Diarios de las Estrellas

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A Gallardón se le junta todo

No es solo que sea un paternalista que injuria a los hombres-anuncio, como han señalado certeramente algunos compañeros de Red Liberal. Es que además, tiene una visión elitista de la ciudad que gobierna, y pretende imponerla a sus ciudadanos, por las buenas o por las malas.

No le gusta el oso y el madroño, porque lo considera casposo, y se ha gastado centenares de miles de euros en una imagen corporativa azul y molona. No le gusta que a sus subordinados se les llame concejales, porque le hace como de pueblo, y les llama “Delegados” de “Áreas de Gobierno”. Lo de los luminosos es parte de su empeño en hacer de Madrid una ciudad “europea” y “moderna”, sea eso lo que sea.

Pero lo peor de la medida antipublicidad no es que hará que las personas que viven de ser hombre-anuncio pierdan su trabajo, o que alguna comunidad de vecinos deje de ingresar un dinerillo a cambio de tener un cartel luminoso. Lo peor es que Gallardón está usando la fuerza que le da tener el poder en Madrid para eliminar a su competencia.

Y es que el Ayuntamiento de Madrid obtiene ingresos significativos por publicidad. Eso supone que se dedica a un negocio que no tiene que ver con el gobierno de la ciudad, y en el que ni el estatista más contumaz puede defender que esté supliendo a una fallo del mercado. Pero lo más grave es que cuando llegan las vacas flacas, el gasto en publicidad decrece y la competencia se hace más feroz, saca la carta marcada de la ordenanza y se quita de un plumazo a unos cuantos rivales.

Espero que la EMT no deje de ingresar lo que Gallardón espera, porque si no ya pueden ir preparándose los taxistas. Y hagan el favor de ir ustedes a los teatros municipales, que si no sacará una ordenanza que hará temblar a cualquier teatro privado. Y… mejor no sigo repasando todos los ámbitos en los que el Ayuntamiento compite con la iniciativa privada, porque me pongo enfermo.

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Es la libertad de expresión, estúpidos

Hoy es otro día de esos en los que los ciudadanos cedemos otro paso ante los poderosos. Lo triste es que incluso supuestos liberales han dicho en Red Liberal algo así como “es que Federico Jiménez Losantos se excedió”.

A ver si nos enteramos, mentecatos: en un país libre, deberíamos tener derecho a decir lo que nos diera la gana de cualquier político. Incluso si fuera mentira. Incluso si fuera una calumnia. Incluso si se expresara en forma de insulto. El poder del Estado sobre nosotros los ciudadanos es tal que cualquier factor de contrapeso siempre será insuficiente.

A Gallardón le hemos dejado el poder sobre cientos de hombres armados, tiene el poder de entrar en nuestras cuentas bancarias para quitarnos dinero de ellas, y tiene el poder hasta de imponernos cómo y dónde podemos construir o reformar nuestra casa. Y ese tipo, con ese inmenso poder, hoy ha conseguido además limitar hasta dónde podemos llegar en nuestras críticas a su discurso político.

Critiqué la censura a la caricatura de la revista “El Jueves” , aunque no haya comprado la revista en mi vida ni comparta sus planteamientos. Porque se trata de ellos o nosotros. Se trata de si podemos admitir límites en nuestra crítica al Gobernador.

En el momento en el que admitimos que un político pueda impedir por la vía penal que un periodista le critique como mejor le parezca, nos hemos cargado la libertad de expresión. La juez, para justificar lo injustificable, afirma que la Constitución no ampara la “libertad de insulto”. Yo no lo sé, porque no soy jurista. Sí sé que otro juez ha admitido que está amparada la libertad de insulto de Rubianes, por ejemplo. Y sé que nada malo les pasa a los que insultan a los políticos dederechas llamándoles franquistas, o a los que acusaron a Zaplana de corrupto, o al hermano del ministro que escribió que a Alcaraz le había tocado la lotería cuando asesinaron a sus familiares.

Y es que, no se engañe nadie, la sentencia de hoy sentará precedente para evitar que los periodistas insulten. Seguirán insultando impunemente los que ataquen a la derecha, a los católicos, a las víctimas del terrorismo. La sentencia de hoy solo sirve de precedente para los que “se excedan” en sus críticas al poder.

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Gallardón también lee lo que otros han escrito

Nuestro querido alcalde siempre fiel a su palabra: prometió ayudar a Rajoy y ha cumplido, recordándonos que si el PP no gana ahí está él, presto como el Visir Iznogud para ser Califa en lugar del Califa. Así todos los simpatizantes del PP, ante la tesitura, se lanzarán a votar a Rajoy como posesos.

La ocurrencia de hoy es meterse con Rajoy por leer el discursi (no no es una errata, es un neologismo que acabo de inventar) de la niña que quería aprender inglés. Estoy de acuerdo con él en que se notaba que eso era una cosa que le habían pasado, que Rajoy no estaba convencido y que por eso se veía obligado a leerlo.

Lo sé porque yo he escrito unos cuantos discursos para políticos. Entre ellos, dos para el propio Gallardón. Y sé que cuando asisten a un acto en el que no están cómodos, en el que deben hablar de un tema que no entienden, se limitan a leer lo que otro ha escrito. Por el contrario, cuando saben lo que hacen, el discurso escrito es solo una pauta. Ahí son capaces de improvisar, de aportar anécdotas, de relacionar unos temas con otros, de hacer guiños a la audiencia…

Gallardón es bastante hábil en esto, debo reconocerlo. Le he visto hacer un discurso que le habían entregado apenas un par de horas antes, y parecía no solo que creía todo lo que estaba diciendo, sino que además se le había ocurrido a él mismo. Otros (no voy a dar nombres) me han arruinado textos que podían tener interés limitándose a leerlos como autómatas, trabucándose, y eliminando todo lo que pudiera ser original o llamativo.

Pero hasta el mismo Gallardón cae en eso de lo que acusa a Rajoy. Una vez le cité en un discurso un diálogo de “Alicia a través del espejo”. Ese en el que la Reina Roja explica que en su país hay que correr cada vez más rápido para mantenerse en el mismo sitio. A Gallardón debió gustarle, porque me dijeron que la había reutilizado dos o tres veces. Pero lo cierto es que (al menos la vez que yo le oí) lo hizo fatal: habló de Alicia en el país de las maravillas (que es otro libro), se trabucó, y creo que nadie que no conociera ya el pasaje entendió de qué estaba hablando.

O sea, que es malo leer discursos que otros te han escrito en lugar de hablar directamente al público para transmitir tu mensaje. Que es doblemente malo hacerlo con un mal texto y en uno de los momentos claves de tu carrera. Pero si algún político está libre de este pecado, que tire la primera piedra.

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No votaré al PSOE

Si es que no hay manera. Cuando ya había casi decidido votar a Trinidad Jiménez para la alcaldía de Madrid, resulta que la retiran para, después de unas semanas de hacer el ridículo, designar a Miguel Sebastián.

Si en el PSOE quieren entregarle Madrid a Ruiz Gallardón al menos podrían disimular un poco, digo yo. Porque no se me ocurre ningún candidato peor que Sebastián. ¿Alguien se imagina a las masas enfervorizadas gritando en un mitin “¡Queremos un hijo tuyo!”, como le hacían a Felipe? Nadie que no sea furibundamente PSOEista va a votar a un empollón sin carisma y sin gracia.

Su primer argumento para que le votemos es ¡que es de Madrid! Como dicen los yankis, WTF??. Aquí casi ninguno somos de Madrid, hombre de Dios. Es más, por no serlo, ni siquiera lo han sido tres de los cinco alcaldes que hemos elegido en democracia. Que no somos unos nacionalistas provincianos cerriles, vaya.

Cuando cambió el gobierno, algunos bloggers de Redliberal eran partidarios de Sebastián como ministro de Economía, porque había hecho alguna declaración poco ortodoxa. Durante este tiempo en la Moncloa, hemos comprobado que de liberal no tiene nada. Es sólo un intervencionista más, variedad intrigante e insidioso.

Así que no, no votaré a Sebastián. Y para colmo de males el partido del Cannabis se ha vuelto ecologista, así que tampoco pienso votarles. Me temo, salvo sorpresas de última hora, sólo voy a poder elegir entre la abstención, el voto en blanco o el voto nulo.

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No votaré a Gallardón

En las últimas elecciones municipales, la campaña electoral sí me sirvió para cambiar el sentido de mi voto. Ya tenía decidido votar a Trini, cuando las gentes de la cultura, con Sabina de cabecilla, acusaron a Mendiluce de perjudicar al PSOE y favorecer a Aznar y me dije: “este es mi hombre”. Así que le voté. Porque tenía claro que el que no perjudicaba al PSOE ni favorecía a Aznar era Gallardón.

Hasta la fecha, no me he arrepentido. Gallardón es tan socialista como Trini. Tal vez sea más eficaz, pero eso lo hace todavía peor. Puestos a tener un gobernante socialista, yo prefiero alguien como la Trujillo, cuyas escasas dotes limitan el daño que puede hacer desde su ministerio.

¿Que lo que dijo Gallardón del 11-M es infame? Pues sí. Gallardón se ha definido con este asunto: para él es más importante qué estrategia va a dar al PP más votos que buscar la verdad sobre el mayor atentado de la histoira en la ciudad de la que él es alcalde.

Pero esto no va a cambiar el sentido de mi voto. Yo ya tenía decidido no votarle. Ahora sólo me queda saber si votaré a los de la legalización de la marihuana, a los nacionalistas castellanos partidarios de la integración de Madrid en Castilla o a los panteras grises. O a Trini. Si tenemos que aguantar a un alcalde socialista, prefiero que sea mujer y atractiva. Y, con suerte, será menos eficaz que Galladón y podremos vivir un poco más tranquilos.

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Critica de Libros Futuros 1

Historia de España en el Siglo XXI. Adán Gutiérrez. Madrid, 2057.

A pesar de las pretensiones del autor, difícilmente podemos considerar este libro como un tratado de historia. El deslizamiento de Gutiérrez hacia la condescendencia con unos lectores ávidos de sensaciones fuertes y lecturas ligeras alcanza su culmen con este volumen, que debería clasificarse como género de ficción.

¿Qué otra cosa sino ficción es defender que la muerte en accidente de motocicleta de Alberto Ruiz Gallardón fue en realidad un asesinato organizado por el otro fundador del Partido de Centro Democrático, José Bono? Gutiérrez sólo cuenta para defender esta tesis con unos rumores que se difundieron por Internet en los primeros meses de 2017, poco antes de que Bono aceptara el cargo de Presidente Vitalicio a propuesta del Parlamento Nacional. Mientras no sea capaz de aportar evidencias contrastables, Gutiérrez debería poner freno a su querencia a las conspiraciones.

Otro aspecto en el que se muestra la falta de rigor del autor es en el desigual tratamiento de los acontecimientos que dieron lugar al establecimiento de la República Democrática Unitaria. Adán Gutiérrez dedica tres capítulos al nacimiento del Ejército Nacional y a su primera acción, el asesinato simultáneo de diez líderes independentistas y de izquierdas. Sin embargo, apenas se detiene a analizar el Bienio Disgregador, a pesar de que el consenso entre los historiadores es que entre 2006 y 2007 está el germen del terrorismo unitarista.

De igual modo, cegado sin duda por su simpatía hacia la figura de Ruiz Gallardón, se extiende en páginas interminables sobre las medidas reformistas que el PCD fue introduciendo desde su inesperada victoria electoral de 2010 hasta la proclamación de la Tercera República en 2014: la suspensión de autonomías, la Ley de Convivencia Pacífica que permitía a la policía detener preventivamente a los sospechosos de actividades políticas desleales, la Ley de Promoción Lingüística que imponía el español como única lengua del Estado, la Ley de Libertad de Medios Audiovisuales por la cual se creaba el Comité de Garantías de Información Veraz, y tantas otras medidas que según Gutiérrez consiguieron restablecer la paz y el orden.

Nadie niega que estas medidas consiguieron imponer un clima de unidad, y tal vez contribuyeron a que el número de asesinatos por causas políticas descendiera a menos de 10 por semana, cuando en los peores meses de 2009 los muertos se contaban por millares. Pero, sospechosamente, Gutiérrez soslaya el papel de las Juventudes Democráticas en el asalto a las sedes del PSOE y el PP y en el linchamiento de decenas de militantes de los partidos tradicionales. Es más, sus posiciones ideológicas le llevan incluso a justificar la Semana del Terror, minimizando el número de inmigrantes muertos hasta la ridícula cifra de 6.500. A estas alturas, ¿puede alguien creer que si hubieran sido asesinados menos de 50.000 inmigrantes (que es la cifra más comúnmente aceptada, hay quien afirma que fueron más de 100.000) se hubiera producido un éxodo de tales dimensiones en sólo dos meses?

Tal vez lo único interesante del libro es su aportación acerca del papel decisivo que jugó José Piqué en la restauración monárquica. El que fue conocido como Ministro Guadiana por su presencia intermitente en los distintos gobiernos de Bono, consiguió mantener relaciones con los partidos en el exilio sin que el Presidente sospechara de ello. Gutiérrez demuestra mediante el análisis de los correos electrónicos que cruzó con Moragas y Sevilla que fue Piqué quien promovió la abdicación de Felipe de Borbón en favor de su sobrino Froilán. Aún más inquietante es la idea de que Piqué supo de la Conjura de los Capitanes y que, lejos de desbaratarla, evitó que fuera detectada por la Guardia Presidencial de Bono.

Lamentablemente, un capítulo no puede salvar el libro. Y el resto del libro abunda en tesis fantásticas y afirmaciones que sólo se apoyan en la imaginación del autor, cuando no en su militancia ideológica.

Gutiérrez debería tal vez reorientar su carrera hacia la novela y hasta podría alcanzar el éxito como escritor de fantasías. Porque nadie con un mínimo de rigor intelectual puede considerarle historiador, y menos tras haber perpetrado este despropósito con forma de libro.

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