Diarios de las Estrellas

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Aborto, eutanasia y pena de muerte

Parece que dos de los proyectos estrella que Zapatero tiene previsto abordar son leyes para facilitar el aborto y la eutanasia. Para nuestro gobierno, y para muchos de nuestros conciudadanos, no hay ningún problema en matar a alguien solo porque resulta incómodo. Aunque sea un sre indefenso, inocente hasta de esa incomodidad.

Pero un pederasta puede ser condenado varias veces por cometer crímenes horribles con niñas pequeñas, incluida su propia hija, ser condenado a penas ridículas y no pisar la cárcel hasta que, no contento con los abusos sexuales, llega al asesinato de una niña inocente.

Pues bien, esos que defienden la libertad de la madre para deshacerse de un hijo que le molesta, o la de un médico para acabar con la vida de un paciente anciano, rechazan horrorizados la idea de acabar con la vida de un ser repugnante culpable de la mayor vileza.

Robert Heinlein, en Starship Troopers (el libro no tiene nada que ver con la película) justifica la pena de muerte para casos como el de este asesino pederasta. Si realmente consiguiéramos rehabilitar a alguien que ha cometido ese crimen, y fuera consciente de la enormidad de lo que ha hecho, se mataría a sí mismo abrumado por la culpa y el dolor. Así pues ¿por qué no evitarle el sufrimiento y procurarle una muerte rápida?

Si sois más sádicos que yo, tal vez prefiráis que permanezca entre rejas el resto de su vida, como le sucedería de vivir en Inglaterra, Francia o Alemania (eso que antes de Zapatero se llamaba los países de nuestro entorno).

Pero lo que no soy capaz de entender es que alguien defienda que un tipo así pase encerrado unos año y luego vuelva a salir libre para matar a otra niña. Porque un tipo así matará a otra niña en cuanto tenga oportunidad de hacerlo. Y menos puedo entender que esa misma persona justifique a la vez que se asesine a niños no nacidos, o a ancianos enfermos, que no han hecho mal a nadie.

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Regocijaos

Otro dictador ha muerto. Esta vez, para nuestra alegría y sobre todo para la de sus súbditos, fue derrocado y no murió en la cama. Sin duda, mucho más injusto que la pena de muerte para un genocida es que pueda apurar la copa de la tiranía hasta las heces.

Pero coincido con algún coblogger redlibealino y con los tertulianos de ayer noche en la COPE: la pena de muerte para Saddam es injusta. Y no lo digo porque esté en contra de la pena de muerte en este caso. Es porque la pena de muerte no es un castigo suficiente para un canalla como Saddam Hussein.

En “El sueño de Newton” Gregory Benford escribe sobre un infierno en el que los condenados mueren violentamente una y otra vez, sintiendo cada vez todo el tormento de la muerte.

El castigo justo sería gasearle con sarin, y después resucitarle para volverle a gasear. Así una y otra vez, hasta las decenas de miles de veces que él lo mandó hacer sobre los irakíes. Y después torturale miles de veces hasta la muerte, como él hizo. Y después torturar y fusilar a sus hijos delante de él, y delante de él violar y torturar a su mujer. Y fusilarle otras miles de veces. Y enterrarle vivo para que vuelva a morir horriblemente una y otra vez.

Desgraciadamente, no tenemos tecnología que nos permita resucitar a un condenado a muerte para volverle a ejecutar, así que debemos conformarnos con el castigo injusto de matarle una sola vez, y confiar en que el infierno exista, que se parezca al infierno de Benford, y que Saddam experimente allí todo el sufrimiento que él hizo padecer a otros.

Descansen en paz los cientos de miles de inocentes que Saddam hizo matar.

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Pena de muerte para Saddam

Ahora que Saddam Hussein ha sido condenado a muerte, anda toda la progresía clamando contra la sentencia. “Es un horrible dictador, pero nadie merece la pena de muerte”, dicen. No recuerdo tanto consenso contra la pena de muerte cuando Castro ejecutó a los últimos desgraciados que intentaban huir de la isla-cárcel. Como siempre sucede con la izquierda, aplican la moral de situaciones. Los actos no son buenos o malos en sí mismos, sino en función de quién los ejecute.

Pero vamos a ver, señores, ¿dónde están el multiculturalismo y el respeto al diferente? ¿Lapidar adúlteras es una tradición arraigada que no debemos criticar pero la pena de muerte debe ser eliminada según el criterio etnocentrista europeo? Curioso, pero me temo que perfectamente explicable. Y luego vendrán a darnos lecciones de ética y moral democrática.

Resulta que algunos creemos que hay criterios morales que están por encima de los valores culturales, aquí y en Kuala Lumpur. La ablación del clítoris es mala siempre. Sin excepción. La sumisión de la mujer, o la persecución del que profesa otra religión, son intolerables siempre. La persecución y muerte de homosexuales es repugnante en Cuba y en Irán.

Y la pena de muerte, en determinados casos, es la opción moral más aceptable en cualquier país del mundo. Hace tiempo escribí por aquí sobre las consideraciones prácticas y políticas de la pena de muerte, que la hacen preferible a la cadena perpetua. Quedó pendiente hablar de los criterios morales (que priman sobre los anteriores).

No creo que la pena de muerte sea legítima en todos los casos de asesinato. No todos los asesinatos deben ser castigados con la pena de muerte, porque para algunos asesinos sí cabe el arrepentimiento y la reinserción en la sociedad. En mi opinión, hay dos casos en los que la pena de muerte es la única opción legítima.

El primero es el de los sociópatas, los asesinos que disfrutan causando daño a sus víctimas. Son individuos que se colocan voluntariamente fuera de la sociedad, que no reconocen como semejantes al resto de seres humanos. Individuos que cometen crímenes especialmente horrendos, habitualmente contra víctimas mucho más débiles que ellos, como niños o mujeres.

Este tipo de criminal, al que no se puede considerar como miembro de nuestra sociedad, no merece otro trato que la eliminación, como hacemos con un perro rabioso o con una alimaña.

El segundo tipo de criminal que merece la muerte es el que actúa contra toda la sociedad, el criminal político. El proceso de Nuremberg fue innegablemente positivo para el establecimiento de la democracia en Alemania. Ejemplificó la absoluta intolerancia hacia los nazis, evitó que los condenados pudieran dedicar sus vidas a justificar sus crímenes y permitió dar por zanjado el pasado y reconstruir el país. EL milagro alemán hubiera sido sin duda mucho más difícil con decenas de jefes nazis vivos e impartiendo doctrina.

Con Saddam Hussein puede pasar algo similar, es decir, que su muerte sea positiva porque marque un antes y un después para sus nostálgicos y para los iraquíes que luchan por implantar una democracia.

De igual modo que para los tiranos, la pena de muerte sería aceptable para los asesinos que, fuera del poder, matan para imponer su modelo de sociedad. Cada vez más las amenazas a nuestra libertad van a provenir no de una declaración de guerra formal de otro país, sino de grupos que pretenden imponer sus ideas al resto utilizando el asesinato como método. Y en estos casos que ponen en jaque todo el sistema de derechos y libertades que disfrutamos, la pena de muerte está justificada si sirve, como en Nuremberg, para definir radicalmente qué es y qué no es tolerable.

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Acerca de la pena de muerte (II)

Como me temía, algunos lectores confundieron en mi primer post sobre la pena de muerte los argumentos prácticos con los morales. Por si acaso alguien no se ha dado cuenta, en mi primer post sólo digo que la pena de muerte puede ser más eficiente que la cadena perpetua para tratar a los asesinos con elevadas posibilidades de reincidir, incluso asumiendo los posibles errores.

No quería entrar ayer en el problema moral asociado a esto, aunque entiendo que para muchos lectores sea difícil separar el plano moral del práctico. Pero intentemos dejarlo para el siguiente post.

Vamos con más lío: ¿es aceptable la pena de muerte desde un punto de vista político o ideológico? Quiero decir, aceptable para un liberal.

Ya conocemos la postura de muchos socialistas: la pena de muerte es aceptable (o comprensible, o justificable) en países comunistas, a pesar de que son dictaduras en los que no hay ninguna garantía y se ejecuta por delitos como “traición” o “conducta desleal”; es inaceptable no sólo en dictaduras de derechas, sino también en países democráticos en los que el condenado disfruta de todas las garantías procesales y se ejecuta por crímenes contra la vida de las personas. Ved si no la reacción que ha producido en nuestros progres la ejecución de un asesino múltiple y el silencio ominoso de muchos cuando Castro decidió matar a tres “secuestradores” que intentaban escapar de la isla-cárcel.

Por tanto, ¿hay una “postura liberal” acera de la pena de muerte? De entrada, los tres bloggers de Red Liberal que trataron el tema se han manifestado en contra, pero apenas han dado razones ideológicas. Jahd apunta algo en el sentido de que como sabemos que el gobierno falla, no debemos dejar en sus manos algo tan importante como nuestras vidas.

Y esta es la pregunta que un liberal debe hacerse ¿debo ceder al Estado la posibilidad de quitar la vida a uno de sus ciudadanos? La primera respuesta, obvia, es que cuanto menos haga el Estado, mejor. Pero salvo que seamos unos ancap radicales (en cuyo caso la pregunta sobre la pena de muerte no tiene sentido), si admitimos que debe existir Estado y que tiene un papel en el mantenimiento de la seguridad hay que decidir si este papel incluye aplicar la pena capital.

De entrada, sé que nuestra Constitución muestra con respecto al castigo del delito lo peor del buenismo socialdemócrata y democristiano de sus autores. Eso de que la función de la pena es redimir al delincuente está bien para los que no creen en la responsabilidad individual y prefieren hablar de las condicionamientos socioeconómicos o del pecado estructural.

Yo creo en la responsabilidad de cada individuo, y creo que es básico defender esto para poder aspirar a ser ciudadanos y no súbditos. Por tanto, creo que debe existir una sanción para el que abusa de esta responsabilidad causando un mal a otro.

En nuestra civilización cristiana, hasta los ateos miran mal la venganza. De modo que probablemente sea mejor utilizar el término castigo. Últimamente también está perdiendo crédito, pero en general más es aceptable. En cualquier caso, nos estamos refiriendo a producir consecuencias perjudiciales al criminal, de forma que el resultado neto de su acción sea negativo.

Por otro lado, desde Hammurabi, la tasación de los castigos tiene como objeto, además de evitar la arbitrariedad del Estado responsable de aplicar el castigo, evitar la venganza individual de la víctima. Entiendo que haya liberales ancap que estén en contra de la pena de muerte porque sean partidarios de la resolución privada de cualquier problema, incluida la venganza.

Pero la venganza individual a criterio de la víctima conduce muchas veces a la vendetta, y por eso es preferible que un tercero la administre con criterios racionales. Por tanto, creo que ceder la capacidad de venganza al Estado hace que nuestra sociedad sea menos violenta y más habitable.

Ahora bien, el problema aparece cuando el Estado decide que esa capacidad de venganza que hemos cedido es suya, y que puede renunciar a ella, o utilizarla como le venga en gana. Por ejemplo, cuando en lugar de decir “no puedes matar al criminal que violó y mató a tu hija, porque ya lo voy a hacer yo”, el Estado nos dice “no puedes matar al criminal que violó y mató a tu hija, porque voy a rehabilitarlo unos años, y después lo soltaré. Si mata de nuevo, volveré a intentar rehabilitarlo”.

En una tesitura semejante, muchos pueden decir: “de acuerdo, yo no quiero matar a nadie, ni aún al asesino de mi hija. Prefiero que intenten rehabilitarlo”. Y en ese caso no habría ningún problema. Pero, ¿y el que considera que el único castigo justo para un violador y asesino de menores es la muerte? ¿puede el Estado decidir que su criterio no es válido?

En Estados Unidos hay una inmensa mayoría de la población partidaria de aplicar la pena de muerte a los asesinos. Fluctúa en función de la percepción de inseguridad, pero se mueve entre el 60% y el 80%. ¿Puede entonces el Estado privar a estos ciudadanos de su derecho al castigo que ellos consideran justo?

Por otro lado, si en la capacidad de castigo que le hemos cedido al Estado incluimos la posibilidad de matar, ¿no estamos dando excesivo poder a una entidad que siempre tiende a crecer y a desarrollar sus propias estructuras y funciones que sólo le sirven a sí mismo?

Esta objeción sin duda tiene peso por sí misma. Pero es que además en la mayoría de los países de Europa hemos vivido en el siglo pasado en diversas dictaduras que utilizaban el poder de quitar la vida para limitar la libertad de sus súbditos. Así que es lógico que los estadounidenses (que han vivido más de 200 años en democracia) se fíen más de su Estado a la hora de administrar el castigo capital que los europeos.

Como veis, la pregunta “¿debo ceder al Estado la capacidad de quitar la vida a uno de sus ciudadanos?” no es tan sencilla de responder. Existe el riesgo de que el Estado utilice esta capacidad para desarrollar funciones represoras, pero también existe el riesgo de que al ceder la capacidad de castigo al Estado la perdamos como individuos.

En cualquier caso, creo que aun teniendo en cuenta estos peligros es preferible ceder la capacidad de castigo al Estado que tener que asumir personalmente la venganza y por tanto correr el riesgo de provocar vendettas que pueden extenderse por varias generaciones.

Y creo que, aun teniendo en cuenta lo peligroso que es dar al Estado la capacidad de matar, si la mayoría de los ciudadanos de un país decide que la cadena perpetua, o la pena de muerte, son un castigo justo, el Estado no puede arrogarse la capacidad de decidir lo contrario.

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Acerca de la pena de muerte (I)

Antes que nada, debo agradecer los comentarios positivos acerca de mi post anterior. Yo pensaba que había hecho otros posts más merecedores de elogios, pero pasaron sin pena ni gloria. Una de las ventajas de la blogosfera, supongo, es que te permite conocer de primera mano y casi al instante lo que opinan tus lectores de cada uno de tus textos. Lo difícil es tener la humildad suficiente como para hacerles caso.

Vamos con el tema de hoy: la pena de muerte. En el post anterior no entraba en el asunto, sólo en la hagiografía que hacía El Mundo de quien fue en realidad un feroz asesino. Pero ya que Santiago, Daniel y Jahd han planteado el debate, vamos a ello. Dada la extensión, lo haré en tres entregas, distinguiendo los motivos morales, ideológicos y prácticos para estar a favor o en contra.

Y, por limitar el debate a lo que puede ser más interesante, dejaremos fuera la aplicación de la pena de muerte que es inaceptable para cualquier persona civilizada, como por ejemplo la destinada a castigar ideas o actividades políticas, conductas sexuales, o en general crímenes distintos del asesinato.

Empecemos por los prácticos:

¿Disuade la pena de muerte a los asesinos potenciales? Parece que no. Ahora bien, tampoco está claro que la cadena perpetua, o una pena inferior, sea disuasoria. Probablemente, y esto es opinión mía, cuando alguien decide que tiene motivos para matar a otro ser humano, las posibles consecuencias sobre su persona tienen menos importancia que estos motivos.

¿Evita otras muertes a manos de asesinos convictos? Es decir, ¿podemos salvar vidas matando a asesinos evitando así que vuelvan a actuar? Hay ciertos tipos de asesinos que, si tienen oportunidad de repetir el crimen, lo hacen. Principalmente los que matan por motivos ideológicos, los que obtienen satisfacción del propio acto de asesinar y los que actúan con violencia extrema en crímenes cuya motivación principal es económica.

Las medidas de reeducación con estos delincuentes no siempre funcionan, de manera que siguiendo un criterio estrictamente práctico, para garantizar que un sociópata no pueda volver a matar es preferible la pena de muerte.

Santiago defiende la cadena perpetua como solución para estos sociópatas. Pero tenemos el problema del coste. El presupuesto de Instituciones Penitenciarias para el año 2006 será de 896 millones de euros, para atender a una población reclusa que a fines de 2004 era de poco más de 59.000 personas. Es decir, cada preso nos cuesta al año unos 15.000 euros.

Si un asesino es condenado con 30 años, y la esperanza de vida está en 80 años, mantener a ese individuo en cadena perpetua nos cuesta 750.000 euros.

Luego la alternativa para evitar nuevos crímenes de asesinos con riesgo de reincidencia es la pena de muerte o un gasto importante de todos los ciudadanos, incluidos los familiares de las víctimas del asesino. Podríamos entonces optar por la pena de muerte, atendiendo puramente a un criterio de orden práctico (para un mismo resultado -evitar nuevas víctimas- una de las opciones tiene un coste muy superior), si no fuera por la cuestión que plantea Jahd, esto es, la irreversibilidad de la pena de muerte.

Esto quiere decir que si hay un error, y se ejecuta a un inocente, no hay manera de devolverle a la vida si posteriormente se demuestra su inocencia. Por tanto, sería preferible una condena de cárcel, en la que siempre se puede liberar al condenado injustamente.

Ante esta cuestión, por un lado, basta con limitar el castigo capital para aquellos criminales que hayan sido condenados con pruebas incontrovertibles: los que han confesado, los que han sido capturados cometiendo el delito, los que han dejado una huella inequívoca en el cuerpo de la víctima (ADN, por ejemplo), los que han sido acusados por varios testigos fiables o aquéllos en los que concurren varias o todas estas circunstancias. Y se puede permitir además al condenado a muerte que utilice absolutamente todos los medios de revisión de su caso que no sean completamente disparatados.

Que es lo que hacen, por cierto, en la mayoría de los Estados norteamericanos en los que existe pena de muerte, y la razón de que Tookie se pasara 26 años en la cárcel antes de ser ejecutado.

Pero además, la preferencia por la cadena perpetua sin mirar el coste, se basa en un principio emocional más que racional. Supongamos que la tasa de inocentes condenados es del 1%. Esto quiere decir que si optamos por la cadena perpetua, estaríamos gastando 750.000 x 99 = 74.250.000 euros para salvar la vida de una persona inocente.

Ahora muchos estaréis pensando “pues la vida de una persona vale más de 74 millones de euros…”. Falso.

A todos nos gusta creer eso, pero nadie lo piensa de verdad. Si fuera así, habría helicópteros-UVI en cada pueblo situado a más de media hora en coche de un hospital. Es más, habría hospitales con los últimos adelantos y los equipos más caros en cada aldea. Pondríamos no un escolta, sino un batallón de GEOS para proteger a cada amenazado por ETA. Habría un policía (o un coche patrulla) en cada esquina de cada calle. Pagaríamos mucho más por nuestras casas, porque las medidas de seguridad para evitar cualquier accidente laboral incrementarían desproporcionadamente el coste. Habría autopistas o autovías a cada pueblo, que son más seguras que las carreteras de un único carril por sentido.

La realidad es que la vida humana no tiene un valor económico infinito. De hecho, cambia según las culturas e incluso cambia en el tiempo. Por ejemplo, ahora estamos mucho más dispuestos que hace 30 años a pagar más dinero por nuestras casas a cambio de que los obreros que las construyen tengan arneses, cascos y redes de seguridad.

Así que, desde un punto de vista racional, sería preferible dedicar el millón y medio de euros que nos cuesta cada año de vida del inocente condenado injustamente a inversiones en equipamiento sanitario que permitieran salvar un número mucho mayor de vidas, por ejemplo.

Otro cosa es el punto de vista ético de este asunto, pero eso lo trataremos en la tercera entrega.

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El malvado Gobernator asesina al inocente Tookie

Schwarzenegger se ha creído que es un terminator de verdad y ha mandado ejecutar a una víctima de la pobreza que empuja a los jóvenes a las bandas, que se había rehabilitado y que había sido nominado al premio Nobel de Literatura por sus libros infantiles contra el mundo de las bandas y al premio Nobel de la Paz.

O algo así creeríamos si sólo pudiéramos leer El Mundo o cualquier otro periódico español, como hace apenas diez años. Pero ahora tenemos Internet, y podemos leer, por ejemplo, a Michelle Malkin, que ha seguido el caso en varios posts.

Hace diez años tendríamos que conformarnos con este párrafo del obituario del mundo para saber por qué le han ejecutado:

Williams fue sentenciado a muerte en 1981 por matar de un disparo al dependiente Albert Owens, dos años antes, y por el asesinato de los propietarios de un motel de Los Angeles y la hija de ambos durante un atraco, también en 1979.

De los inmigrantes taiwaneses ni siquiera se nos dice el nombre. Al fin y al cabo ¿a quién le importan tres chinos cuando estamos hablando de un candidato a Nobel de la Paz? Pero ahora podemos leer esto:

Williams fue condenado por el asesinato de cuatro inocentes con una recortada en 1979. No hay nada pacífico ni conmiserativo acerca de la manera en al que murieron Alvin Owen, Thsai-Shai Yang, Yen-I Yang y Yee Chen Lin. Owen era un adolescente blanco dependiente en un Seven-Eleven, al que le disparó dos veces en la nuca (estilo ejecución) mientras yacía desarmado en el suelo durante un atraco. Un testigo afirmó que Williams se burló de los sonidos que hacía Owen mientras yacía muriendo. “Tenías que haber oído la manera en que sonaba cuando le disparé”, le oyó decir a Williams el testigo.

Los Yang eran unos inmigrantes taiwaneses que, junto con su hija Yee Chen Lin, fueron disparados durante el robo en un motel dos semanas después de la muerte de Owen. La mitad de la cara de la hija fue destrozada por el disparo de la recortada, dijo el antiguo fiscal de distrito del Condado de Los Ángeles Robert Martin en una entrevista esta semana. Williams les llamó “cabezabudas”, recordó Martin, y les robó calderilla.

Williams todavía no ha pedido perdón a las familias de las víctimas. Cuando terminó el juicio, me dijo Martin, Williams amenazó al equipo fiscal, “Os cogeré a cada uno de vosotros, hijos de puta.”

O sea, que asesinó a sus víctimas a sangre fría, a bocajarro, se rió de ellas y no ha pedido perdón por sus crímenes. Lástima que El Mundo no nos cuente esto.
También sabríamos por el Mundo esto:

Nacido en Nueva Orleans (Luisiana), creció en un barrio pobre al sur de Los Angeles, donde era conocido por ser un líder nato en el mismo. Fundador a los 17 años de la famosa banda callejera ‘Crips’, de Los Angeles, se convirtió en todo un símbolo contra la violencia.

Junto a su amigo Raymond Washington fundó la citada banda, conocidos por llevar una ‘badana’ (pequeño pañuelo) azul en la frente, que al poco tiempo se extendió por todo el país.

¿Son inocentes las negritas en “creció en un barrio pobre”? No lo creo. Mis padres crecieron en uno de los barrios más pobres de Bilbao, y en lugar de fundar una pandilla iban a misa a la parroquia. Eran otros tiempos, y otra cultura, supongo. En cualquier caso, lo de justificar a los delincuentes con el entorno en el que se han criado siempre me ha parecido injusto con la inmensa mayoría de jóvenes que crecen en un barrio pobre y salen adelante como ciudadanos honrados y buenas personas.

Pero es mejor la siguiente frase, en la que se liga directamente la fundación de la banda callejera con convertirse en un símbolo contra la violencia. De hecho, lo único que nos dicen de la banda es que creó la moda de ponerse un pañuelo azul en la frente. Qué cool. Y por eso le mata el fascista Terminator. Claro que si no nos limitamos a leer El Mundo, podemos saber algo más de los Crisps, por ejemplo consultando la Wikipedia.

Así podríamos saber que los Crips son una de las bandas más importantes de Estados Unidos, que sólo en Los Ángeles son responsables de unos 250 asesinatos al año. Podéis ver aquí una tabla con los asesinatos de bandas en el condado de Los Ángeles entre 1979 y 1998. Además de dedicarse al asesinato, los Crips controlan el tráfico de crack en Los Ángeles.

De modo que El Mundo no ha tenido espacio de mostrarnos que Tookie Williams fundó una organización criminal responsable de más asesinatos que la Mafia, y eso sin contar los muertos causados por el consumo de crack. En resumen, que Al Capone era un aprendiz al lado de este candidato a Nobel de la Paz.

Pero El Mundo sigue contándonos lo bueno que era el amigo Tookie:

Tras ser condenado, fue sometido a aislamiento por mala conducta. Él alega que fue entonces cuando se dio cuenta de sus errores y se arrepintió de su vida pasada. Desde entonces, dedicó sus días a hablar contra la violencia y ha escrito nueve libros para niños desde prisión en los que advierte a los menores contra los peligros de la vida callejera.

¿Se rehabilitó? Ya hemos visto que no ha pedido perdón a las familias de sus víctimas, de las que se mofó y a las que insultó. De lo que se ha arrepentido es de esto: “the atrocities which I and others committed against our race through gang violence”. Esto es, de las atrocidades cometidas contra su raza. No de los asesinatos de un blanco y de tres chinos. De hecho, Tookie afirmó que había matado a Owen por ser blanco, y ya hemos dicho que se burló de los Yang llamándoles “cabezabudas”.

Pero claro, El Mundo no nos puede decir que Tookie era un racista, porque un negro no puede ser racista.

Veamos lo de los libros, según El Mundo:

Esos libros, entre los que se cuentan títulos como ‘Blue Rage’, ‘Black Redemption’, ‘Tookie speaks out against gang violence’ y ‘Life in prision’, le han valido una candidatura al Nobel de Literatura.

Los beneficios resultantes de las ventas han sido siempre donadas a organizaciones sin ánimo de lucro. Además el reo, de 51 años, había sido propuesto la semana pasada por sexta vez consecutiva para el Nobel de la Paz por su trabajo contra la violencia callejera.

O sea, que no sólo se arrepintió de sus crímenes, sino que evitaba que los niños cayeran en las garras de las bandas que él creó. Además, donaba los beneficios de las ventas. Un auténtico filántropo.

Claro, que… El Mundo no nos dice cuáles eran las ventas. Pero podemos saberlo: su best-seller, “Gangs and Violence”, ha vendido nada más y nada menos que 330 copias. Otro de sus libros, “Gangs and Wanting to Belong”, exactamente dos. Así que a lo mejor es muy generoso donando todos los beneficios de sus libros, pero no creo que den ni para pagar una beca de comida a un estudiante negro durante una semana.

Por otro lado, hay quien piensa que los libros no son una ayuda para evitar que un joven entre en una banda, sino todo lo contrario:

Se supone que los libros desaniman a los chicos a unirse a las bandas. Pero su efecto real es realzar la vida criminal. Todos los volúmenes están ilustrados con brillantes fotos de Williams en diversos poses de delincuente. Los libros también proporcionan guías para enseñar a los niños el vocabulario de las bandas (”homeboy”, “mobbing”, “set-ripping” y “gangbang”, para empezar).

Si queréis una opinión distinta a la de El Mundo, podéis leer, por ejemplo, a Debra Saunders, que entre otras cosas dice esto:

La coautora de Williams, Barbara Becnel, dijo a Los Angeles Times, “Lo que representa Stan es la esperanza de que ellos, también, pueden cambiar. Tiene más valor para la sociedad vivo que muerto.

Error. Tiene más valor para la sociedad muerto. El mensaje de los Tookiéfilos es que puedes matar gente inocente y ser una estrella. Una ejecución dice que puedes matar gente inocente y pagar el precio.

Por cierto, ¿os habéis fijado en lo de “coautora”?. La verdad es que el candidato a Nobel de Literatura ni siquiera era capaz de escribir solo sus cuentecillos. Otra cosa que tampoco nos cuenta El Mundo.

Otro que opina lo mismo que Debra, en un portal para negros:

De nuevo, los ricos y famosos dicen a los ciudadanos cumplidores de la ley y trabajadores que el ejemplo que ofrecen es inadecuado para salvar a sus comunidades; los modelos de competencia, creatividad y virtud que están viviendo en estos barrios son simplemente insuficientes. No importa que cientos de jóvenes encuentren la fuerza de carácter (la esperanza) para resistirse a la vida de las bandas. No importa que muchas de esas mismas estrellas hayan encontrado la fuerza para salir de las calles duras. Todo eso no significa nada comparado con las palabras y el ejemplo de Tookie Williams.

El domingo 13 de Noviembre, una semana antes de la manifestación “Salvad a Tooie” en San Quintín, el adolescente de catorce años Willian Cox y un amigo asistían a un canaval en su barrio cuando les disparó un hombre que les confundió con miembros de una banda rival. Cox, que no estaba en ninguna banda, fue herido en el pecho y murió en el acto. ¡Esta es la maldad que ha causado Stanley Williams!

Por supuesto Snoop y Danny glover no harán una manifestación por William Cox. Su muerte paso desapercibida para los comisarios holliwoodienses de la compasión. Estaban demasiado ocupados tratando de salvar la vida de un asesino despiadado para notar que otra vida joven extinguida por por la violencia de las bandas. Esto dice todo lo que necesitas saber acerca de la corrupta visión que la izquierda de Hollywood tiene de América.

Y este post dice, si no todo, si un poquito de lo que necesitas saber acerca de la corrupta visión que los periodistas españoles en general y El Mundo en particular, tienen acerca de los delincuentes, las víctimas y la justicia.

En fin, por terminar con una nota de humor, podeis leer este post de Iowahawk, en el que cuenta el cuento del patito Tookie.

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Pena de muerte

Uno de los valores absolutos que hay en nuestra sociedad es el rechazo a la pena de muerte. Es un tabú, intocable bajo pena de ser un facha.

Pero dado que al asociar mi bitácora a Red Liberal ya soy un facha, pues no me cuesta nada decirlo: estoy a favor de la pena de muerte.

El rechazo a la pena de muerte proviene del buenismo de la izquierda post-segunda guerra mundial. Los impulsores de la contracultura, del make love not war y de las utopías comunitarias de regreso a la naturaleza creían en un roussoniano hombre bueno que vivía en paz con la naturaleza hasta que el capitalismo lo corrompió.

Antes, la ejecución de los enemigos del pueblo (legal si se tenía el poder, ilegal si no era así), era perfectamente válida. Y por supuesto era habitual en los países comunistas en los 60, 70 y 80, y lo sigue siendo en los que aún resisten.

Cuando a estos utopistas de izquierdas se unen los democristianos y afines de derechas, que también creen en la conversión de los malvados, se crea un ambiente general de rechazo a una medida de castigo irreversible.

Así que entre unos y otros nos contaron un cuento en el que no existían los malos, sólo las víctimas de la sociedad. Y lo mejor para evitar nuevos crímenes no era quitar de enmedio a los delincuentes, y de paso dar ejemplo a los que pudieran tener tentaciones, sino reeducar a los inadaptados, para que pudieran reintegrarse en la sociedad.

Pero después de varias décadas, nos encontramos conque sí existen los malos. Aunque muchos prefieren meter la cabeza debajo de la almohada y pensar que así les exorcizan, sí existen los monstruos entre nosotros. Y estos monstruos no se convierten en laboriosos enanitos simplemente pasando una temporadita más o menos larga encerrados, alimentados, entretenidos y vestidos con los impuestos de sus víctimas pasadas y futuras. Cuando salen de la cárcel, los monstruos siguen siendo monstruos, y vuelven a cometer atrocidades.

Por supuesto, no estoy hablando de una persona que comete un error y roba o estafa dinero, ni del jovenzuelo al que le deslumbran con la promesa de dinero fácil, ni del drogadicto que apenas es consciente de sus actos. Estos podrían ser recuperables en un sistema penitenciario decente, que les mostrara lo inadecuado de su conducta y les ofreciera alternativas.

Pero existen los asesinos violadores de niños. A mí no me gusta que los haya, pero existen. Y está demostrado que en un porcentaje importante de casos, reinciden si se les da la oportunidad de salir. Y existen terroristas para los que su causa es más importante que la vida del vecino, y que volverán a matar si pueden hasta conseguir sus objetivos.

La cuestión es qué hacemos con ellos. Qué hacemos con los monstruos que según nuestro Código Penal tienen derecho a salir a la calle pasados unos años, independientemente de que sigan siendo peligrosos o no.

La respuesta de nuestros gobiernos y nuestros parlamentos ha sido priorizar la posibilidad de redención de algunos de estos criminales, asumiendo el riesgo de que otros vuelvan a atacar a otra víctima.

Aquí el problema es que las víctimas han cedido toda su capacidad de violencia y venganza al Estado que debería protegerles. Por tanto, nada puede hacer el hijo de un militar asesinado por un etarra o la madre de una niña violada y asesinada por un sádico cuando estos salen de la cárcel.

Peor aún, nada pueden hacer las futuras víctimas para protegerse de los monstruos, porque el Estado nos ha quitado la posibilidad de defendernos con armas.

En Estados Unidos, donde es legal llevar y utilizar armas en defensa propia, donde incluso en algún estado no es punible matar a alguien que ha entrado sin permiso en tu casa, aunque no haya intentado atacarte, ven más justificada la pena capital. Posiblemente porque el Estado debe ser más duro para evitar que las víctimas se tomen la justicia por su mano.

Desde muchos medios se compara la pena de muerte en Estados Unidos con la de países como China o Irán, obviando la diferencia fundamental: Estados Unidos es un Estado de Derecho, donde el criminal puede defenderse legalmente.

No digo que esté de acuerdo con la aplicación de la pena de muerte en determinados estados de Norteamérica. Pero desde luego, casos extremos de asesinos de menores y asesinos en serie sólo pueden ser castigados con la muerte.

Y entre los asesinos en serie incluyo a los etarras. A los efectos del asesinado, es lo mismo que haya muerto porque su asesino quiere la independencia del país vasco o porque no le gustan los hombres bajitos con gafas.

Todo esto viene a cuento de la próxima liberación de este hijo de puta. Un tipo que es capaz de decir ante tres niños que se acaban de quedar huérfanos de padre y madre que “me encanta ver las caras desencajadas de los familiares en los funerales. Aquí, en la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y acabaremos a carcajada limpia. Esta última acción de Sevilla ha sido perfecta; con ella, ya he comido para todo el mes.”

Con tipejos como este las teorías de la reeducación y la reinserción se derrumban estrepitosamente, así que sólo queda la venganza y evitar que vuelva a matar a otro. ¿O acaso es más justo que la abuela de los niños Jiménez Becerril, además de criar a sus nietos, deba con sus impuestos pagar la comida de esta bestia?

Sería mejor el mundo si este individuo no hubiera nacido. Y será mejor el mundo cuando haya muerto. Que sea cuanto antes.

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