Diarios de las Estrellas

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Gallardón también lee lo que otros han escrito

Nuestro querido alcalde siempre fiel a su palabra: prometió ayudar a Rajoy y ha cumplido, recordándonos que si el PP no gana ahí está él, presto como el Visir Iznogud para ser Califa en lugar del Califa. Así todos los simpatizantes del PP, ante la tesitura, se lanzarán a votar a Rajoy como posesos.

La ocurrencia de hoy es meterse con Rajoy por leer el discursi (no no es una errata, es un neologismo que acabo de inventar) de la niña que quería aprender inglés. Estoy de acuerdo con él en que se notaba que eso era una cosa que le habían pasado, que Rajoy no estaba convencido y que por eso se veía obligado a leerlo.

Lo sé porque yo he escrito unos cuantos discursos para políticos. Entre ellos, dos para el propio Gallardón. Y sé que cuando asisten a un acto en el que no están cómodos, en el que deben hablar de un tema que no entienden, se limitan a leer lo que otro ha escrito. Por el contrario, cuando saben lo que hacen, el discurso escrito es solo una pauta. Ahí son capaces de improvisar, de aportar anécdotas, de relacionar unos temas con otros, de hacer guiños a la audiencia…

Gallardón es bastante hábil en esto, debo reconocerlo. Le he visto hacer un discurso que le habían entregado apenas un par de horas antes, y parecía no solo que creía todo lo que estaba diciendo, sino que además se le había ocurrido a él mismo. Otros (no voy a dar nombres) me han arruinado textos que podían tener interés limitándose a leerlos como autómatas, trabucándose, y eliminando todo lo que pudiera ser original o llamativo.

Pero hasta el mismo Gallardón cae en eso de lo que acusa a Rajoy. Una vez le cité en un discurso un diálogo de “Alicia a través del espejo”. Ese en el que la Reina Roja explica que en su país hay que correr cada vez más rápido para mantenerse en el mismo sitio. A Gallardón debió gustarle, porque me dijeron que la había reutilizado dos o tres veces. Pero lo cierto es que (al menos la vez que yo le oí) lo hizo fatal: habló de Alicia en el país de las maravillas (que es otro libro), se trabucó, y creo que nadie que no conociera ya el pasaje entendió de qué estaba hablando.

O sea, que es malo leer discursos que otros te han escrito en lugar de hablar directamente al público para transmitir tu mensaje. Que es doblemente malo hacerlo con un mal texto y en uno de los momentos claves de tu carrera. Pero si algún político está libre de este pecado, que tire la primera piedra.

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La familia tradicional y el socialismo

¿Es liberal defender a la familia “tradicional”?

Obviamente, es socialista atacarla. Para muestra, un botón. Desde los años sesenta, toda la progresía ha coincidido en defender que “hay modelos alternativos de familia distintos de la burguesa-patriarcal”.

Fueron a buscar tribus remotas en las que el concepto de matrimonio fuera desconocido, y cuando hizo falta se las inventaron. Animaron a los jóvenes a practicar sexo sin miedo a las consecuencias. Denigraron el papel de la mujer como ama de casa y la animaron a buscar un trabajo “digno”. Fomentaron la liberación sexual entendida como “sexo sin ataduras”. Defendieron la necesidad de “educar sin reprimir”. Apoyaron el aborto, con el pretexto de que la madre es dueña de su propio cuerpo. Promovieron el divorcio como solución a los problemas conyugales.

¿Las consecuencias? El número de madres solteras adolescentes y jóvenes no ha dejado de aumentar. Han dificultado que en el hogar haya alguien para cuidar de niños, viejos o enfermos. Muchas personas vivan solas o cambiando continuamente de pareja, en una especie de adolescencia vitalicia. Los niños se conviertan en pequeños salvajes que no conocen ninguna regla. Muchas mujeres consideran que el aborto es una opción válida cuando la criatura que llevan dentro resulta inoportuna. Crece el número de familias desestructuradas, en las que los niños no tienen una referencia paterna, o tienen dos, o son objeto de presiones por parte de progenitores inmaduros que los utilizan en sus peleas.

Sí, habrá quien defienda que nos hemos librado de la moral represiva que hacía la vida imposible a nuestros padres. Solo que yo no tengo tan claro que la vida de nuestros padres fuera imposible por culpa de su moral represiva. Creo, más bien, que como dicen los americanos hemos dejado que el bebé se fuera por el desagüe al tirar el agua del baño. Y es que, al contrario de lo que sostiene el credo socialista, el ser humano no es una tabula rasa en la que el entorno y una educación adecuada puedan modificar por completo su comportamiento.

No es casualidad que las culturas que han triunfado tengan como base la familia “tradicional”. Hay quien sostiene que hay una base biológica para la pareja monógama y estable de los humanos (diferente de la organización familiar de gorilas, bonobos y chimpancés). Es difícil de decir lo que es biológico y lo que es fruto de la selección cultural, pero en cualquier caso, lo que se ha seleccionado en el transcurso de milenios no puede cambiarse en una generación.

La familia tradicional permite a los seres humanos disfrutar de seguridad, afecto, identidad, solidaridad, cuidados… Los “nuevos modelos de familia” son mucho más ineficientes para proveer estos bienes a sus miembros. Pero precisamente eso es lo que los hace atractivos para los socialistas.

Cuando la familia cambia y ya no puede cuidar de un anciano, el Estado dice “yo cuidaré de él”. Cuando la madre soltera o trabajadora no puede cuidar a su bebé el Estado dice “yo le cuidaré en mi guardería”. La educación de los niños ya no es responsabilidad de los padres, porque tienen “derecho” a que se la de el Estado. Cuando una persona está en paro, ya no es la familia el que le garantiza techo y comida, sino el Estado. Cuando cae enfermo, le cuida el Estado. Cuando una joven soltera queda embarazada, es el Estado el que le subvenciona el cuidado de su bebé.

Por supuesto que cada uno en su vida privada puede hacer lo que le de la gana. No soy partidario de imponer mi moral a los demás en forma de leyes (del mismo modo que no me gusta que otros me impongan la suya). Pero creo que, al menos, es necesario que cada uno sepa qué está cediendo a ese viejo diablo tentador que crece con cada favor que creemos que nos hace.

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Que es el efecto invernadero

¿Qué es el efecto invernadero?

Fácil: es el que se produce en los invernaderos, o en sistemas similares.

Es decir: en un sistema sin aire ni otros filtros en el que incide una radiación, parte de los rayos que llegan a la superficie la calientan, pero otra parte “rebota” y escapa al exterior. En un invernadero los cristales no son totalmente transparentes a la energía, por lo que reflejan parte de los rayos solares (que no llegan al interior). De la energía que llega al interior del invernadero, una parte “rebota”, pero es reflejada por los cristales hacia el interior, por lo que vuelve a calentar la superficie, en lugar de escapar. Por esto, en los invernaderos (y en los coches aparcados al sol) hay más temperatura que en el exterior.

Algunos gases tienen un efecto similar al de un invernadero: “reflejan” parte de la energía del Sol, pero “capturan” parte de la que refleja la Tierra. Aunque con otro fundamento físico, porque las moléculas de gas no actúan sobre la radiación como las moléculas de un cristal o un vidrio, el efecto es similar: el planeta que tiene una atmósfera con gases de efecto invernadero se calienta.

Lo cual en principio es estupendo: si no tuviéramos una atmósfera que nos hiciera de “invernadero” nuestro planeta sería muy parecido a Marte: tan frío que sería muy difícil o imposible encontrar agua líquida. Claro que el otro extremo también es malo: Venus tiene una atmósfera más densa, con más gases de efecto invernadero, y allí las temperaturas alcanzan los 500ºC.

A los seres vivos del planeta Tierra, que dependemos del agua líquida, nos encanta vivir en un planeta que la tiene en abundancia y que tiene además unas temperaturas tan adecuadas para que la química orgánica funcione de maravilla.

El problema que se plantea, por tanto, no es si el efecto invernadero es malo (que no lo es) sino si la emisión artificial de gases de efecto invernadero puede hacer aumentar las temperaturas hasta el punto de hacerlas inadecuadas para toda la vida, o al menos para la vida de los seres humanos, o siquiera para la vida de los seres humanos tal como la disfrutamos en occidente.

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Que cantidad de CO2 emitimos los seres humanos

¿Qué cantidad de CO2 emitimos los humanos?

No es fácil saberlo. Es cierto que hay un aumento de CO2 al menos desde los años 60, pero no es trivial determianr qué parte de ese aumento es responsabilidad de los seres humanos, porque las emisiones de CO2 tienen distintos orígenes.

Las contribución por la respiración de los seres humanos es fácilmente calculable: cada persona emite al año 0,37 toneladas. Como somos alrededor de 6.000 millones, emitimos 2,4 miles de millones de toneladas de CO2.

Se da como cierta la cifra de 27 miles de millones de toneladas al año debidas a la humanidad, incluyendo la quema de combustibles, la deforestación y la producción de cemento. El problema es que de alguna de estas actividades sí hay un cierto control, y podemos por tanto conocer su magnitud, pero de otras no tanto.

En las naciones desarrolladas, que obtienen su energía del carbón, el petróleo y el gas, podemos saber el CO2 que se produce. Pero la deforestación y la quema de madera y otros materiales que se realiza en el tercer mundo es muy difícil de determinar. La deforestación puede apreciarse mediante imágenes por satélite, pero es difícil trasladar una imagen de una zona quemada o talada a toneladas de carbono.

En cualquier caso, dando como cierta la cifra de 27 gigatoneladas, casi el 10% lo producimos respirando.

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La Corporacion y el Estado

El otro día citaba aquí un fragmento de Hija de Marte, la novela de Heinlein. Continúa así:

Tío Tom dice que la mayor parte de las gentes de la Tierra trabajan según un acuerdo muy semejante, solo que allí se hace por años y le llaman impuestos.

Eso de trabajar para la Corporación hasta cubrir un cupo, y después seguir trabajando para ganar un dinero que se parte con la Corporación es lo que hacemos en países como España. Más notoriamente los autónomos, que tienen que pagar una cuota fija al mes, ganen o no ese dinero, y después pagar además por los beneficios obtenidos.

En el post de la semana pasada, en el que comparaba el hurto con los impuestos, hubo quien comentó que la alternativa de “impuesto voluntarios” era inviable. Yo creo que no lo es tanto.

De hecho, sí hay algo parecido a unos “impuestos voluntarios”: la parte destinada al sostenimiento de la Iglesia Católica o a “otros fines de interés social”. ¿Qué impediría una declaración del IRPF en la que hubiera casillas para “Educación pública”, “Defensa”, “Infraestructuras”, “Cultura”, etc.?

Así, yo podría decidir, por ejemplo, que mis impuesto se dedicasen a gastos militares, cosa que me parece mucho más interesante que subvencionar cualquier actividad cultural. Supongo que otros pensarían lo contrario, y tendríamos al menos la posibilidad de controlar, aunque sea con trazo grueso, el destino de nuestros impuestos.

Cualquier cosa menos el sistema que hay ahora, por el cual un taxista se desloma para pagarle su inmenso chalet en una urbanización de lujo a un director de cine, y un chaval que monta una empresa de reparación de ordenadores le subvenciona el I+D a INDRA, Telefónica o Informática El Corte Inglés.

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Conspiranoicos

Escriben en Desiertos Lejanos un artículo pretenciosamente titulado “Conspiracionismo – Un análisis metodológico”. En realidad, no se trata más que del enésimo intento de desacreditar a los que han encontrado fallos en la investigación del 11-M. Ahora, como es difícil negar evidencias tales como que no hay un análisis válido de los explosivos, insisten en el ataque al mensajero.

Pero me ha hecho gracia el primer párrafo, que os copio aquí:

Toda teoría conspirativa comienza con un principio básico: el crédulo, al que llamaremos conspiracionista, se convence previamente de una verdad dogmática, que invariablemente coincide con deseos, temores y prejuicios propios, que suelen ser profundos e intensos. Es decir, el conspiracionista confunde la realidad con sus deseos.

Veréis, el otro día, en el programa de Carlos Herrera en Onda Cero, comentaron la noticia de que la Audiencia Nacional hubiera solicitado análisis de los restos de explosivos encontrados en los trenes y citado a tres etarras como testigos. Cuando García Abadillo explicaba que esa solicitud de análisis suponía el cuestionamiento de la instrucción realizada por Del Olmo, otro tertuliano respondía con un “Del Olmo ha estado trabajando en esto tres años, y hay que fiarse de él.” Que es lo que venían diciendo estos meses pasados, pero que ahora se ha hecho imposible de sostener. ¿Cómo vamos a fiarnos de la instrucción de Del Olmo si después de tres años no tiene un análisis científico (y válido como prueba pericial) de los explosivos?

Cualquier persona racional, no “conspiracionista”, admitiría que, al menos en este aspecto concreto de la instrucción, Del Olmo ha cometido una ligereza, por decirlo suavemente. Que, dada la importancia del asunto que instruía, debía haber sido más estricto con las pruebas periciales que se le presentaban. Pero los que están “convencidos previamente de una verdad dogmática, que invariablemente coincide con sus deseos, temores y prejuicios”, son incapaces de reconocer incluso algo tan evidente.

Entre los asiduos al blog de Luis del Pino hay de todo. Incluso gente que no demuestra gran estabilidad intelectual, y que encaja de pleno en la definición de conspiranoico. Recuerdo un ejemplo “de libro” de un tipo que aseguraba que el 11-M fue organizado por unos manchegos que participaban en un juego de rol.

Pero tanto Luis del Pino como los periodistas de El Mundo, hasta la fecha, no han acusado a nadie de los crímenes. Simplemente, se han limitado a denunciar irregularidades en la investigación, que a cualquier persona racional le harían dudar de que los acusados sean realmente los autores del atentado.

Los conspiranoicos, los “convencidos de su verdad dogmática”, son los que se niegan a aceptar cualquier evidencia de mala práctica en la investigación de los atentados. Los que se aferran a la idea de “atentado cometido por islamistas indignados por la guerra de Irak que se suicidaron en Leganés”. Los que tienen “temores intensos” a que se descubra que los que gritaban ante las sedes del PP el 11-M estaban no sólo manipulados sino fatalmente equivocados.

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Pena de muerte

Uno de los valores absolutos que hay en nuestra sociedad es el rechazo a la pena de muerte. Es un tabú, intocable bajo pena de ser un facha.

Pero dado que al asociar mi bitácora a Red Liberal ya soy un facha, pues no me cuesta nada decirlo: estoy a favor de la pena de muerte.

El rechazo a la pena de muerte proviene del buenismo de la izquierda post-segunda guerra mundial. Los impulsores de la contracultura, del make love not war y de las utopías comunitarias de regreso a la naturaleza creían en un roussoniano hombre bueno que vivía en paz con la naturaleza hasta que el capitalismo lo corrompió.

Antes, la ejecución de los enemigos del pueblo (legal si se tenía el poder, ilegal si no era así), era perfectamente válida. Y por supuesto era habitual en los países comunistas en los 60, 70 y 80, y lo sigue siendo en los que aún resisten.

Cuando a estos utopistas de izquierdas se unen los democristianos y afines de derechas, que también creen en la conversión de los malvados, se crea un ambiente general de rechazo a una medida de castigo irreversible.

Así que entre unos y otros nos contaron un cuento en el que no existían los malos, sólo las víctimas de la sociedad. Y lo mejor para evitar nuevos crímenes no era quitar de enmedio a los delincuentes, y de paso dar ejemplo a los que pudieran tener tentaciones, sino reeducar a los inadaptados, para que pudieran reintegrarse en la sociedad.

Pero después de varias décadas, nos encontramos conque sí existen los malos. Aunque muchos prefieren meter la cabeza debajo de la almohada y pensar que así les exorcizan, sí existen los monstruos entre nosotros. Y estos monstruos no se convierten en laboriosos enanitos simplemente pasando una temporadita más o menos larga encerrados, alimentados, entretenidos y vestidos con los impuestos de sus víctimas pasadas y futuras. Cuando salen de la cárcel, los monstruos siguen siendo monstruos, y vuelven a cometer atrocidades.

Por supuesto, no estoy hablando de una persona que comete un error y roba o estafa dinero, ni del jovenzuelo al que le deslumbran con la promesa de dinero fácil, ni del drogadicto que apenas es consciente de sus actos. Estos podrían ser recuperables en un sistema penitenciario decente, que les mostrara lo inadecuado de su conducta y les ofreciera alternativas.

Pero existen los asesinos violadores de niños. A mí no me gusta que los haya, pero existen. Y está demostrado que en un porcentaje importante de casos, reinciden si se les da la oportunidad de salir. Y existen terroristas para los que su causa es más importante que la vida del vecino, y que volverán a matar si pueden hasta conseguir sus objetivos.

La cuestión es qué hacemos con ellos. Qué hacemos con los monstruos que según nuestro Código Penal tienen derecho a salir a la calle pasados unos años, independientemente de que sigan siendo peligrosos o no.

La respuesta de nuestros gobiernos y nuestros parlamentos ha sido priorizar la posibilidad de redención de algunos de estos criminales, asumiendo el riesgo de que otros vuelvan a atacar a otra víctima.

Aquí el problema es que las víctimas han cedido toda su capacidad de violencia y venganza al Estado que debería protegerles. Por tanto, nada puede hacer el hijo de un militar asesinado por un etarra o la madre de una niña violada y asesinada por un sádico cuando estos salen de la cárcel.

Peor aún, nada pueden hacer las futuras víctimas para protegerse de los monstruos, porque el Estado nos ha quitado la posibilidad de defendernos con armas.

En Estados Unidos, donde es legal llevar y utilizar armas en defensa propia, donde incluso en algún estado no es punible matar a alguien que ha entrado sin permiso en tu casa, aunque no haya intentado atacarte, ven más justificada la pena capital. Posiblemente porque el Estado debe ser más duro para evitar que las víctimas se tomen la justicia por su mano.

Desde muchos medios se compara la pena de muerte en Estados Unidos con la de países como China o Irán, obviando la diferencia fundamental: Estados Unidos es un Estado de Derecho, donde el criminal puede defenderse legalmente.

No digo que esté de acuerdo con la aplicación de la pena de muerte en determinados estados de Norteamérica. Pero desde luego, casos extremos de asesinos de menores y asesinos en serie sólo pueden ser castigados con la muerte.

Y entre los asesinos en serie incluyo a los etarras. A los efectos del asesinado, es lo mismo que haya muerto porque su asesino quiere la independencia del país vasco o porque no le gustan los hombres bajitos con gafas.

Todo esto viene a cuento de la próxima liberación de este hijo de puta. Un tipo que es capaz de decir ante tres niños que se acaban de quedar huérfanos de padre y madre que “me encanta ver las caras desencajadas de los familiares en los funerales. Aquí, en la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y acabaremos a carcajada limpia. Esta última acción de Sevilla ha sido perfecta; con ella, ya he comido para todo el mes.”

Con tipejos como este las teorías de la reeducación y la reinserción se derrumban estrepitosamente, así que sólo queda la venganza y evitar que vuelva a matar a otro. ¿O acaso es más justo que la abuela de los niños Jiménez Becerril, además de criar a sus nietos, deba con sus impuestos pagar la comida de esta bestia?

Sería mejor el mundo si este individuo no hubiera nacido. Y será mejor el mundo cuando haya muerto. Que sea cuanto antes.

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