Aupa Maria San Gil
Después de años de luchar contra el cáncer nacionalista, María San Gil está peleando contra un cáncer de mama:
Según San Gil, se está recuperando “magníficamente” de la operación y comentó que el tratamiento se prolongará durante los próximos meses, tras los cuales espera regresar a la actividad pública con la “misma o más fuerza” todavía. Tras lanzar un mensaje a favor de la prevención y “agradecer de corazón” el cariño y profesionalidad del personal del Instituto Oncológico de San Sebastián, concluyó la comparecencia con la promesa de reincorporarse pronto a la política con “más fuerza”. “Estoy segura de que prontísimo nos volveremos a ver”, concluyó.
Estoy convencido de que María ganará esta batalla. Parte del éxito es ese optimismo que demuestra en sus declaraciones. El tratamiento de un cáncer no es muy agradable, pero con buen humor y la fortaleza de espíritu de María seguro que antes de que se de cuenta habrá terminado.
Es de agradecer, y muy propio a la vez del carácter de María San Gil, afrontar la enfermedad de frente, sin pudores extraños y sin ocultarla. Eso ayuda, sin duda, a todas las personas que pasan por lo mismo, y que pueden tener un referente de cómo actuar una enfermedad dura y peligrosa.
Ayer lo hablaba con una compañera de trabajo que, como yo, ha sufrido (y superado) un cáncer. Muchas personas con notoriedad pública desaparecen durante meses o años, en los que se rumorea sobre su “delicada salud”. Respeto, por supuesto, al que no quiera hacer de su enfermedad un espectáculo. Pero creo que es bueno que se hable de estas cosas, que la gente sepa que el cáncer no es una maldición divina inconfesable, que se puede superar y que no hay por qué ocultarlo. Y María está siendo un ejemplo en esto, como en tantas cosas.
¡Aupa, María! No podemos permitirnos el lujo de perder a gente tan valiosa como tú.
1 comentarioSer valiente
Ayer oí al coreano Kim Sum Il suplicar, llorando, por su vida. No pude evitar acordarme del italiano Fabrizio Quattrocchi, que segundos antes de ser asesinado intentó quitarse la capucha y dijo: “Ahora veréis como muere un italiano”.
Uno, que de niño había oído que los italianos eran unos cobardes que salieron corriendo de la batalla de Guadalajara, y que no habían ganado una guerra nunca, no puede evitar comparar la muerte de una y otra persona.
Pero la pregunta es ¿cómo reaccionaríamos cada uno de nosotros ante una situación así? ¿lloraríamos o mantendríamos la dignidad?
Es imposible saberlo. No estamos entrenados para una situación absolutamente límite como esta. Me gustaría que si los míos me tuvieran que llorar en una situación así, al menos tuvieran el alivio de saber que los que me quitaron la vida no pudieron quitarme el honor. Pero no lo sé.
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