Sanidad privada, por supuesto
Hace unos días, José García Palacios escribía un post justificando la sanidad pública, basándose en la necesidad de proteger a los que no pueden costearse la privada.
Aunque en los comentarios se le dan algunas respuestas, me gustaría aprovechar para desarrollar el tema un poco más de lo que permite un comentario en otro post. Este es uno de los asuntos en los que la verdad aceptada es la estatista, así que conviene reflexionar un poco para poder razonar contra corriente.
Primero, creo que habría que distinguir, y JGP no lo hace, entre quién paga los servicios sanitarios y quién ofrece estos servicios. Así, cabrían cuatro modelos:
El Estado paga (de nuestros impuestos, claro) y provee los servicios Sanitarios. Lo que ocurre en España ahora para la mayoría de la gente.
El Estado paga pero entidades privadas proveen los servicios sanitarios. Lo que sucede ahora para los funcionarios afiliados a Muface.
El Estado provee los servicios sanitarios que pagan los usuarios de los mismos. También se da esto en algunos casos, como el de los accidentes de tráfico.
El Estado ni paga ni provee los servicios sanitarios. Es decir, la opción de mucha gente: hacerse un seguro privado con una compañía que gestiona una red privada de médicos y clínicas. Pero esta gente a la vez debe pagar según la primera opción, aunque nunca en su vida haga uso de la red sanitaria pública.
Por muchos motivos, la sanidad privada, a igualdad de prestaciones, es más barata. De entrada, porque a todo el equipo gestor de un hospital privado se le exige, como en cualquier empresa, una administración eficaz de los recursos. Cosa que no sucede en el hospital público, donde yo he visto el caso, por ejemplo, de tener que mantener y reubicar a un personal de lavandería que era inncesario al contratar este servicio con una empresa externa.
Por tanto, la opción muface, esto es, que el Estado nos quite el dinero para redistribuirlo, pero que al menos deje de competir con el sector sanitario privado y nos permita elegir en qué compañía confiamos, no sólo es factible, sino que ya supondría un ahorro inmenso.
El único problema es: ¿podría un hospital privado tener los medios que tiene un hospital público? Es evidente que si hay gente que está dispuesta a pagar por ellos, habrá medios iguales o mejores. La prueba es la cantidad de gente dispuesta a ir a Houston para tratarse un cáncer.
Puede surgir entonces la duda de si el sector privado atenderá a todos los ciudadanos o centrará sus recursos en las grandes ciudades, donde las inversiones en hospitales serán más rentables. Es el eterno problema de las ADSL o de las carreteras rurales.
Pero al fin y al cabo, dónde vivir es una decisión que toma libremente cada ciudadano. Yo soporto los atascos, las casas a precios imposibles, la contaminación y otros muchos males para poder disfrutar de más ofertas de empleo, más oferta de ocio y mejores servicios de todo tipo, incluidos los sanitarios. El que prefiere vivir en una aldea de alta montaña sabe que tiene garantizada la tranquilidad y el aire puro, pero no puede ver la última película del director iraní de moda ni ser consultor de Accenture ni tener acceso a un hospital a veinte minutos de coche.
Así que de momento tenemos una posibilidad de sanidad privada a la que todos tienen derecho. Pero vamos con la otra posibilidad: el Estado tampoco paga los servicios sanitarios, y cada ciudadano es responsable de ello.
Esta situación es la que plantea JGP como potencialmente injusta: ¿qué pasa con el pobre que no puede pagarse un tratamiento contra el cáncer, o una operación a corazón abierto para salir de un infarto? De entrada, podría hacerse un seguro.
Alguno dirá que un seguro es caro. Pero también hay gente que dice que no lee porque un libro es caro, pero está abonada a la televisión de pago, o se gasta en fumar al mes lo que cuestan varios libros. En realidad, el concepto de caro no es un absoluto. Caro es simplemente aquello que tiene un precio superior al valor que nosotros percibimos.
Para mí puede ser carísimo un traje de firma de 500 euros, y para otro será una compra magnífica. Para muchos es caro mi iPod mini, y a mí me parecen 199 euros extraordinariamente bien gastados.
Quiero decir que los 50 o 60 euros que cuesta un seguro privado serán caros para quien no valore su salud, y habrá otros que prefieran pagar el doble para disfrutar de un seguro con más prestaciones. Lo que no es justo es que el que valora su salud tenga que pagar con sus impuestos el coste del que no lo ve así, y prefiere gastarse el dinero en pastillas un viernes por la noche.
Quedan los verdaderos indigentes. Por ejemplo, los jubilados que sobreviven con pensiones muy justitas, y para los que el coste del seguro, por motivos evidentes, es muy alto.
De entrada, hay una respuesta: la beneficencia. O las ONG, si preferimos ser más modernos. Hay mucha gente dispuesta a ayudar al que lo necesita, y podría ayudar más si el Estado no le quitara tanto dinero.
Y, si no quedara más remedio, siempre sería mejor que el Estado se limitara a pagar el coste de la población marginal (digamos un 5 o 10 por ciento) que el de todos los ciudadanos.
Por tanto, la respuesta a las preguntas de JGP sólo puede ser sí a la sanidad privada, cuanto más privada mejor.
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