Que aprendan creacionismo
Uno de los argumentos que se usan para defender la asignatura de Educación para la Ciudadanía es que los padres no tienen un derecho absoluto sobre la educación de sus hijos. Lo han sostenido, por ejemplo Savater o Marina.
Según ellos, permitir que los padres decidan sobre la educación de sus hijos puede llevarles a educar en “contravalores” como la violencia, el sexismo o el racismo. O puede haber, como en Estados Unidos, padres que quieran que sus hijos aprendan creacionismo en lugar de la teoría de la evolución de Darwin. El Estado, por el contrario, garantizaría una educación en la que solo se aprendieran valores auténticos y solo se enseñara ciencia verdadera.
Yo, modestamente, sostengo lo contrario: los padres (y no el Estado) tienen el deber de educar a sus hijos. Y tienen el derecho de elegir los valores que quieren transmitir a sus hijos. Incluso si eligen el creacionismo, el racismo y la homofobia. Argumentemos:
1. El Estado es ineficaz enseñando
Ejemplo: aunque en teoría en nuestros colegios se enseña la evolución darwinista, lo cierto es que la mayor parte de las personas son lamarquistas. Es decir, lo que los niños aprenden en el colegio es una explicación de la variabilidad de los seres vivos tan equivocada como el creacionismo. Así pues, ya que los niños van a aprender teorías erróneas, ¿por qué no van a poder los padres elegir qué teorías erróneas quieren que aprendan sus hijos?
2. El Estado enseña ideas acientíficas
Por ejemplo, el marxismo, que sigue (camuflado de buenismo) en muchos textos sobre economía. O un ecologismo animista. O una política que consiste en la aceptación (o la exaltación) acrítica de las estructuras de poder actuales.
Sinceramente, prefiero ser yo el que elija qué ideas indemostrables e irracionales deben aprender mis hijos.
3. El Estado quiere menos a mis hijos que yo
No es muy difícil, porque el Estado no tiene sentimientos. Pero también tiene menos interés en su futuro que yo. Yo quiero que tengan éxito en todos los órdenes de la vida, y dedico una buena parte de mis recursos a ello. El Estado se limita a procurar que sean buenos ciudadanos, que paguen sus impuestos y no cuestionen su poder.
Por tanto: ¿quién tiene más interés en que mis hijos tengan la mejor educación posible, el Estado o yo? ¿quién es más fiable, por tanto, como controlador de la calidad de la educación que mis hijos reciben: yo que tengo un interés extremo y directo en ella o un grupo de funcionarios que cobrarán sus sueldos independientemente de lo que hagan mis hijos en el colegio?
4. El Estado educa en contravalores
¿Hay padres que educan en el racismo, el sexismo o el odio? Sin duda. De no ser así no habría antropoides nacionalistas que agredieran a los políticos del PP, por ejemplo. ¿Educar a los niños en un colegio es un antídoto ante esto? Los hechos demuestran que no es así. Es más, incluso hay casos en los que los niños aprenden en el colegio a abusar de sus compañeros, y a hacerlo con impunidad.
Los casos de padres que voluntariamente educan a sus hijos en el odio son extremadamente raros. Los casos de colegios en los que la relajación de la autoridad y la ampliación de la enseñanza obligatoria producen un ambiente en el que se fomenta la violencia son demasiado frecuentes. ¿Debemos cerrar todos los colegios porque hay casos de acoso escolar? No, pero por la misma razón tampoco debemos limitar el derecho a la educación de los padres porque haya casos de educación en contravalores.
5. El Estado es irresponsable
Savater utiliza el ejemplo de los testigos de Jehová (que no aceptan la donación de sangre) para demostrar que los padres no tienen derecho absoluto a educar a sus hijos en sus creencias, porque pueden causarles un perjuicio objetivo. Sin embargo, si la educación en unos valores determinados determina la supervivencia de un niño, el padre que le ha educado es responsable de ello, y si es preciso responderá por ello ante la justicia. Por tanto, habrá muy pocos padres cuyas creencias sean tan fuertes como para asumir un perjuicio objetivo para el niños y la responsabilidad penal aparejada.
El Estado, por el contrario, puede educar en valores que también sean perjudiciales para el niño, pero jamás será responsable de las consecuencias que esta educación tenga en el niño. Puede, por ejemplo, educar en una moral sexual que relativice el riesgo de contraer enfermedades. Puede, cosa harto frecuente, educar al niño en la dependencia de un Estado-nodriza en lugar de estimular su responsabilidad, lo cual tendrá incidencia en sus posibilidades de éxito profesional y económico. Pero jamás tendrá que responder por una gonorrea, un embarazo adolescente o un oficinista mediocre que podría haber sido un empresario de éxito.
6. La educación en lugares ad-hoc es un constructo de nuestra sociedad
Los niños han aprendido de sus padres desde que el hombre es hombre, y aun antes. Llevarlos a un lugar concreto para que unas personas concretas les transmitan conocimientos es algo que solo a partir del siglo pasado ha sido generalizado, y no en todas las sociedades. Ese derecho del Estado a educar, por tanto, sería un derecho que no habría existido hasta hace apenas cien años. Es más sería un derecho que solo disfrutarían los estados soportados por una sociedad lo suficientemente rica como para prescindir del trabajo de los niños durante años y pagar además a una categoría de profesionales dedicada a la educación. La educación existía antes que los estados, y existirá después si en el futuro las sociedades se organizan sin estados. Difícilmente puede ser, por tanto, un derecho de éstos.
7. Ceder la educación al Estado la hace peor
Educar, en realidad, es algo tan natural como el comer. El niño es educado en casa, sean o no los padres conscientes de ello, lo quieran o no. Pero si creen que el Estado es el que educa a sus hijos, la calidad de la educación que se recibe en casa será sin duda peor.
Si creo que el Estado es el que transmite la cultura a mis hijos, jamás les llevaré a un museo. Si creo que el Estado es el que enseña valores, no me molestaré en explicarles lo que está bien o está mal. Si creo que el Estado es el responsable de transmitirles conocimientos, no me molestaré en comprobar que saben multiplicar, escribir o leer. Sin embargo, también en ese caso los niños aprenderán de nosotros, pero aprenderán contravalores como los que tanto temen Marina y Savater.
Saber que esos pequeñajos nos tienen como modelo nos obliga a comportarnos mejor y a ser mejores para que ellos también lo sean. Pero atribuir la responsabilidad al Estado nos permite relajarnos. Y nuestros hijos aprenderán a “descansar” viendo telebasura, a procurar el mínimo esfuerzo, a evitar responsabilidades…
En resumen, si un padre quiere educar a sus hijos en ideas absurdas como que la Tierra se queja por nuestro mal comportamiento, que en África son pobres porque nosotros somos ricos, o que las estrellas influyen en nuestro destino, tiene todo el derecho a hacerlo (y el deber de asumir las consecuencias). El que no tiene derecho a educar a mis hijos en esas ideas, ni en ninguna otra que yo no apruebe, es el Estado.
14 comentariosEntropía, monos, Shakespeare y liberalismo
El post de Curioso pero Inútil sobre el millón de monos que escriben las obras de Shakespeare, y que se ha comentado por aquí, tiene su interés aunque esté equivocado en su planteamiento matemático, en el que no tiene en cuenta el factor tiempo.
En esta entrada de Wikipedia (magnífica) tenéis toda la información sobre el teorema de los monos infinitos, en el que se basa la cita que ha motivado el post de CPI. Como veis, el problema en sí tiene su miga.
Recuerdo haberlo visto utilizado para criticar la posibilidad de la evolución por selección natural. No puedo deciros dónde, porque esto debió ser en el año 95, cuando yo empezaba a moverme por Internet. Básicamente, el argumento es que la posibilidad de que la evolución haya creado por simple azar una secuencia de nucleótidos tan compleja como nuestro código genético es tan remota como la posibilidad de que un mono (inmortal) tecleando letras al azar creara en tres mil millones de años las obras completas de Shakespeare.
Un comentario al post de Diego González plantea que la entropía hace inviable que los monos lleguen alguna vez a escribir Hamlet. No es cierto, y la prueba es el mismo autor del comentario.
Me explico. Es cierto que según la segunda ley de la termodinámica la entropía siempre crece en un sistema aislado. De manera gruesa podemos decir que la entropía es equivalente al “desorden”, lo que corresponde con nuestra observación del entorno.
La única manera de mantener un subsistema en estado de orden es proporcionándole energía adicional. Es por eso que tenemos que hacer un esfuerzo para mantener los papeles de nuestra mesa de trabajo ordenados, y es por eso que si se rompe el vaso que la contiene se derrama la leche.
Y es por eso que necesitamos comer para vivir. Los seres vivos somos una enorme anomalía según la segunda ley de la termodinámica, porque continuamente nos autoordenamos, y ordenamos nuestro entorno. En una primera aproximación, esto parece contradecir la segunda ley de la termodinámica, en el sentido de que somos sistemas en los que la entropía decrece. En realidad, nuestro “orden” lo conseguimos haciendo que todo el entorno esté más “desordenado”. Y es así porque el único sistema aislado que conocemos es el propio Universo, que sí queda más desordenado en su conjunto por la actividad de estos subsistemas peculiares que somos los seres vivos.
De modo que sí, los ecologistas tienen razón: simplemente por estar vivos nos estamos cargando no sólo el mundo sino todo el universo. Claro que hasta que terminemos con él a base de aumentar la entropía quedan unos cuantos miles de billones de años, y por otro lado la única alternativa es suicidarnos, exterminando además a todos los animales y plantas.
En resumen, que de momento la segunda ley de la termodinámica no es problema: mientras el universo pueda aportarles más energía que la que consumen, nuestros monos mecanógrafos pueden seguir tecleando sin violar la ley, y nuestros organismos pueden seguir auto-organizándose.
Si después de llegar hasta aquí seguís con fuerza, vamos entonces con la cuestión de los monos, el azar y la creación. ¿Es equivalente el mono que teclea al azar hasta escribir Hamlet con los mecanismos evolutivos que partiendo de una ameba producen a William Shakespeare?
Si fuera así, tendríamos que tener en cuenta que ni el pool de genes sobre el que actúa la evolución es infinito (aunque sea numerosísimo) ni el tiempo que ha tenido la evolución para producir a Shakespeare ha sido infinito (sólo 3.000 millones de añitos).
Es decir, para que el teorema de los monos infinitos sea aplicable debe ser infinito el número de monos o el tiempo que dedican a escribir. Como en la evolución ninguno de los dos parámetros es infinito, cabe cuestionarse si ambos han sido suficientemente amplios como para que la diversidad de seres vivos actuales pueda deberse únicamente a mecanismos evolutivos, o se ha necesitado “una ayudita” de un ser superior.
Por supuesto, los creacionistas, incluidos los partidarios del “diseño inteligente”, sostienen esto último. La formulación es en términos fenotípicos, que son más fáciles de entender por el común de los mortales: “¿cómo se puede haber creado algo tan complejo como el ojo de un águila sólo por azar?. Una estructura tan complicada requiere un ingeniero que la diseñe.”
En realidad, lo que ocurre es que la evolución “tiene truco”. La evolución no actúa simplemente combinando al azar nucleótidos hasta obtener el genoma de William Shakespeare, como el mono combina caracteres hasta obtener Hamlet. Si fuera así, ni siquiera creo que hubiera sido capaz de producir la más simple de las bacterias.
La evolución construye a partir de materiales existentes. Lo que la hace eficaz para obtener nuevos seres más complejos, no son los procesos de mutación (los que producen variabilidad) sino la reproducción, que en un entorno con recursos finitos es necesariamente selectiva.
De hecho, la mutación (esto es, el cambio aleatorio y espontáneo en un gen) es un fenómeno relativamente raro, e incluso los seres vivos tienen mecanismos para protegerse de él, ya que la inmensa mayoría de las mutaciones son perjudiciales.
Pero gracias a la selección natural, un cambio que se traduce en una mejor capacidad del individuo para reproducirse con éxito necesariamente acaba extendiéndose. Y esos organismos “mejorados” son los que utiliza la evolución para producir nuevos organismos con nuevas “mejoras”.
Para muchos, esta idea es contraintuitiva. Siempre será más eficaz lo que planifique un ingeniero que el resultado de multitud de ensayos en los que se despilfarran millones de prototipos, piensan.
Pues resulta que no es así. De hecho, hay un procedimiento de resolución de problemas que se conoce como “algoritmo genético”, y que consiste en utilizar una “población de soluciones” a la que se aplican los procesos de mutación, recombinación y selección (según su aproximación al resultado que se quiere obtener). Estos algoritmos son extraordinariamente eficaces para encontrar soluciones a problemas complejos.
Así que, señores creacionistas, me temo que la propia diversidad de la vida sobre la Tierra demuestra que la evolución por selección natural es un mecanismo suficientemente potente, y que la comparación con el puro azar es un truco para justificar la necesidad del “Gran Ingeniero”.
Y por cierto, es por todo esto que soy liberal. La ciencia de los últimos cincuenta años nos ha enseñado que los procesos de autoorganización espontánea son más poderosos y tienen más capacidad de creación y de producción de soluciones exitosas que cualquier proceso planificado.
Pretender que un comité de sabios, o de políticos, o de técnicos es capaz de conocer los problemas de la sociedad y qué soluciones deben darles es simplemente absurdo. Cualquier gobierno que pretenda dirigir a la sociedad sólo conseguirá dificultar los procesos naturales de autoorganización que son los que acaban encontrando soluciones a cualquier problema.
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En Slashdot, un post acerca de un macaco que como consecuencia de una enfermedad ha comenzado a desplazarse exclusivamente sobre las dos patas traseras ha generado un debate que puede ser curioso para los que quieran conocer los argumentos de los creacionistas.
Aunque me he divertido un rato leyendo, no puedo evitar pensar que si entre gente con un nivel de formación relativamente alto, como son los lectores de Slashdot, hay tantos creacionistas, cómo tiene que ser en otros círculos.
Y lo que es peor, abundan más todavía los lamarckianos. Claro que esto a lo mejor explica el miedo a los transgénicos: si un macaco que echa a andar sobre dos patas puede transmitir esta característica a sus descendientes, comer maíz genéticamente modificado puede convertirnos en mutantes de tres cabezas.
Comments are off for this postEl dinosaurio de Komodo
Copio un fragmento de uno de los “diálogos en libertad” de Libertad Digital con César Vidal:
P: Teniéndole como le tengo por alguien riguroso en sus planteamientos, me sorprendió su afirmación en un chat anterior de que no hay pruebas de la macroevolución. Antes de avanzar en mi valoración, acláreme un par de cosas: en su opinión ¿el hombre coexistió con los dinosaurios? En caso afirmativo ¿cuánto tiempo aproximadamente hace de ello?
R: El hombre coexiste con los dinosaurios o ¿cómo calificaría al dragón de Comodo?
Amigo César: el dragón de Comodo es un lagarto. Grande, pero un lagarto. Sí coexistimos con los dinosaurios, sin embargo: las aves son dinosaurios con ciertas modificaciones. Sí, aunque sea difícil de creer, un tiranosaurio se parecía más a un gorrión que a un cocodrilo.
Pero no quería profundizar en esto, sino en otro detalle. ¿Cómo es posible que una persona culta, que domina varios idiomas, escribe libros, sabe mucho de historia, teología, literatura, filosofía, etc. no sepa ni una palabra de Biología?
En este caso concreto hay evidentemente un problema de confusión entre fe religiosa y conocimiento científico, pero el problema es más general. En este país (no sé si en otros) es habitual que un supuesto sabio (de letras) presuma de no saber nada de ciencia o tecnología, y que siga pasando por alguien cuyas opiniones debemos respetar.
La definición de cultura que más me gusta dice que cultura es el conjunto de conocimientos que nos permite enfrentarnos con éxito al entorno.
Utilziando esta definición, es evidente que una parte importante de la cultura es el conocimiento de los otros seres humanos, de sus comportamientos y de sus relaciones. La ciencia blanda (economía, psicología, sociología…) nos proporciona alguna herramienta para mejorar nuestra cultura en este sentido, aunque nada riguroso ni universal.
Las artes también son cultura en este sentido: una novela o un cuadro pueden ampliar nuestra comprensión acerca de la naturaleza humana. Pero en este campo habitualmente influye más lo que tradicionalmente conocemos como “cultura”. Lo que nos han enseñado nuestros padres y la gente con la que vivimos: los refranes, ir a la playa en verano, invitar a cenar a la persona que te gusta… son manifestaciones de esta cultura, que nos permite movernos entre el grupo de seres humanos con el que nos ha tocado vivir.
Pero la utilidad de esta cultura, que para algunos es toda la cultura, es relativa: la cultura local sólo sirve para desenvolverse en la sociedad local, como bien sabe cualquiera que haya viajado al Japón. Y cualquiera puede entender perfectamente la sociedad en la que vive sin haber leído a Shakespeare, Cervantes, Balzac o Tolstoi. (Aunque posiblemente no sin haber leído a NINGUNO de ellos).
Pero la ciencia dura es otra cosa, porque es universal, atemporal y sobre todo porque vivimos en una sociedad cda vez más dependiente de la ciencia y la tecnología.
No se puede entender el mundo en el que vivimos sin conocer al menos:
- la teoría del caos.
- los principios básicos de la física tradicional.
- la estructura del átomo.
- qué es una molécula y cómo se relaciona con otras.
- la teoría del Big Bang.
- la estructura del universo (qué son las galaxias, estrellas y planetas)
- la tectónica de placas.
- la historia de la tierra
- la teoría de la evolución.
- la estructura de la célula.
- la estructura y función del genoma.
- la clasificación de los seres vivos (los cinco reinos y los principales órdenes)
Seguro que me dejo algo fundamental, pero todo lo anterior es imprescindible. Por supuesto, las habilidades matemáticas están implícitas en casi todos los puntos.
El problema es que tenemos sobreabundancia de “líderes de opinión” que pontifican sobre temas como el cambio climático, los transgénicos, los incendios forestales, el Plan Hidrológico Nacional y multitud de otros asuntos no sólo sin tener ningún conocimiento sobre estos temas, sino ni siquiera las herramientas básicas para leer algo e integrarlo.
Uno puede no saber nada sobre la historia de Oriente Medio en la primera mitad del siglo XX, lo cual puede ser básico para entender el conflicto entre israelíes y palestinos, pero si tiene interés, se documenta, consulta varias fuentes y no hay mayor problema.
Ahora, si alguien no sabe lo que es el ADN y cómo se traduce en proteínas, ya puede leer lo que sea sobre transgénicos, que será imposible que se forme una opinión fundada sobre ellos.
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