Diarios de las Estrellas

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Riesgo, seguridad y libertad

Esta mañana, mientras esperaba a que llegara el metro, he observado algo curioso: casi todos los que estaban esperando en el andén estaban situados mucho más próximos a la pared que a la vía.

Me extrañó, porque lo habitual es que la gente se coloque más bien cerca de la vía, de modo que cuando llega el tren tenga una ligera ventaja para entrar y ocupar un sitio mejor.

¿Qué puede haber motivado este comportamiento? No he hecho una encuesta, pero seguramente la noticia de la pobre chica a la que un perturbado arrojó a las vías cuando llegaba el tren ha tenido algo que ver.

Si uno espera cerca de la vía, consigue un sitio mejor, pero es más fácil que un loco te empuje al paso del tren. Si esperas pegado a la pared, evitas la posibilidad remota del loco, pero sufres casi con seguridad la molestia de viajar más incómodo.

De modo que si mi hipótesis es cierta, la ubicación de cada persona en el eje vía-pared será función de dos valores: la percepción que cada persona tenga del riesgo de ser empujado y la valoración que haga de la comodidad en el vagón. Habrá personas que primen la seguridad, y permanezcan pegados a la pared, y otras que valoren más la comodidad, y se arriesguen a esperar al borde de la vía.

Ante cualquier riesgo, real o ficticio, los estatistas siempre buscan una solución que implica necesariamente compartir su escala de valores. Si para ellos fumar es un riesgo, debe ser prohibido para todos, incluso para los que deciden que la satisfacción de fumar les compensa del riesgo de cáncer de pulmón. Si creen en el cambio climático, todos debemos cumplir con el protocolo de Kioto. Si el gorila de montaña o el idioma catalán están en peligro de extinción, todos debemos subvencionar las acciones necesarias para salvarlos.

Como vemos en el ejemplo del metro, no todos tenemos la misma percepción del riesgo. Si a los individuos se les permite actuar libremente, cada cual lo hace en función de su percepción de la relación riesgo/beneficio y no hay fricciones, ni hay necesidad de que el Estado intervenga.

Pero si un iluminado decide que su valoración riesgo/beneficio es la correcta, y debe por tanto ser impuesta a los demás, entonces necesariamente aparecen conflictos: medidas coercitivas para obligar a los díscolos a mantenerse en los límites autorizados, individuos que deciden no cumplir la norma, violencia entre individuos con visiones distintas del problema, gasto público para convencer a los disidentes, para verificar el cumplimiento de la norma o para tramitar las sanciones al que la incumpla, etc.

Hay multitud de problemas en nuestra sociedad que están producidos simplemente por el empeño del Estado en definir cuál es la relación riesgo/seguridad aceptable en una situación dada: la velocidad máxima de los automóviles, el consumo de drogas, las prácticas sexuales… La intervención del Estado en estos asuntos produce delincuencia (si uno se salta una norma, ya es más fácil saltarse la siguiente), fuerza un gasto disparatado en campañas de “concienciación”, crea conflictos entre ciudadanos con visiones diferentes del problema (drogadictos o prostitutas vs. vecinos “decentes”), y además nunca produce el resultado de homogeneización deseado.

Es más, en muchas ocasiones, incluso se consigue empeorar el problema que se pretendía resolver. Entre otras cosas, porque las sanciones están pensadas como satisfacción para el Estado, y no para las víctimas de los actos sancionables, así que no guardan proporción con el daño realmente causado.

Con un poco más de libertad y de confianza en la capacidad del inidividuo para tomar sus propias decisiones, y por supuesto obligando a que el ciudadano asuma la responsabilidad plena de sus actos, estos problemas no existirían.

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