa. Y es que, contrariamente a lo que afirma la progresía, el capitalismo salvaje no es el que está sujeto a las leyes del mercado.

El tan denostado mercado, al fin y al cabo, no es más que la voluntad de dos personas para acordar un intercambio de bienes o servicios por dinero. Existen ineficacias, evidentemente, que pueden hacer que uno de los dos actores se vea obligado a aceptar el trato porque no tenga otra alternativa. Pero en general, en las sociedades occidentales el sistema funciona muy bien. Y funciona mucho mejor cuanto menos interviene el estado en estos tratos.

Lógicamente, este tipo de relaciones económicas no resulta del agrado de las empresas. Sí, queridos lectores: el libre mercado no perjudica a los trabajadores; perjudica a las empresas. Porque les obliga a ser eficientes, a controlar sus costes y a limitar sus precios, so pena de ser aniquiladas por otro competidor más capaz.

Para cualquier empresa, la situación ideal es el monopolio, o en su defecto el oligopolio. Si el mercado es tuyo y no pueden entrar competidores, puedes poner el precio que quieras. Y si la contrapartida al monopolio es, como sucede en muchos casos, un precio tasado, puedes ahorrar en calidad sabiendo que tus clientes están obligados a comprar cualquier bazofia que ofrezcas.

Ese es el capitalismo salvaje. El que deja a los consumidores a merced de los poderosos. El que garantiza a los niños bien de familia bien que las empresas de sus papás contarán con el favor del gobierno, que no permitirá que un arribista les haga la competencia.

Y ese capitalismo salvaje es el que padecemos en gran medida en España. Basta ver el origen de las grandes fortunas nacionales para darse cuenta de quién en España es rico sin que lo fueran sus padres o sin que mediara el favor político en forma de concesión de suelo o de cualquier otra índole.

Lo ocurrido con Endesa es otra muestra de capitalismo salvaje. Un gobierno que decide que él sabe mejor que los miles de accionistas de la compañía lo que hay que hacer con ella, y maniobra una y otra vez para impedir que los accionistas puedan actuar con libertad según las reglas del mercado. Un capitalismo que supone el concierto entre los “ricos de toda la vida” y el gobierno, entre unos políticos y otros. Un capitalismo que protege al fuerte y deja desvalido al débil. Capitalismo salvaje.

Lo peor, con todo, es que las consecuencias del capitalismo salvaje no las sufren sólo los que directamente ven impedida su capacidad de actuar libremente en el mercado. Las sufrimos todos, porque a partir de ahora, los inversores de todo el mundo saben que en España no opera el libre mercado, sino el capitalismo salvaje.

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Agua y libertad

Al parecer, en China andan escandalizados porque los vinos baratos tienen más de agua que de vino. El precio de estos “vinos” baratos ronda los 10-20 céntimos de euro, cuando un vino medio cuesta un euro.

A mí esto me recuerda a una historia que me contaba mi madre. Mi abuela, después de la guerra civil, vendía leche para poder ingresar algo de dinero (mi abuelo perdió su negocio y estuvo a punto de perder la vida por ser socialista). El caso es que, como buena capitalista, para maximizar el beneficio le añadía agua a la leche.

Ella nunca tuvo mala conciencia. Decía: “muchas clientas quieren leche, y no hay. Así les vendo a todas, y gano más. Todas ganamos”.

Y lo cierto es que tenía razón. Por supuesto que sus clientas sabían que la leche que compraban no era como la del pueblo, pero también el café era achicoria, y el pan tenía otros ingredientes además de trigo. El caso es que, en ese momento de necesidad, la calidad pasaba a un segundo plano. Si alguien pretendiera vender hoy leche rebajada con agua, probablemente se quedaría sin clientes en muy poco tiempo.

Con los vinos chinos pasa algo parecido. Hay demanda de vinos baratos, y comerciantes que dan algo que se parece al vino, con un precio que sus clientes pueden pagar. Cuando esos clientes tengan más dinero y más educación, no aceptarán agua coloreada, del mismo modo que en España ya no queremos el vino peleón que tomaban nuestros padres.

Esos empresarios, los chinos y mi abuela, prestan un servicio a sus clientes, que pagan voluntariamente un precio que consideran justo por el producto que reciben a cambio. Cuando nadie quiere pagar barato por tener un producto de mala calidad, éste deja de fabricarse.
Entonces ¿para qué necesitamos a un Estado con una inspección de consumo que limite la libertad de los empresarios para vender productos de mala calidad y la de los cientes de comprarlos?

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Pobre chica

… la que tiene que servir. Si la señora Alex May conociera la zarzuela, seguro que estaría de acuerdo. Porque la tal señora, que escribe en un medio australiano de estos que nos indican el “lifestyle” que debemos seguir, está en contra de contratar asistentas. Esto es lo que opina Alex:

La misma noción de servicio doméstico implica que el sirviente gana menos dinero que quien le contrata; o, al menos, que el tiempo de los sirvientes es de alguna manera menos valioso que el de quienes les contratan.

Como bien dice Addison, toda nuestra sociedad está basada en la división del trabajo. Y en la asignación de un precio a cada hora de trabajo. Y, mal que les pese a muchos progres, es perfectamente justo que un arquitecto de prestigio gane 500 euros por hora y la señora que limpia su casa gane 10. Entre otras cosas, porque si no fuera así no tendríamos arquitectos.

Hace muchos años, mi padre me contó que cuando se creó la cooperativa Mondragón establecieron un intervalo de sueldos entre los obreros y los directivos muy estrecho, como correspondía a la teoría solidaria. Al cabo de poco tiempo, se encontraron con un problema serio: nadie estaba dispuesto a ser directivo. A pesar de los mitos sobre los directivos que no trabajan, lo cierto es que en general es preferible tener un trabajo con ocho horas fijas y sin mayor responsabilidad que apretar las tuercas correctas. Así que, ante la perspectiva de quedarse sin directivos, tuvieron que subirles el sueldo, para compensarles la responsabilidad.

Pero para una mente simple, es mucho más sencillo proclamar la injusticia de los sueldos astronómicos de los directivos de las empresas, y denunciar la explotación de las criadas domésticas. Eso te hace sentirte muuuucho mejor contigo mismo, y reafirmar tu fe en los valores de justicia universal y solidaridad.

Y lo sé bien, porque yo pensaba así cuando tenía veintipocos años. Mientras estudiaba en la universidad (con mis gastos pagados por mi papá capitalista y directivo de un banco, y mi habitación limpiada por la asistenta que pagaba él) proclamaba mi compromiso radical con los más pobres y mi voluntad de vivir con austeridad. Por supuesto, tener servicio doméstico era impensable: sólo los capitalistas explotadores podían pagar para obligar a otro a limpiar tu mierda.

Hasta que un día, un jesuita de los que nos animaba a ser solidarios y comprometidos nos contó que en su comunidad (los jesuitas viven habitualmente en pisos compartidos por varios de ellos) tenían una señora que iba a hacerles las tareas domésticas. ¿La explicación? Que ellos tenían actividades importantes, y que su tiempo estaba mejor empleado en estas actividades importantes que en limpiar su casa.

Fue uno de esos momentos de revelación en los que descubres que a lo mejor todo el sistema de valores y creencias que te están predicando tiene alguna incoherencia.

Al final, el resultado de todo esto es que soy un cerdo capitalista que procuro ganar cuanto más dinero mejor para así explotar a una inmigrante, porque prefiero dedicar mi tiempo a escribir tontadas en Internet antes que a fregar los suelos de mi casa.

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Complejidad y liberalismo

Una de las claves del éxito de las sociedades que aplican el principio liberal de minimizar la intervención del Estado, es la naturaleza caótica (en el sentido científico del término) inherente a la complejidad de las sociedades humanas.

Desde los últimos treinta años, sabemos que el comportamiento de un sistema complejo es imposible de predecir. Un sistema complejo es el clima, por ejemplo, y por eso no seremos nunca capaces de saber la temperatura o las precipitaciones del mes siguiente con exactitud. Pero también son complejos sistemas aparentemente simples como el goteo de un grifo o los latidos del corazón.

Las sociedades humanas son extraordinariamente más complejas que los sistemas más complejos que los científicos son capaces de modelizar. Incluso si nos limitamos a las interacciones económicas, la multitud de actores con intereses propios y la variedad de decisiones que pueden tomar, que influyen además en cadena en las reacciones de terceros hace imposible un conocimiento preciso de estos sistemas.

Por este motivo, a lo más que pueden llegar los economistas es a observar los sistemas, y describir su comportamiento a posteriori. De ahí la frase de “un economista es alguien capaz de explicar por qué no ha sucedido lo que él mismo había dicho que sucedería”.

Esta reflexión repele a muchos, porque estamos entrenados para identificar causas y efectos y para actuar en función de modelos hipersimplificados de la realidad. Y así la mayor parte de los políticos cree que su misión es recopilar datos y, aplicando su ideología a esos datos, decretar la aplicación de medidas que mejoren la situación.

El último ejemplo es el candidato a alcalde de Madrid, Miguel Sebastián, que dijo ayer que en España caben 200.000 inmigrantes más cada año. ¿Por qué 200.000 y no 150.000 o 250.000? Pues porque el señor Sebastián cree que tiene la información y los modelos y se cree capaz de conocer de antemano el impacto de esos 200.000, 0 250.000, o 150.000 inmigrantes.

La realidad es que nadie predijo hace 10 años la tasa de inmigración que iba a tener España, y nadie es capaz de pronosticar qué ocurrirá dentro de 10 años. Ante esta realidad, prácticamente todas las políticas intervencionistas son malas. Si dejamos a los ciudadanos que actúen libremente, cada uno buscando su propio beneficio, la situación resultante será la menos mala para cada uno de ellos, y por tanto para el conjunto. Si aplicamos medidas que favorezcan a un colectivo necesariamente debemos perjudicar a otras personas, y con un resultado imposible de pronosticar.

Un ejemplo significativo es la gestión del parque Yellowstone. Michael Crichton la explica en esta charla, en la que habla también de sistemas complejos y explica la génesis de “Estado de miedo”.

Si en la gestión de algo relativamente simple como un parque natural suceden desastres como los que describe Crichton, ¿qué pasa cuando tratamos con personas en lugar de alces y osos?. Pues que las ineficacias son también inevitables. Siempre aparecen actores que “aprovechan” la situación y obtienen recursos no por su contribución a la sociedad, sino por su capacidad de influir en el gobierno. Recursos que son arrebatados a otras personas, lo que provoca otros conflictos.

Y por supuesto la situación que originó la primera intervención sigue sin resolverse, lo que anima al político a pensar que sus medidas no se han aplicado con la diligencia suficiente, y que debe “destinar más recursos” a resolver el problema. Pero ahora han surgido nuevos problemas, con lo que también hay que dedicar más recursos a resolver estos nuevos problemas.

Es una situación ideal para el político, que tiene más recursos que gestionar, más poder y más capacidad de intervención en la sociedad, pero poco recomendable para el administrado, cuya capacidad de iniciativa y de gestión de sus propios recursos se ve mermada por decisiones arbitrarias que no puede predecir ni controlar.

Por este motivo intervenir poco siempre es mejor que intervenir demasiado. Y por eso las sociedades más liberales (menos intervencionistas) tienen más éxito que las sociedades dirigidas con mano de hierro.

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