So long, and thanks for all the fish
Después de un tiempo en el que mis posts han sido poco o nada frecuentes, creo que ha llegado el momento de cerrar el blog. Por varios motivos:
- Otras prioridades. Podría decir que es falta de tiempo, pero la falta de tiempo siempre se produce porque hay otras cosas más importantes o más atractivas.
- La sensación de que he escrito ya sobre casi todo. Creo que es bueno que pase un tiempo para que vuelva a despertarse el gusanillo de querer dar mi opinión sobre algo.
- Una cierto hartazgo con la política. O cambia mucho este país, empezando por la ley electoral, o será inevitable que, como sucede ahora, los partidos políticos estén dirigidos por apparatchiks tipo Aído, Soraya, Rajoy o Zapatero. Gente sin ideología, sin principios y sin escrúpulos. Y cada vez me interesa menos seguir y comentar lo que hacen unos y otros.
Seguiré escribiendo en Libertad Digital mientras pueda, y seguiré escribiendo Desencadenado, porque creo que la única manera de seguir cambiando la sociedad es que cada vez haya más emprendedores que tomen las riendas de su vida y no se resignen a vivir como inválidos dependientes del Estado. Y por el mismo motivo seguiré colaborando con Kiva y apoyando a emprendedores del tercer mundo, porque es la única manera de que esos países puedan salir de la pobreza.
P.D. Si estáis aburridos, podéis buscar en qué libro aparece la frase que da título a este post y leerlo. Ese y los otros cuatro que componen la trilogía.
15 comentariosLa Educación para la Ciudadanía es intrínsecamente perversa
Escribe esto José García Palacios en El rincón de la libertad:
EpC me parece una barbaridad. Pero no por el título, ni por el concepto, sino por el contenido. Perfecto que haya una asignatura que se dedique a educar a los ciudadanos en los valores de la democracia, la tolerancia, la libertad, etc.
No. No es perfecto, ni siquiera aceptable, que exista esta asignatura, aun si el formato que propone JGP fuera posible.
El estado no debe educar
Primero, porque no debería ser función del Estado educar. Educar o no a los niños, y en qué materias hacerlo, es asunto de los padres y de nadie más. Las materias que se enseñan son absolutamente arbitrarias, y las deciden unos expertos pedagogos que no sufren ninguna consecuencia negativa en caso de tomar decisiones incorrectas. Por el contrario, los padres sí tienen interés directo en que sus hijos tengan una buena formación, y si se les dejara elegir elegirían los que considerasen mejor para sus hijos.
Probablemente, muchos padres delegarían la decisión sobre asignaturas o temarios al centro de estudios que eligieran, pero cabría la posibilidad de crear colegios en los que se diera gran importancia a las ciencias, o a las artes, o a la formación profesional.
¿Qué pasa con los padres irresponsables, que no escolarizarían a sus hijos si no se les obligara a ello? Pues nada grave. Los niños seguirían siendo unos zotes, como lo son ahora. Con la diferencia de que en lugar de pasar años molestando a profesores y compañeros para acabar siendo analfabetos funcionales, tal vez aprenderían el oficio del padre, como se hacía antes, y podrían llegar a ser hombres de provecho.
El Estado no debe educar en valores
Creer que el Estado puede ser neutral a la hora de decidir qué valores se transmiten a los niños es una ingenuidad. El Estado tiene sus propios intereses, entre los cuales está el convencer a sus súbditos de que es imprescindible. La asignatura de Educación para la Ciudadanía solo puede ser socialdemócrata, porque ningún Estado va a admitir que se enseñe a los niños que pagar impuestos es malo o que la libertad es más importante que la falsa seguridad que proporciona el estado del bienestar.
Y esto suponiendo que el Gobierno no crea que tiene la misión de cambiar la sociedad, como le ocurre al actual. Porque entonces será inevitable que utilice la asignatura como herramienta de adoctrinamiento temprano, de manera que los niños se acostumbren a ver como naturales, buenos y autoevidentes sus postulados sociales.
Es imposible controlar a los profesores
No solo el Estado, sino los centros educativos o los profesores pueden tener agendas propias, diferentes a los de los padres. Y una asignatura “blanda” como la EPC es perfecta para que cualquier iluminado caiga en la tentación de adoctrinar a los niños según sus creencias.
Supongamos que el temario incluye hablar de libertad y democracia, como sugiere JGP. ¿Algo le impide a un profesor explicar a los niños que Cuba es una democracia perfecta? ¿Es responsabilidad de los padres comprobar cada día con sus hijos qué se les ha explicado y cómo?
Como en tantos otros casos, ceder al Estado nuestra libertad para educar a nuestros hijos como mejor nos parezca, conduce inevitablemente a que sea el Estado quien los eduque como mejor le convenga. La Educación para la Ciudadanía es consecuencia inexorable de la educación pública.
2 comentariosCarne o pescado
Supongamos que quedas a cenar con tres amigos. Cuando os sentáis, Jose Luis coge la carta, mientras Marta y Javier charlan alegremente de lo divino y de lo humano. “¿Pedimos algo de picar y luego un segundo cada uno?” dices, siempre original. Todos de acuerdo. Javier sugiere unos huevos rotos con patatas y jamón, y tú propones los chopitos. Se te va haciendo la boca agua pensando en el chuletón con patatas que pedirás de segundo. Javier se inclina por el cochinillo y Marta, que es de menos comer, se conforma con unas chuletitas de cordero.
Cuando llega el camarero, Jose Luis le pide una ensalada de espinacas para compartir, y merluza con guarnición de verduras de segundo. Para todos. Marta y Javier, que siguen charlando, no se han enterado muy bien, pero tú intentas pedir tu chuletón, los chopitos y los huevos.
“¿Estás loco?”, dice Jose Luis. “Los huevos tienen colesterol, y los chopitos están fritos con grasas que se fijarán a tus arterias para siempre. Y no me hagas hablar del chuletón con patatas, o del cochinillo y el cordero. El pescado y la verdura son mucho mejores para vosotros.”
Así que al final se cena pescado y verdura, y para colmo cuando llega la cuenta, que por causa de la merluza es más elevada de lo habitual, Jose Luis os pide que le paguéis la cena entre los tres, porque él no tiene dinero.
¿Resulta inverosímil que alguien se comporte así?
Pues no es muy diferente lo que hace el Estado. No solo nos dice lo que podemos y no podemos hacer, porque él sabe lo que es mejor para nosotros, sino que además nos quita nuestro dinero para pagar la cuenta.
2 comentariosMileuristas estafados
El principal motivo por el que el Estado nos quita nuestro dinero en forma de impuestos es poder devolvernos después una parte de él en forma de dádiva. El político se asegura así el agradecimiento del súbdito desinformado.
La realidad es muy otra. Podemos hacer, como ejemplo, el cálculo del dinero que ingresaría un mileurista si no pagara impuestos:
Los impuestos
En la actualidad, el sueldo bruto de un mileurista es de 17.000 euros. De ahí paga 1.088 euros a la Seguridad Social y 2.044 a Hacienda. Así le quedan 990 euros netos para vivir al mes.
En realidad, el mileurista no es consciente de que su empresa paga a la seguridad social otros 5.440 euros. Si la empresa, en lugar de dar el dinero a la SS se lo diera a él, nuestro mileurista ganaría 22.440 euros. Y si no pagara impuestos, esto significaría que cada mes se embolsaría 1.602 euros. ¿Algo más que esos 990, no?
Pero aún hay más. El mileurista no ha terminado de pagar cuando recibe sus 990 euros. Aún tiene que pagar el IVA y otros impuestos. Dependiendo de a qué dedique ese dinero pagará más o menos: si fuma, bebe y tiene coche será mucho más, si solo compra alimentos mucho menos. Supongamos que una buena aproximación es que paga un 15% de impuestos. Esto quiere decir que en realidad tiene 842 euros disponibles cada mes. Es decir, poco más de la mitad de lo que ingresaría si no pagara impuestos. Repetimos: nuestro pobre mileurista, perceptor de un sueldo que muchos consideran ínfimo, entrega al Estado casi la mitad de sus ingresos.
Al menos el Estado, siempre atento a sus necesidades y dispuesto a proteger a los débiles, le da a cambio de ese dinero protección contra el desempleo, asistencia sanitaria, una pensión de jubilación, seguridad, justicia, infraestructuras… Realmente es una suerte que los ricos y las empresas paguen más impuestos, para que él, aun con su mísero sueldo, pueda disfrutar de tantas ayudas. ¿O no es así?
Seguros privados
Vamos por partes. Supongamos que nuestro mileurista es una mileurista, ya que las mujeres pagan algo más caros los seguros sanitarios. ¿Qué podría conseguir por sí misma con esos 1.602 euros?
Sanidad: en Adeslas podría contratar, por 60 euros al mes, una póliza que le cubra todos sus gastos médicos. Si fuera hipocondríaca, podría contratar seguros más caros. Y si, dado que es joven y con salud, quisiera un seguro con una franquicia de 200 euros/año, pagaría menos de 25 euros.
Seguro de desempleo. En España no existe, ya que el Estado impide que surja una oferta privada, pero en Inglaterra puedes contratar, por 40 euros al mes, un seguro que te cubra el 60% de tus ingresos durante un año. Es decir, nuestra mileurista, pagando 40 euros al mes, recibiría 1.122 euros durante un año. Para comparar, su prestación por desempleo actual sería de 800 euros durante seis meses.
Jubilación. Una mileurista de 25 años, si invierte 150 euros al mes durante 40 años y obtiene un 7% anual por ellos, se encontraría a los 65 años con 393.700 euros. Si a partir de ese momento retirara cada año un 7%, tendría una renta mensual de 2.296 euros. Una cifra claramente superior a los 750 euros de media de las pensiones actuales. Y tendría además un capitalito que dejar a sus herederos.
Descontando estos costes, nuestra amiga tendría cada mes 1.352 euros, frente a los 842 que le deja ahora el Estado. 500 euros más al mes.
Otros servicios
El Estado da otros servicios, dirán algunos. Seguridad, justicia, infraestructuras, solidaridad… La pregunta, algo más difícil de responder que en el caso de los seguros, es cuánto costarían estos servicios si pudiéramos contratarlos a empresas privadas.
La seguridad, incluyendo alarmas y vigilancia presencial y en vehículos, no supondría más de 50 euros al mes, basándonos en lo que sucede en las urbanizaciones privadas que cuentan con este tipo de servicios de seguridad.
Las infraestructuras, en su mayor parte, serían sufragadas por empresas o grupos de empresas que o bien obtendrían beneficios de su explotación, o bien tendrían interés en pagarlas porque su uso les resultaría rentable. Pensad, por ejemplo, que las infraestructuras de telecomunicaciones no las despliega el Estado, sino las operadoras, que cobran por ellas a sus usuarios.
¿La justicia? Legalitas cobra menos de 8 euros al mes por tener asesoría jurídica (un servicio que ahora no presta el Estado) y los jueces podrían ser profesionales independientes (como los médicos o los arquitectos), elegidos (y pagados) por las partes para resolver un conflicto puntual. Sería sin duda más eficaz que la lentísima justicia actual, y sólo la pagarían los que hicieran uso de ella.
¿La defensa de nuestros derechos como consumidores frente a las empresas? A la hora de la verdad, poco garantiza el Estado. Una Asociación de Usuarios y Consumidores tiene un coste anual de entre 25 y 50 euros, y es mucho más eficaz identificando, denunciando y evitando malas prácticas que el Estado.
¿La solidaridad? Nuestra mileurista puede pagar la cantidad que desee a cualquier ONG que atienda a las personas necesitadas que ella considera más merecedoras de su ayuda.
¿Cultura? No faltarían particulares o empresas dispuestas a sufragar los gastos de un museo. sobre todo si ellos tampoco tienen que pagar impuestos. Ahora ya hay numerosas instituciones privadas que mantienen bibliotecas. Tal vez nuestros artistas tuvieran alguna dificultad para seguir haciendo cine español, pero no creo que esto fuera malo en ningún sentido.
Conclusión
Podemos hacer otros cálculos con otro tipo de perfiles (el matrimonio con hijos que tendría que pagar la educación privada, por ejemplo). Prácticamente siempre que el ciudadano en cuestión tenga un trabajo y no dependa en exclusiva del Estado resultaría beneficiado por la desaparición de los impuestos.
De todas maneras, no pretendo ser radical. Admito que puede haber funciones que obliguen a la existencia de un Estado (diplomacia, defensa), y que éste requiera cobrar algún impuesto para su sostenimiento. Pero allí donde el Estado se dedica a procurar nuestro bienestar, siempre acabamos pagando una factura más cara para obtener peores servicios.
39 comentariosDerechos y deberes
Uno de los logros que destacó Zapatero en el debate sobre el Estado de la Nación es que “se han ampliado los derechos”. Lo cual es sintomático de toda una manera de pensar: el Gobierno es quien concede los derechos.
Pero si realmente creemos esto, dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en súbditos. Es evidente: si el Gobierno puede conceder derechos, también puede denegarlos. Luego dependemos de la benevolencia o la magnanimidad del Gobierno para que nos conceda más o menos derechos en función de sus criterios. “¡Votadnos!”, pueden así proclamar, “¡nuestro partido os concederá más derechos que el otro!”.
No crean que en el partido con pulsiones liberales tienen un punto de vista muy diferente: “¡Nosotros os concederemos el derecho a recibir 3.000 euros! ¡Más que ellos!”, es su mensaje. “¡Negaremos el derecho al matrimonio homosexual!”, dicen. En el fondo, sólo difieren en el “catálogo de derechos” que tienen previsto conceder, pero no en el principio de que sean ellos, los gobernantes, los que nos concedan los derechos.
El asunto tiene más miga: ¿qué es un “derecho”? ¿el matrimonio para los homosexuales? ¿recibir 2.500 euros por copular productivamente? ¿ser educado conforme a los “valores ciudadanos y democráticos”?
En puridad, sólo existen dos derechos: el derecho a la vida y el derecho a la libertad. Todos los demás no son sino dejaciones de deberes. No existe el derecho a la educación: existe el deber de educar a los hijos. No existe el derecho a la sanidad: existe el deber de cuidar a los enfermos. No existe el derecho a una vivienda, o al subsidio de desempleo: existe el deber de ser caritativo con los que sufren.
Lo que sucede es que el Estado nos dice: “no te preocupes. No tienes por qué cargar con ese viejo que fue tu padre. No tienes por qué dedicar innumerables horas a que tu hijo aprenda. No tienes que ser generoso con ese mendigo maloliente. Déjamelos a mí. Yo me encargaré de ellos. Mira, les quitaré el dinero a los ricos para hacerlo. Tú pagarás mucho menos de lo que te voy a dar.”
Y así, felices de haber encontrado el Estado del Bienestar, abandonamos nuestras obligaciones con las manos llenas de nuevos derechos.
Pobres ingenuos, que en verdad hemos cedido uno de los dos únicos derechos que había sido genuinamente nuestro: la Libertad.
23 comentariosEl economista camuflado
Terminé hace poco de leer El economista camuflado, de Tim Harford, y me gustaría hacer algunos comentarios sobre él.
Antes que nada, debo aclararos que el libro me lo regaló la editorial Temas de Hoy. Han contratado a Ideup para, según me dijeron, “tratar de mejorar su relación con la blogosfera y que algunos bloggers tengan acceso a sus publicaciones”. Fueron educados, no me pidieron que hablara del libro, y me lo enviaron a pesar de que les advertí que lo comentaríaolo “si el libro resulta interesante (para bien o para mal)”,
Otra aclaración, que probablemente no sea necesaria para los que me conocéis, es que ni soy crítico de libros ni soy economista, así que no esperéis que lo que sigue se parezca en nada a lo que pueda decir el crítico de libros de cualquier periódico salmón.
De entrada, creo que el subtítulo “La economía de las pequeñas cosas” está muy mal elegido. El último capítulo, por ejemplo, habla del cambio económico en China. Y no creo que nadie considere a China “una pequeña cosa”. En mi opinión, el libro trata más bien de la economía del sentido común.
Harford es un tipo despierto, que observa cosas interesantes, llega a conclusiones interesantes y las expone con gracia y agilidad. Lástima que la traducción española no le haga justicia. Está escrita en un español correcto, pero se nota que el traductor ha sufrido al tropezarse con la alegría con la que Harford usa el inglés, y ha optado por intentar ser fiel a las palabras y no al espíritu de lo que dice.
Pero yendo al grano, creo que es un libro recomendable. Explica muy clarito, por ejemplo, por qué un café en Starbucks es más caro, cual es el precio justo para un café de comercio justo, o por qué África no sale del subdesarrollo y China lo está haciendo. Dedica un capítulo a las subastas para la concesión de licencias UMTS que es apasionante.
Y habla, por ejemplo, de David Ricardo, unos de los pioneros de la economía liberal, de tal manera que cualquiera puede entender conceptos como la ventaja comparativa o la Ley de rendimientos decrecientes.
Tiene, cómo no, ciertos fallos. Patina, como casi todo el mundo, al dar por hecho el calentamiento global. Y muestra cierta vena socialdemócrata que es además inconsecuente con observaciones que ha hecho previamente.
Pero, como os digo, es fácil de leer para cualquiera que no sea economista o no tenga ni una mínima formación en estos temas, y puede abrirle los ojos a ese familiar o ese amigo progre pero bienintencionado que sigue creyendo sinceramente en el comercio justo, el 0,7% para el Tercer Mundo, el abuso de las multinacionales y mitos de ese pelaje.
[ACTUALIZACIÓN] Me avisa Carlos de Maza que Manchego habló del libro hace tiempo. Aquí podéis leer su crítica. Sinceramente, creo que Manchego, como en otros casos, ve la vida en blanco y negro. Harford no es comunista sino, como he dicho antes inconsecuentemente socialdemócrata a ratos. Pero el conjunto del libro supone una buena dosis de sentido común administrable a personas sin conocimientos previos de economía. Lo que no es poco, en mi modesta opinión.
8 comentariosLa Corporacion y el Estado
El otro día citaba aquí un fragmento de Hija de Marte, la novela de Heinlein. Continúa así:
Tío Tom dice que la mayor parte de las gentes de la Tierra trabajan según un acuerdo muy semejante, solo que allí se hace por años y le llaman impuestos.
Eso de trabajar para la Corporación hasta cubrir un cupo, y después seguir trabajando para ganar un dinero que se parte con la Corporación es lo que hacemos en países como España. Más notoriamente los autónomos, que tienen que pagar una cuota fija al mes, ganen o no ese dinero, y después pagar además por los beneficios obtenidos.
En el post de la semana pasada, en el que comparaba el hurto con los impuestos, hubo quien comentó que la alternativa de “impuesto voluntarios” era inviable. Yo creo que no lo es tanto.
De hecho, sí hay algo parecido a unos “impuestos voluntarios”: la parte destinada al sostenimiento de la Iglesia Católica o a “otros fines de interés social”. ¿Qué impediría una declaración del IRPF en la que hubiera casillas para “Educación pública”, “Defensa”, “Infraestructuras”, “Cultura”, etc.?
Así, yo podría decidir, por ejemplo, que mis impuesto se dedicasen a gastos militares, cosa que me parece mucho más interesante que subvencionar cualquier actividad cultural. Supongo que otros pensarían lo contrario, y tendríamos al menos la posibilidad de controlar, aunque sea con trazo grueso, el destino de nuestros impuestos.
Cualquier cosa menos el sistema que hay ahora, por el cual un taxista se desloma para pagarle su inmenso chalet en una urbanización de lujo a un director de cine, y un chaval que monta una empresa de reparación de ordenadores le subvenciona el I+D a INDRA, Telefónica o Informática El Corte Inglés.
3 comentariosTrabajar para la corporacion
Para este puente, os copio un fragmento de Hija de Marte, una novela de Robert A. Heinlein. Explica las condiciones laborales de los taxistas en el Venus del futuro:
El chófer es empleado de la Corporación, como casi todo el mundo, pero es un “empleado de empresa”, es decir que no trabaja por un sueldo fijo. Para cumplir con su cupo ha de hacer cada día una determinada cantidad de viajes cuyo valor se lo lleva la Corporación. Cunado ha cumplido ese determinado número de kilómetros que tiene fijado, se parte con la Corporación los ingresos de los demás viajes del resto del día. Así que conduce como un loco para cumplir con el cupo lo antes posible y empezar a ganar dinero para sí mismo… y luego sigue conduciendo a toda prisa porque quiere aumentar sus ganancias mientras el negocio marcha.
Para situaros, en esta novela Venus es una colonia de la Corporación, que domina absolutamente todo en el planeta, y no tiene gobierno ni leyes.
¿Es esto una visión de un futuro ancap? ¿Viviríais en un planeta así?
Os advierto que me guardo un as en la manga: el miércoles pondré la frase que continúa el texto de Heinlein.
4 comentariosEl dilema del mayordomo II
Casi todas las respuestas al dilema del mayordomo vienen a afirmar que el robo nunca está justificado, ni siquiera cuando lo robado se aplicará a un buen fin.
El problema del robo es que siempre, el que roba, piensa que hará un mejor uso de lo robado. El mayordomo del ejemplo puede pensar que es mejor alimentar a los africanos durante un año que dejarles la joya a unos tipos podridos de pasta. Pero otro mayordomo podría pensar que es lícito utilizar la joya para pagarse unas vacaciones en el Caribe, porque al fin y al cabo él ha estado atendiendo al viejo millonario, mientras sus familiares se gastaban la herencia por anticipado.
Seguramente, quien defienda la opción de la aldea africana no podrá negarse a compensar al mayordomo fiel y cumplidor. Pero, ¿y si otro mayordomo decide regalarle la joya a una amante que ha tenido desatendida durante meses por estar muy ocupado cuidando al ricachón? ¿esto ya no está justificado?
Como veis, siempre existe una justificación para el robo. Los seres humanos tendemos a pensar lo mejor de nosotros mismos, y justificamos incluso nuestras peores acciones. Mirad estas citas de dos famosos gangsters:
“All I ever did was to sell beer and whisky to our best people.”
–AL CAPONE, 1930“I never did anything to deserve that reputation (Public Enemy No. 1), unless it was to supply good beer to people who wanted it.”
–DUTCH SCHULTZ, 1935
Ese es el problema. Una vez que aceptas que puedes tomar la propiedad de otro porque tienes un uso mejor que darle, ya cualquier justificación es posible.
Por tanto, la única salida es evitar el robo.
Ahora bien. Si estamos de acuerdo con lo anterior, ¿podemos aceptar como lícito que el Estado nos obligue, con amenaza del uso de la fuerza, a entregarle parte de nuestras ganancias, porque las va a dedicar al bien común?
¿Puede el Estado quitarnos nuestro dinero para hacer hospitales? ¿Para hacer colegios? ¿Para promocionar el uso de una lengua minoritaria? ¿Para evitar la extinción del somomujo pardo? ¿Para pagar el concierto de un cantante de moda en las fiestas locales? ¿Para hacer propaganda del partido en el gobierno?
Si hemos admitido que robar no es una opción legítima para el mayordomo, tampoco lo puede ser para el Estado. La única opción moralmente aceptable sería que los impuestos fueran voluntarios, de manera que solo aquellos dispuestos a entregar su dinero al Estado lo hicieran.
¿Hay algún fallo en mi razonamiento? ¿Hay por ahí algún partidario de permitir al Estado lo que prohibimos al mayordomo?
Soy todo oídos.
11 comentariosEl dilema del mayordomo
Para el fin de semana, ya que no voy a escribir otra cosa, es dejo una cuestión moral, más o menos copiada del blog de Scott Adams:
Supón que eres el mayordomo de un anciano multimillonario. El millonario fallece, y entre sus posesiones sabes que se encuentra una joya que vale tanto dinero que vendiéndola puedes alimentar a un poblado entero en África durante un año. Nadie más sabe que esa joya existe, ni siquiera sus familiares, de modo que si la robas nadie se enterará. Los herederos son tan ricos que no notarían la diferencia entre tener la joya o no tenerla.
Sabiendo esto, puedes entregar la joya a los herederos, sabiendo que probablemente permanecerá en una caja fuerte durante decenios, o puedes quedártela y venderla para evitar que unos niños en África mueran de hambre (tú no te quedarías ni un céntimo del dinero obtenido por la venta).
¿Cuál es la opción moral correcta?
Espero vuestras opiniones. (Yo daré la mía el lunes)
16 comentarios
