Bach, Bisbal, Hayek, Zapatero
Los estudiosos de la música afirman que al cerebro le resultan placenteras las melodías que le “sorprenden”, al aparecer notas no esperadas. Evidentemente, hay un límite en este factor sorpresa, porque de lo contrario Stockhausen nos resultaría más agradable que Mozart, y esto no suele ser frecuente.
Por otro lado, no hay dos cerebros iguales, y así lo que a uno le resulta “agradablemente sorprendente”, y por tanto de calidad, para otro puede ser incomprensible o burdamente simplón.
Así es lógico que a mí (que, modestia aparte, tengo un C.I. mayor que la media, y he oído mucha música en los últimos 30 años) me apasione la Pasión Según San Mateo de Bach, mientras que a una jovencita de 14 años Bisbal le parezca un artista de los pies a la cabeza.
¿A qué viene todo esto? Pues a cuento del artículo de Zapatero el otro día en el Financial Times. En realidad, no sólo el artículo, sino todos los discursos de Zapatero son un compendio de simpleza, frases huecas, lugares comunes y buenismo.
Yo le leo, o le oigo, y me digo: ¿pero cómo no le da vergüenza decir estas patochadas? Pues evidentemente, porque para una gran mayoría de su audiencia, sus discursos tienen el grado de profundidad exacto, con las dosis exactas de buenas intenciones e ideas agradables.
Y éste es uno de los problemas de Rajoy. Cuando utiliza su ironía en el Parlamento, puede halagar las mentes de la mayor parte de los periodistas, acostumbrados a oír y analizar discursos, o las de los ciudadanos con más formación y capacidad. Lamentablemente, con eso no basta.
Hace tiempo discutía con unos compañeros de trabajo sobre la utilización por parte de Esperanza Aguirre del victimismo. Ellos decían que enfrentarse al Gobierno y acusarle de maltratar a Madrid era demagogia, y que le generaba a Esperanza una imagen de cabreo permanente que no le beneficia.
Yo creo todo lo contrario. El victimismo con respecto al gobierno central es un discurso simple y eficaz (basta ver sus resultados en Cataluña o en el País Vasco). A lo mejor en otra sociedad más culta y más informada las cosas serían diferentes, pero aquí decir: “el gobierno no quiere que el tren pase por vuestro pueblo” es más eficaz que decir “la política presupuestaria es insostenible a largo plazo”.
Lo mismo vale para el liberalismo, en realidad. Para los que conocemos un poquito la física de los últimos veinticinco años, resulta evidente que los sistemas complejos son impredecibles, y que, por tanto, un gobierno planificador es un gobierno que fracasará. Para el común de los mortales, los que mandan saben más, y tenemos que fiarnos de ellos.
Así que no es extraño que Hayek tenga menos seguidores que Keynes. Pero en fin, aunque sea contraintuitivo, tenemos que seguir insistiendo en que Manolo, el dueño del “Bar Manolo” de la esquina, sabe más de economía que Solbes. O mejor dicho, los dueños de bares, taxistas, fontaneros, profesores, médicos y trabajadores de la metalurgia, en conjunto, saben mucho mejor que Solbes qué es lo que le conviene al país.
5 comentariosSiempre se van antes los mejores
O eso se suele decir. Pero es cierto que Campmany era, si no el mejor, sí uno de los mejores columnistas de este país.
Y también la semana pasada falleció J. A. Jáuregui, un ser verdaderamente extraño en el mundillo universitario español. Para empezar, era inteligente, sabía escribir, tenía sentido del humor, era capaz de desarrollar teorías originales y explicarlas en un lenguaje sencillo. Como casi ningún otro profesor universitario.
Filósofo, antropólogo y sociólogo, había estudiado en Oxford, Madrid y Roma, y fue profesor en Los Ángeles, Oxford y Madrid, además de colaborar en la creación de la Universidad Pública de Navarra.
Se hizo relativamente famoso en los años 70 con su serie televisiva “Las reglas del juego”, y colaboró durante años con El Mundo.
Hace meses mencioné su libro “El ordenador emocional”. Si no me hicisteis caso, y no lo habéis leído, este puede ser un buen momento para hacerlo. Y leer “España vertebrada” o “Las reglas del juego” es uno de los mejores antídotos contra la estupidez nacionalista.
En fin, sin estos dos hombres España es un poco menos inteligente y menos brillante. Descansen en paz.
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